lunes, 13 de agosto de 2012

154. La historia de don Prócolo Malacara

¡No me gusta, lo he dicho una y mil veces, no me gusta, no me gusta y nunca me gustará! Gritó don Prócolo Malacara y Malgesto al tiempo que se encerraba dentro de las grises paredes de su dormitorio. Sus hijos, nietos y yo lo miramos con desconsuelo y resignación, hicimos algunos comentarios de desaprobación y nos olvidamos del asunto.

Y es que a don Prócolo Malacara no hay algo que le guste; a lo largo de sus 97 años no le hemos escuchado expresarse con agrado de algo, sea algún miembro del reino animal, vegetal o mineral; sean paisajes de primavera, verano, otoño o invierno; sea un objeto de la clase, tipo o especie que fuera; sean alimentos propios o ajenos o personas locales, nacionales o extranjeras. Simplemente no le encuentra el gusto a cosa alguna, su historia ha sido de permanentes “no me gusta”, su frase favorita siempre ha sido “no me gusta”.

Clemencia Malgesto, su difunta madre, señalaba que Prócolo Malacara siempre fue así, desde su infancia y aún mucho antes de que naciera, ya revelaba lo que sería su triste existencia. Ella nos contó que tuvo un embarazo muy tranquilo en un principio, pero de mucha angustia después, puesto que nunca sintió movimiento alguno dentro de su vientre. Mucho tiempo después cayó en la cuenta de que fue debido a que a su bebé no le gustaba moverse.

A don Prócolo Malacara tampoco le gustó nacer y eso lo manifestó de manera tajante desde el preciso instante en que nació, dado que lloró durante cincuenta y dos días completos con sus noches. Tampoco le agradó la leche materna, eso representó un verdadero problema, doña Clemencia intentó todo: atolillos de arroz, maíz, cebada y avena; jugos de frutas tropicales, agua de la lluvia y de pozos naturales, infusiones de pelusa de maíz, de hojas de guarumbo y de naranja agria y nada. Finalmente el pequeño Prócolo Malacara se resignó a vivir tomado leche en polvo mezclada con agua de coco.

A Procolito, como era llamado por su madre aunque a él no le gustará ni el nombre ni el diminutivo, tampoco le gustó caminar, por esa razón acostumbraba a desplazarse sobre un carrito de madera al que se le adaptaron unas pequeñas ruedas de plástico, hasta que el niño se fastidió y decidió caminar como cualquier otro ser humano. Tampoco le gustó la escuela, pero no tuvo más remedio que asistir al único colegio del pueblo, donde fue obligado a aprender a leer, escribir y a hacer cuentas por la irascible y siempre estricta maestra Facunda Cienfuegos.

Doña Clemencia, quien siempre fue devota de misas, rezos, confesiones y golpes de pecho, le prometió al cura del pueblo que el pequeño Procolito sería monaguillo de la iglesia y cantante en el coro de niños en la misa dominical; pero a Procolito nunca le gustó cantar ni ir a misas los domingos ni nada que tuviera que ver con religiones, santos, curas y liturgias.

A Prócolito tampoco le gustaba hacer amigos, de hecho no se le conoció ninguno, ni en el colegio ni en el barrio, solo soportaba la compañía de Toñito Taciturno, quizás porque éste era mudo y por tanto incapaz de perturbarlo con palabra alguna. A Toñito se le solía ver caminando unos metros detrás de Procolito, acostumbraban a ir al cementerio a tirarle piedras a la cruz del sepulcro de don Sebastián Berenjena, o bien, llegar hasta la playa donde, mientras Prócolo Malacara maldecía al mar, a la brisa y al sol, Toñito enterraba los peces muertos que la marea depositaba en la arena. 

Cuando Prócolo Malacara cumplió 17 años, harto de todo y todos, abandonó el pueblo y no volvimos saber nada de él; algunas personas aseguraban que se había refugiado en el monasterio de San Filemón, otros afirmaban que lo habían visto viviendo como ermitaño en las cuevas de Burundanga y hubo quienes lo dieron por muerto y sepultado de manera secreta en el patio trasero de la iglesia.

Finalmente lo volvimos a ver 45 años después, cuando regresó para asistir al funeral de su anciana madre, doña Clemencia; ese triste y lluvioso día solamente algunas personas y yo lo reconocimos, y eso fue debido a que permanecía con su antigua costumbre de vestir de manera estrafalaria y con su incapacidad de combinar colores y estilos. En los pocos días que permaneció en el pueblo tras las exequias de su madre, Prócolo Malacara no saludó, platicó ni reconoció a nadie, ni siquiera a la escasa parentela que le sobrevivía.

Fue Prócolo Tercero, su joven y parlanchín nieto quien lo acompaño a los funerales, el que nos relató que en alguna ocasión, hurgando en los viejos baúles de su testarudo abuelo, encontró antiguos recortes de periódicos, una bitácora con deslavadas anotaciones y algunas reseñas que le permitieron enterarse de los pormenores y milagros de la vida de su abuelo y, sin tener que insistirle mucho, procedió a narrárnosla con suma escrupulosidad.

Así fue como nos enteramos que Prócolo Malacara apenas salió del pueblo se dirigió a los Estados Unidos, donde se empleó como grumete en una embarcación mercante que lo llevó hasta China. El país no le gustó, tampoco el idioma y menos las costumbres, pero como no tenía dinero para volver a casa, se dedicó a vagar por los pueblos chinos sobreviviendo en trabajos temporales relacionados con el cultivo de arroz; finalmente llegó a Mongolia, donde anduvo de nómada con una tribu de pastores mongoles, quienes no solamente no lo molestaban sino que literalmente lo ignoraban.

Eso terminó por molestar a Prócolo Malacara por lo que abandonó esa vida errante y viajó hasta la India donde primeramente se dedicó a hipnotizar cobras y finalmente se hizo sacerdote de Ganesh, religión de la que fue expulsado por negarse a tocar el caracol para alegrar a los creyentes de este extraño dios hindú con cabeza de elefante. Humillado y molesto, Prócolo Malacara se dirigió a Líbano desde  donde se traslado a Egipto acompañando a un grupo de mercaderes sirios.

El continente africano definitivamente no le gustó a Prócolo Malacara, en una de las notas de su bitácora escribió que había muchos moscos y cocodrilos en los márgenes del Nilo, que los leones y el resto de los animales apestaban a sepulcro después de día de muertos y que detestaba la risa extraña de las hienas. Además de que no le gustó trabajar en las minas de diamantes del Congo ni traficar armas en Sierra Leona y mucho menos le agradó el tiempo que pasó como prisionero de los bantúes en Camerún.

Sin embargó Prócolo Malacara logró recabar una buena suma de dinero comercializando de manera ilegal colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte, fue con esas ganancias y las que obtuvo en la, para él muy desagradable labor de ayudante de guía de turistas en Kenia, como logró abandonar África y viajar hasta Turquía.

En esas tierras, Prócolo Malacara se dedicó a traficar hachís en los barrios bajos de Estambul, en un principio su ilícito negocio le redituó considerables ingresos, hasta que un soplón chipriota lo delató con la policía y así fue como conoció los horrores de las cárceles turcas. Prócolo Tercero no sabe a ciencia cierta cómo es que su abuelo logró salir de esas tenebrosas mazmorras, el caso es que una vez fuera de ellas, se dedicó a vagar por toda Europa.

Fue en ese tiempo cuando trabajó como velador en el cementerio de Florencia y vendedor de boletos en los teatros de ópera de Milán; un tiempo laboró como cargador en los muelles de Liverpool, comerciante de víveres en Manchester y cantante en centros nocturnos de Lisboa; también fue banderillero en las plazas de toros de Madrid, florista en Ámsterdam, gendarme en Bruselas y mesero en burdeles de poca cuantía en París.

De más está señalar que ninguno de esos oficios fue de su agrado y terminó peleándose con clientes, dueños y vecino de todos los lugares en los que trabajó y habitó, sin embargo, aprovechando el estallido de la segunda guerra mundial y estando en busca de emociones cada vez más fuertes se unió a los partisanos de la resistencia francesa durante la ocupación nazi. Pero la vida da muchas vueltas y en un giro del destino, Prócolo Malacara se hizo piloto de un bombardero al servicio del ejército alemán. Finalmente, a la caída del Tercer Reich, tuvo que escapar hacia Argentina utilizando para ello un pasaporte falso que lo acreditaba como ciudadano de colombiano.

En tierras argentinas trabajó como cocinero, pero detestaba el olor de los asados por lo que se dirigió a Brasil donde se unió a una expedición en busca de los orígenes del Amazonas, pero entonces se quejaba del calor y de la humedad y le molestaba el extenso y excesivo color verde de la selva y el persistente canto de los pájaros; su excusa para abandonar la tripulación llegó junto con el paludismo, enfermedad que obligó a trasladarlo a un hospital peruano.

Molesto por el trato que recibió durante su convalecencia optó por dirigirse a Venezuela y de ahí a Cuba donde decidió unirse al ejército de Fidel Castro; en esa isla fue funcionario del gobierno comunista y en una de sus giras de trabajo por la región de Camagüey, una joven mulata de anchas caderas y cabello ensortijado llamada Tombolá Cambalache, fijó sus negrísimos ojos en él.

Se dice que Prócolo Malacara era reacio a cualquier tipo de persona, sea mujer u hombre, por lo que no le hizo el menor caso a aquella mujer, pero lo que nunca se imaginó Prócolo Malacara era que aquella mulata fuera una santera al servicio de los poderes supremos de Changó, Yemayá y Obatalá y que, haciendo uso de sus influencias espiritistas y valiéndose de un insólito brebaje preparado con aceite esencial de rosa, verbena y madreselva; más canela, cinco clavos de olor, dos pellizcos de vainilla, miel y una pizca de nuez moscada, lograra capturar su voluntad y hacerlo suyo en una noche sin luna.

De esa extraña unión nacieron ocho hijos varones y cinco mujeres, todos ellos heredaron los rasgos físicos de la hermosa y caprichosa santera cubana. Prócolo Malacara, si bien seguía sin estar conforme con nada, no tenía voluntad en los destinos familiares y cuando Tombolá Cambalache decidió que la familia debía trasladarse a la Ciudad de México, Prócolo Malacara no tuvo ninguna objeción en hacerlo, aunque esa ciudad nunca le gustó.

Ya estando adaptados en su nuevo lugar de residencia, la familia se dispersó por distintos rumbos y Prócolo Malacara se dedico a ejercer las más diversas ocupaciones, desde comerciante en mercados y tianguis populares, pasando por masajista de señoras, acomodador de autos, dirigente de sindicatos, chofer de taxis y limpiador de semáforos; hasta organillero, inspector de puestos ambulantes y reparador de sombrillas en los mercados de la Lagunilla y la Merced.

Sin embargo, gracias a las artes y conexiones espirituales de Tombolá Cambalache nunca padecieron penurias ni estrecheces económicas y pudieron todos ser felices habitando una enorme casa ubicada en el rumbo de Coyoacán. Todos fueron felices, menos Prócolo Malacara, a quien con la edad se le fueron acentuando los disgustos, llegando al punto que no le gustaba vestirse ni bañarse, desayunar ni cenar, detestaba tener que moverse, le disgustaba tener que hablar, ver y oír a la gente; si estaba durmiendo odiaba tener que despertar y si estaba despierto le contrariaba tener que dormir. Todo era una calamidad para él y por supuesto, para todos. Hasta ahí el relato del joven y parlanchín Prócolo Tercero.

Después de los velorios y plegarias en favor de doña Clemencia le volvimos a perder la pista a Prócolo Malacara y fue hasta 12 años después, cuando yo ya estaba radicando en la capital de la república que me crucé con él en el mercado de Sonora. Por supuesto que me reconoció pero no quiso saludarme, cosa que no me importó y dado que yo era de su pueblo natal y conocido de Prócolo Malacara desde la niñez, la familia Malacara me acogió como amigo personal.

Desde entonces Prócolo Malacara y yo pasábamos muchas tardes sentados en la banca de algún parque o la mesa de algún café, de aquellos a los que no va mucha gente; nunca platicamos de nada porque a Prócolo Malacara no le gustaba conversar y sospecho que mi compañía tampoco le gustaba, pero eso tampoco me importó.

Por eso aquella tarde en que Prócolo Malacara gritó “¡No me gusta, lo he dicho una y mil veces, no me gusta, no me gusta y nunca me gustará!” Nadie le dio importancia al asunto, esos arranques se habían vuelto habituales y ya no molestaban ni preocupaban a nadie de la familia y menos a mí.

Sin embargo debo confesar que me alarmé un poco cuando, días después, Domitila Malacara, la simpática, coqueta y alegre nieta menor de Prócolo Malacara me llamó para comunicarme que el viejo no daba señales de vida. Cuando llegué al domicilio de la familia, un galeno daba el dictamen médico en estos términos “técnicamente no está muerto, pero tampoco está vivo, me atrevo a pensar que don Prócolo Malacara no tiene ganas de moverse, ni de comer, ni de dormir, ni de hacer nada de nada, incluyendo vivir y morir”.

Ni los familiares ni yo supimos que hacer después de que el médico abandonó la residencia Malacara. Las primeras semanas dejaron a don Prócolo Malacara acostado en su cama, después lo acomodaron en la sala y posteriormente permaneció ocho meses ocupando un espacio en el jardín de la mansión.

Finalmente, una madrugada del mes de abril, los hijos, nietos y yo llevamos a don Prócolo Malacara a un parque, allá por el rumbo del desierto de los leones, los sentamos en una banca junto a un gran árbol, de esos que a él nunca le gustaron, y nos olvidamos de él.

domingo, 12 de agosto de 2012

153. La fiesta verde

Si, fue una enorme y multitudinaria fiesta verde, un carnaval esmeralda que invadió el Paseo de a la Reforma; había disfraces, banderas, serpentinas, antifaces, máscara, capas y mucha alegría por parte de miles de aficionados que acudieron a celebrar la conquista de la primera medalla de oro mexicana en la historia del fútbol olímpico.

Desde el pasado 7 de agosto quedó concertado el partido final del torneo de fútbol de las XXX Olimpiadas de Londres 2012; sería el 11 de agosto a las 9:00 horas cuando México se enfrentaría a Brasil en un partido de pronóstico reservado, donde cualquiera podría ganar, donde los dos lo darían todo por conquistar su primera medalla de oro en este tan popular deporte.
El día inició nublado, gris y con una muy ligera llovizna, se podría predecir algo malo para las próximas horas. Cerca de las 8 de la mañana atravesé en bicicleta el Paseo de la Reforma a la altura del famoso monumento a la Independencia. El llamado Angelito estaba cercado con una valla metálica y en los alrededores se apostaban varias centenas de policías. Eso era un buen presagio, se anticipaba un festejo.
Apenas terminaba de instalarme frente a un enorme televisor cuando ya estaba gritando y festejando el  primer gol. Parecía un guión de televisión, México anotaba su primer gol a los 29 segundos de iniciado el juego. Desde ese momento todo fue nervios y angustia. Para el segundo tiempo otro gol mexicano. Después vino el descuento brasileño y un susto cuando estaba por terminar el partido.
Finalmente vino el silbatazo final, la selección mexicana de fútbol se proclamaba campeón olímpico y con ello se hacía acreedora de la medalla de oro, la primera conseguida en el deporte más popular del país. Y al instante se vino el festejo en las calles de la capital de la república. Pero quise esperarme hasta escuchar el himno nacional y ver la bandera en todo lo alto para sentir la emoción y el orgullo nacional.
Antes de describir el festejo en el Angelito, lugar tradicional de celebraciones futboleras, debo aclarar que ya antes, en 2008, había presenciado uno de estos acontecimientos, fue cuando coincidió mi asistencia a un curso con el partido que México le ganó a Francia durante el mundial de Sudáfrica. Pero no hubo comparación entre este y aquel, aquel fue solo un partido, este era un campeonato olímpico, la fiesta fue mucho mayor.

Con más curiosidad que otra cosa me dispuse a caminar en los alrededores del Angelito, fue cuando empecé a dimensionar la magnitud del festejo, de la celebración, del carnaval que se estaba gestando de la nada, sin orden, sin rumbo, solamente con el deseo de manifestar la alegría efímera de un triunfo futbolero.

Las calles centrales de del Paseo de la Reforma se cerraron de inmediato al paso de vehículos, las calles laterales se congestionaron de autos cuyos ocupantes hacían sonar sus bocinas, ondeaban banderas y vitoreaban a los “nuevos héroes”  nacionales. Por su parte los transeúntes tocaban cornetas, tamboras y todo lo que sirviera para hacer ruido, incluyendo tapas de ollas de cocina.

Para entonces ya las calles estaban inundadas de gente, todos con camisas verdes, o de malas algo verde, cualquier cosa, un sombrero, una gorra, una bandera o lo que fuere, pero todos lucían algo verde, eso era como una obligación. Por supuesto yo portaba con orgullo mi camisa de la selección nacional.

Un numeroso grupo de muchachos se apostó en las orillas de la calle lateral y  pedían a las chicas que mostraran “chichis a la banda”, ninguna se animó. Uno de ellos se puso más grosero y fue arrestado por la policía ante el abucheo de unos y los aplausos de otros.

No podían faltar los oportunistas, el principal era Juanito, ese personaje de la vida mexicana, más grotesco y bufón que político y luchador social, quien no dejaba de tomarse fotos con quien se lo solicitara. A sus espaldas, con mantas y carteles, un grupo de no más de 30 inconformes exigían que se limpiaran las elecciones presidenciales. Nadie les hizo el menor caso.
De manera sorprendente aparecieron en escena un grupo de vendedores comercializando camisas de la selección con la leyenda impresa “México, Campeón Olímpico” al precio de 50 pesos. Pero al parecer fue más popular vender bigotes falsos, hasta las mujeres los compraban y los lucían graciosamente y sin reparos.
Una señora vestida de China Poblana regalaba saludos y besos volados, también era bastante requerida para la foto del recuerdo. El Zorro también se dejó ver, vestido absolutamente de negro pero ondeando una bandera mexicana. También había perritos con sus camisas de futbol y no podía faltar el guerrero azteca con su desplumado penacho y los charros con enormes sombreros.

También había muchos con antifaces o con máscaras de los más populares luchadores, las banderas servían de capas. La espuma salía de los botes de aerosol y bañaban a todos sin que nadie se molestara. Algunos grupos corrían con sus banderas atropellando a la gente, yo fui una de sus víctimas al recibir un banderazo en la cara sin mayor consecuencia; una disculpa, un no hay problema y que sigan las porras.

Una abuelita en silla de ruedas no quiso dejar de presenciar la fiesta futbolera, aunque para ello requiriera la ayuda de uno de sus nietos quien alegremente la conducía por entre el gentío. En el lado opuesto de la vida, muchos llevaban bebés con sus uniformes verdes y sus caritas marcadas de manera tricolor.

Las muchachas eran de las más alegres, bailaban, gritaban, se abrazaban, lanzaban porras y arengaban a la multitud a seguir celebrando. Algunos niños intentaban echarse una cascarita con un balón de plástico pero era realmente imposible ante tal cantidad de gente.

De pronto otra sorpresa, vendedores de carteles que agradecían a Oribe Peralta, Marcos Fabián y demás seleccionados por su esfuerzo y dedicación y por la alegría que regalaban al pueblo mexicano. También había calcomanías de futbolistas de caricatura que hacían recordar a los mencionados jugadores.

En medio de todo, los vendedores de dulces, frutas, tacos (7 por 10 pesos), refrescos, cornetas, pelucas rizadas y largas pestañas tricolores, banderas y banderines, sombreros de y gorras. También había otros fuera de tono que vendían ratoncitos y arañas de juguete o avioncitos de cuerda.

Un grupo de jóvenes religiosos cantaba alabanzas y proclamaban a todo pulmón que Dios ama a México. Frente a ellos estaban los que gritaban que ya se había ganado en fútbol pero que era hora de ganar también en la democracia. Los sentí tan desubicados a unos como a otros.

Tampoco podían faltar los que cantaban sin cesar el eterno cielito lindo dedicado, por supuesto a los brasileños. Por cierto, entre la multitud pude vislumbrar a un señor que caminaba de prisa con su camisa de la selección de Brasil, nadie le hizo el menor caso, nadie lo burló o le dejo caer algún comentario burlesco, simplemente lo dejaron transitar tranquilo.

En medio del bullicio futbolero se empezó a colar la noticia de que la mexicana  Rosario Espinoza había conseguido medalla de bronce en Tae Kwon Do, entonces los festejos arreciaron un poco, no mucho.

Finalmente, a eso de las 4 de la tarde, después de comer en un lugarcillo de por el rumbo, y ya cansado del cada vez mas disminuido festejo, opté por dirigirme a lo que llamo casa para leer las crónicas del triunfo mexicano en las páginas electrónicas de los principales periódicos y los comentarios en las redes sociales. Hasta aquí, ya veremos qué pasa mañana.

viernes, 13 de julio de 2012

152. El Gran Premio

Yo nunca he entrado a la cafetería “El Gran Premio” y tal vez nunca la visitaré, sin embargo todos los días, invariablemente, camino o corro afanosamente hacia ella, aunque sé que nunca la podré alcanzar.

La cafetería “El Gran Premio” está ubicada en el cruce de las calles Sady Carnot y Alfonso Caso, en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, ocupa la planta baja de un edificio de cuatro niveles que debe rondar los 60 años, más o menos, y que vio pasar sus mejores días hace mucho tiempo.

Sin embargo la cafetería, lo que alcanzo a ver de ella a través de sus ventanales, es de esos lugares que huelen a tradición y a ayeres, a buena plática con los amigos, a charlas furtivas con amores imposibles y, por supuesto, al aroma inconfundible de un buen café.

No piensen que es un lugar de mucha alcurnia al que acostumbran a asistir ejecutivos y damas de sociedad, tampoco es de esos establecimientos de poca valía al que acuden los que solo traen en la bolsa los 20 pesos del café americano. Tampoco es de aquellos cafés llenos de intelectuales que discuten sobre filosofía, política y orden social.

Me parece que es un sitio al que se acude después de la jornada laboral con los compañeros del trabajo, se pide un café, se discute un poco acerca de los tópicos del día, se arregla el mundo y después de un apretón de manos se sumergen en las calles de la ciudad para volver a casa.

Tal vez algunas parejas se citan en ese lugar, se toman un capuchino, se comen un bocadillo, se vuelven a jurar amor eterno y después de un beso se despiden y se pierden en el mar de calles con la esperanza de volverse a ver, la tarde siguiente en el mismo lugar y a la misma hora.

Esa idea me da el café “El Gran Premio” tal vez por su iluminación ámbar o por sus pisos de ladrillos rojos y blancos, quizá por su mobiliario sesentero o solamente porque me gusta creer que es así.
De hecho he pensado que me gustaría pasarme una tarde sentado frente a una de sus mesas degustando un rico y aromático café y perdiéndome entre tantos pensamientos peregrinos y discordantes que muy frecuentemente asaltan mi cabeza.

Por eso todas las tardes camino (y a ratos corro) hacia el café “El Gran Premio” pero nunca he de llegar a él porque camino sobre una caminadora eléctrica.

Lo que sucede es que el mencionado establecimiento queda exactamente en frente del gimnasio al cual acostumbro a ir y en la planta alta, dedicada a los ejercicios cardiovasculares, las caminadoras están dirigidas hacia una ventana que da justo a las ventanas de la cafetería en cuestión.

Por lo que el panorama que tengo durante los 45 minutos que dura mi sesión de cardio es la clientela del café, las mesas del café, los pisos del café y la iluminación del café.

Por otra parte, recordemos que el establecimiento se llama “El Gran Premio”, yo camino hacia el gran premio, el cual seguramente será más que un café, me gusta pensar que es la salud, que es la garantía de una vida libre de dolencias y de enfermedades crónico degenerativas que me asustan tanto.

La salud y el bienestar es mi gran premio, eso le da sentido a los esfuerzos diarios en el gimnasio, al cansancio y a los dolorcillos musculares que asaltan mi pecho, espalda, brazos y piernas y que son propios del esfuerzo físico.

Para cuando salgo del gimnasio, pasadas las 9:30 de la noche, el café “El Gran Premio” ya ha bajado sus cortinas y ha apagado sus candilejas, pero eso no importa, porque ya cumplió su objetivo principal, mantenerme motivado en el ejercicio y alimentar de historias vanas mis pensamientos y mis páginas.

Seguramente me verán mañana corriendo nuevamente hacia “El Gran Premio”, aunque nunca lo pueda alcanzar.

lunes, 25 de junio de 2012

151. Una historia triste

Así, sin darme cuenta, de nuevo caminé la inusitada tranquilidad de tu calle; no fue la soledad ni la melancolía, fue el azar lo que guió mis pasos y fue el destino el que me hizo volver a mirarte a través de los fríos ventanales que te protegen de la ciudad.

Tú no lo sabes, pero es la segunda ocasión en que la vida me lleva hasta ti, sin embargo, ahora todo se es tan desigual, tan opaco, tan falto de ese impulso que atrapó mi mirada y ligó mi pensamiento aquella primera vez en que te vi.
Fue en una noche demasiado húmeda para ser verano, pero no importaba mucho la temperatura, en esos días bastaba aproximarse un poco más a aquella dulzura que me abrazaba para poder disipar los fríos.
Y entre caricias y murmullos, por en medio de los claroscuros de la luna que se destila por entre las ramas de los abetos, nuestras miradas se encontraron contigo. No te percataste, pero pudimos atestiguar una apacible escena de tu vida familiar que nos mantuvo cautivos algunos momentos.
Ahí estabas tú, bañada por la luz ámbar de la cocina, con tu atuendo de exitosa y joven ejecutiva transformada en mamá; afanosa y atenta, ofrecías la cena a tu niño a la vez que le prodigabas caricias y palabras seguramente dulces.
En un instante, tu mirada se dirigió al reloj, probablemente esperabas la llegada de aquel con el que compartías tus emociones. No quisimos mirar más, no quisimos robar ni un instante más a aquella placidez que se traslucía por el cristal de tu ventana, que era a la vez, el reflejo de tu vida feliz.

Pero debes saber que ese atisbo fortuito y casual a tu intimidad familiar, fue suficiente para que ella y yo construyéramos un sueño e hiláramos la fantasía y la promesa de una vida en común, de sentimientos y sensaciones inagotables.

Esos pensamientos acompañaron nuestro andar y nos trasportaron a un futuro sereno de felicidad alcanzada, de expectativas amorosas cubiertas y de cálidas ilusiones que presurosas anidaron en las ramas más altas de aquellos árboles.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, tal vez fue hace unos días o quizá algunos años; pero esta lluviosa noche, de nuevo caminé la soledad de tu calle, y también sin querer mi mirada y mi recuerdo te encontraron.

Pero en esta noche húmeda y fría, lo que pude presenciar fue una nota discordante en el concierto de la memoria; ahí estás tú de nuevo, es el mismo decorado y la misma ambarina luz de la cocina la que te ilumina. Sin embargo, todo es distinto.

Sentada, cabizbaja, tu cabello cae a plomo y sin gracia sobre tus hombros, tu mano izquierda apoya tu mentón y la derecha hace girar incansablemente una cucharilla dentro de una taza humeante. Entonces puedo adivinarlo, el reloj ya no importa, ya nadie vendrá.

Ya no quise ver más, la lluvia arreció y la noche se fue cerrando en torno mío, de prisa caminé la misma senda de otros días, y la misma soledad que hoy te abruma, es la que ahora acompaña mis pasos.
En los árboles ahora anidan desconsuelos, florecen ayeres, reverdecen nostalgias. Es tu tristeza y es la mía, son las historias que convergen, son los supuestos que imagino, es la vida que incansable nos roba suspiros y desvanece los entrañables juramentos.

Ya no quise pensar más, caminé a prisa bajo la lluvia insistente, sin embargo, el velo de la soledad y el silencio me alcanzó y cariñoso me cubrió.

miércoles, 20 de junio de 2012

150. De arpones e ídolos orientales

¿Qué tienen en común un arpón y un ídolo oriental? Lo más probable es que después de unos segundos de reflexión puedas responder que absolutamente nada y lo más seguro es que tengas toda la razón. Sin embargo, si no tienes nada que hacer y, aunado a esto, estás pasando por el instante más absurdo y necio del día, entonces podrías encontrar los cientos de puntos de coincidencia que tienen estos dos singulares objetos.

En primera instancia analicemos la utilidad de un arpón. Por supuesto, si eres un pescador o un buzo responderías que los arpones tienen múltiples beneficios ya que te permiten pescar y defenderte del ataque de algún fiero animal marino. Evidentemente que ignorarías a los ídolos orientales, a menos claro que seas un pescador oriental con un alto sentido místico.

Por otra parte, si eres un religioso oriental defenderías la utilidad y el valor de los ídolos orientales, en los cuales seguramente depositarias tu fe y tus creencias y los harías objeto de culto y reverencia. Los arpones seguramente no significarían nada para ti, a menos que además de religioso oriental seas también aficionado a la pesca o al buceo.

Pero suponiendo que no eres ni un pescador ni un monje oriental, que te encuentras parado en la calle esperando que te asignen mesa en un pequeño restaurant, que en el interior de aquel lugar hay un ídolo oriental y en cuya televisión se muestra la imagen de un hombre atravesado por un arpón ¿Podrías entonces encontrar similitudes entre ambos objetos?

Suponiendo también que eres una persona que no le da ningún valor a ningún tipo de ídolos, que tienes delante de ti a otra persona que se esfuerza por fastidiarte con dichas estatuas, que no tienes mayor cosa qué hacer ni qué pensar, que tienes hambre y que ya te cansaste de esperar mesa ¿Podrías entonces encontrar semejanzas entre un arpón y un ídolo oriental?

La respuesta indudablemente es si. Sin importar que dichas analogías sean tan absurdas y locas como lo pueden ser un inusual arpón traspasando a un desdichado y una estatua que parece todo menos un ídolo oriental.

Entonces podríamos afirmar que ambos objetos son muy útiles porque un ídolo oriental, bien utilizado, puede servirte para pescar y un arpón puede ser el centro de algún culto carismático en Vietnam, Filipinas o alguna otra región del lejano oriente; lo que nos lleva a la conclusión que tanto el ídolo oriental como el arpón son semejantes y por tanto pueden tener el mismo valor intrínseco para diversas personas.

Pero si nos alejamos de esta contundente, indiscutible e inobjetable conclusión, podríamos desplazar nuestro análisis en el sentido contrario: dado que no soy pescador ni monje oriental afirmo que ambos objetos no poseen ningún aprecio para mí. Este juicio lleva implícito una fuerte carga de analogía entre el arpón y el ídolo oriental dado que los está situado en igualdad de circunstancias.

A partir de ahí se pueden desgranar infinidad de puntos de coincidencia, tantos como tu imaginación y tu sentido de la lógica y de lo absurdo te lo permitan. Lo que nos lleva a afirmar que el arpón y el ídolo oriental son iguales porque ninguno de los dos está vivo, porque son decorativos, porque seguramente están hechos en China (o en Taiwán), porque pueden ser comprados en alguna tienda.

Porque ambos objetos pueden servir para agredir a un bandolero, para transportarlos en la cajuela del coche, porque es posible evitar que los niños jueguen con ellos, porque ninguno de los dos sirve como teléfono ni evitan que te mojes si está lloviendo y finalmente porque ambos objetos pueden tener una fuerte carga subliminal y una reconocida connotación sexual.

Esto último tal vez no quede del todo claro, pero si continuamos en el universo absurdo del pensamiento ilógico, seguramente no te costará ningún trabajo entender. Basta, hasta aquí de arpones y de ídolos orientales.

miércoles, 23 de mayo de 2012

149. Las cantinas


El sábado pasado fui a una cantina, de hecho es la tercera vez que voy a una de las llamadas cantinas en el Distrito Federal. Y bueno, me gusta los locales y la comida que se sirve, son muy limpios y con buen servicio, debo aclarar que no me gusta el sistema de distribución de botanas, aunque se come bien, abundante y sabroso. Déjenme explicarles.

El concepto que tenemos de cantina en Campeche, es el de un lugar de medio sucio tirando a completamente sucio, con una mezcla de olores que van desde el olor a cerveza hasta el de la botana, y ya para las 6 de tarde el tufo a borracho se hace difícil de soportar y el de los años para que les platico.

Por otra parte, prevalece la música a todo volumen y las meseras gorditas, sabrosonas y entronas. En la mayoría de los casos, el nivel socioeconómico de los asistentes es bajo, se limita únicamente a hombres y una que otra señora despistada. La entrada a menores de edad queda prohibida.

Aquí las cantinas son distintas. Son lugares muy limpios, hasta elegantes, atendidos por un ejército de meseros, se permite el ingreso de familias completas o de damas solas. Algunas cantinas, como a la que fui el sábado pasado, tienen pantallas de televisión por todos lados y trasmiten programas deportivos y partidos de fútbol.

El sistema para entregar alimentos también es distinto, es complicado explicar pero trataré de hacerlo. Inicialmente las cervezas tienen distintos precios, dependiendo de si vas pedir alimentos a no. Si no pides alimentos la cerveza cuenta alrededor de 35 pesos y para acompañarla te dan cacahuates o una botanita de pepinos y zanahorias. Te tomes las cervezas que te tomes, la botana será siempre la misma.

Si pides cervezas con alimentos la cosa cambia. La primera cerveza tiene un precio como de 40 pesos y hay un menú de botanas para esta primera cerveza o primer tiempo, que por lo general son tres o cuatro tipos de sopas de las cuales solo puedes pedir una. Si, dije sopa, sopa caliente de verduras, consomé de pollo o cosas así. Por supuesto que este tiempo de botana me lo salto pero de todas maneras me tomo la cerveza.

La segunda cerveza tiene otro precio (47 pesos más o menos) y tiene otro menú de botanas, un poco más elaboradas: Tiras de pescado empanizado, aguacate con atún, tostadas de pollo o pata, flautas, entre otras, son como 10 0 12 platillos a escoger solamente uno. Para disfrutar las comidas del tercer tiempo debes pedir una tercera cerveza, la cual tiene otro precio, entonces te entregan tu correspondiente menú de botanas y también escoges una solamente: distintos guisos de conejo, alas de pollo, mariscos, quesos fundidos, tacos de pastor, etc.

Cuando llegas al cuarto tiempo por lo general ya casi no tienes hambre, pero le entramos, la cerveza ya cuesta como 57 pesos más o menos, y los platillos incluyen diversos cortes de carnes,  platos elaborados a base de pescado o pollo y cócteles de mariscos, entre otros guisos. Después del cuarto tiempo ya no hay alimentos, por lo que la cerveza regresa al precio de cerveza sin alimentos.

Pero además, no puedes pedir alimentos del cuarto tiempo si vas por la tercera cerveza, ni alimentos del tercero si vas por el segunda, solo puedes saltarte las sopas, pero debes consumir la cerveza. Igualmente puedes optar por pedir cerveza sin alimentos y pedir un platillo de un menú aparte y comer como si fuera un restaurant.

El sistema está complicado, no me imagino cual será su sistema para organizar cuantas cervezas y en que tiempo de comida van cada uno de los integrantes de una mesa, creo que necesariamente tendrían que ser comandas individuales, en realidad no sé como lo puedan hacer, yo llevo mi propio control por si debe reclamar algo, pero no ha habido necesidad.

Si me dan a escoger, creo que elijo las cantinas de aquí, son más un restaurant-bar que una cantina en el concepto campechano.

Para terminar comento que existen unas cantinas muy tradicionales y antiguas, me dicen que están en el centro de la ciudad, pero no las he localizado. Hay una muy famosa que tiene un huequito en el techo y un enorme letrero que indica que ese agujerito lo hizo una bala disparada por Pancho Villa. Ya les contaré la historia completa cuando acuda a ella.

martes, 22 de mayo de 2012

148. Un domingo de variedades

El pasado domingo fue de auténtica miscelánea, y le llamo así porque sin querer fue de lo más variado y diverso, salpicado de toda clase de temas y actividades, lo más curioso es que nada fue a propósito, todo se dio en medio de casualidades y como resultado de no tener que hacer y no contar con un rumbo ni un objetivo determinado.

Así es, estuve de vagabundo por las calles de la urbe y de camino en camino me encontré en medio del paseo familiar en bicicleta que todos los domingos se realiza en Reforma, después me topé con la Plaza de la Solidaridad, el barrio Chino, el Centro Cultural Banamex, Tepito y finalmente participé en una marcha política realizada con objetivos poco claros para mí.

Debo reconocer que el único lugar que si tenía un propósito era conocer el Barrio Chino, lo que pasa es que desde hace días he querido comprar uno de esos llamados Espantaespíritus (yo así los llamo, son esos adornos colgantes que hacen sonidos de campanitas cuando los mece el viento). Quiero dos, uno para mi casa y otro para la oficina, los quiero utilizar como alarma en caso de sismos, y supuse que en el Barrio de los Chino podría encontrar uno adecuado. Todo lo demás se desarrolló a partir de eso.

 Pero vamos a ir con calma, para lo cual dividiremos esta entrada en subtemas:

Paseo Dominical en Bicicletas

El día empezó lo mejor posible, desperté alrededor de las 7 de la mañana y concluí la lectura de un librito que me enviaron por correo electrónico desde hace mucho tiempo y cuya lectura había pospuesto sin tener un motivo específico.

Esa lectura y el posterior baño de regadera me animó mucho, por lo que al salir de casa, decidí que iría hasta el centro en bicicleta; tome una, de las del programa Ecobici y me incorporé al paseo familiar en bicicleta que se realiza todos los domingos en Reforma. Además de ciclistas, hay patinadores, niños en triciclo, personas en sillas de ruedas, bicicletas dobles y adaptadas para llevar niños pequeños.

Descubrí un señor que a la vez que corría empujaba una carriola con una bebé muy bonita (mamilas y pañaleras incluidas) eso mismo lo volví a ver una cuadras más adelantes pero con carriola de gemelos. Un payaso adaptó su bicicleta con una especie de turbinas y bocinas. En la glorieta de Palma daban clases de aeróbicos. Todo era una fiesta.

Plaza de la Solidaridad

Dejé la bicicleta en la llamada “Esquina de la Información”, en donde coinciden los edificios sedes de los famosos periódicos Excélsior y el Universal y caminé sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas, casi sin querer llegué a la plaza de la Solidaridad, ya la conocía pero no sabía que en ese lugar era donde estaba el famoso Hotel Regis, el que se cayó durante los temblores de 1985; entré a ella esperando encontrar algo o sentir algo, no sé, una especie de energía, pero nada.

Al Hotel Regis lo recuerdo como una referencia de mi padre, él decía que en sus viajes al Distrito Federal siempre acudía al bar de dicho lugar e invariablemente se encontraba con algún campechano que visitaba la capital de la república en ese momento. En hotel no resistió los terremotos y cayó, en ese lugar murió mucha gente, pero no hay nada que los recuerde, no hay nada que indique que ahí, en algún momento estuvo el famoso Hotel Regis, lugar de reunión de los campechanos bohemios.

Barrio Chino

Sin mayores preámbulos abandoné la Plaza, crucé la calle y me dirigí al Barrio Chino. Otra decepción, el barrio es una o dos cuadras, no lo supe bien porque la mayoría de los negocios estaban cerrados y eso que eran casi las 11 de la mañana. De los 5 locales comerciales a los que entré, cuatro eran atendidos por mexicanotes y solamente en uno de ellos encontré una chica con rasgos orientales. De los adornos que buscaba no encontré nada.

Templo de San Francisco

Continué caminando sin un rumbo determinado, de esa forma llegué a la calle peatonal de Madero y, casi enfrente al famoso Sanborns de los Azulejos y exactamente detrás de la Torre Latinoamericana, me encontré con el Templo de San Francisco, una edificación que data de 1575 según mal no recuerdo, y que los domingos prohíbe la entrada de turistas.

No tuve problemas con esto último porque realmente no parezco un turista, entré al templo, debo aclarar que cuando uno ingresa a un templo franciscano no espera encontrar magnificencia, porque los religiosos de esa orden tienen a la pobreza como uno de sus principios rectores. Y de alguna forma las paredes laterales mostraban eso, sobriedad, son lisas, sin adornos, sin altares, solo 2 murales muy grandes a cada lado que ensalzan a santos franciscanos.

El altar mayor es otra cosa, de suelo a techo es laminado de oro, profusamente adornado de ángeles, en el primer nivel tiene la figura de San Francisco de Asís, en el segundo es una virgen y en él último a un Cristo redentor. El altar no me pareció franciscano, tal vez jesuita o dominico. No pude orar, me entretuve en mis criticas por lo opté por salir.

Centro Cultural Banamex

A unos pasos del citado templo me encontré con la enorme mansión que alberga al Centro Cultural Banamex, esta construcción tiene más de 400 años de antigüedad y en su momento fue habitada por uno de los virreyes de la Nueva España; actualmente alberga la exposición “Maestros del Arte Popular Latinoamericano”, es en términos generales una gran muestra de artesanías en madera, barro, textiles, papel y bordados, entre otros materiales.

Me impresionó un candelabro en barro vidriado, unos cajones de varios niveles retacados de figuras que plasman costumbres cotidianas de la campiña mexicana y algunos bordados guatemaltecos; me alegró encontrarme con un sombrero de Calkiní, que para mi gusto, no era de los mejores que he visto, además que el sombrero se veía maltratado.

Me llamo mucho la atención la arquitectura de la casa, sus dimensiones, su historia, el trabajo en cantera que adorna todos los marcos de las puertas, su pequeña pero muy hermosa capilla, aunque ya no funciona como tal. Me molesta que no permitan tomar fotos, no le encuentro sentido a eso, es una mala costumbre que se va generalizando en la mayoría de los museos.

La Calle de Correo Mayor y Tepito

Una vez fuera del museo decidí ir a la calle de Correo Mayor, es la que se ubica a espaldas del Palacio Nacional y que es completamente comercial. Ese nombre lo recibe porque en épocas de la colonia en esa calle vivía la persona encargada de la correspondencia del Virrey, este personaje recibía el título de Correo Mayor del Virrey, de ahí que la calle siga siendo nombrada de esa manera.

Me molestó que muchos negocios estuvieran cerrados, me alegró encontrar abierto uno que se dedica exclusivamente a vender paraguas, dado que se aproxima la temporada de lluvias y que perdí los cuatro que tenía, compre uno, aunque debí comprar dos, ni modos.

Quisiera decir que caminé hacia el norte de la calle, pero los signos cardinales nunca han sido mi fuerte, pero caminé, digamos que hacia la izquierda, una cuadras mas adelante la calle cambia de nombre (esto es común en el Distrito Federal) y se denomina del Carmen; los comercios continúan, no cesan, y los vendedores ambulantes tampoco, es un interminable pregonar de artículos de belleza, ropa y comida.

Casi sin darme cuenta llegué a un punto en que ya un automóvil difícilmente puede circular por la cantidad de puestos ambulantes, entonces supe que había llegado al tradicional, peligroso y conocido barrio bravo de Tepito, famoso por la venta de productos piratas de todo tipo, por sus particulares y singulares vecindades y por la fama bravía de las personas que lo habitan.

No me aventuré mucho por ese lugar, solo unas cuantas calles, hice algunas preguntas en ciertos negocios de ropa, reí con el pregonar de tangas a 10 pesos, me sorprendió ver un mercado donde no se venden más que zapatos y una calle donde todos los negocios comercian muñecos de peluche; y sin más ni más y con suma ligereza abandoné el lugar y me dirigí hacia el Zócalo para retomar la calle de Madero y buscar el camino de regreso a lo que llamo casa.

Una manifestación política

El Zócalo estaba repleto de activistas políticos del Partido de la Revolución Democrática, de ciudadanos simpatizantes y de personas que aprovechan la ocasión para comercializar fotos del candidato, vender afiches, denunciar corruptelas de políticos e incluso me encontré con una mujer con escotado traje de monja que declaraba haber sido violada por un sacerdote.

Me abrí paso entre en gentío pero al ingresar a la calle Madero, me di cuenta que la multitud se movía en la misma dirección que yo, de tal manera que quedé atrapado en una manifestación política-ciudadana cuyo objetivo principal me confundía; no sabía si era en contra del candidato del Partido Revolucionario Institucional, en contra de la candidata del Partido Acción Nacional, en favor del candidato del Partido de la Revolución Democrática o todo al mismo tiempo.

Las arengas se alternaban, incluso con las tradicionales porras de los estudiantes de la Universidad y del Politécnico. La multitud era muy diversa, familias enteras con niños pequeños, parejas de ancianos, grupos de jóvenes, señores mayores, muchachas entusiastas, había de todo. No sé calcular las cantidades, probablemente 10 mil personas o más.

El caso es que caminé con ellos un enorme tramo con rumbó al Ángel de la Independencia, el famoso monumento enclavado en el corazón del Paseo de la Reforma, en un momento determinado abandoné la marcha, tomé una bicicleta y pedaleé para llegar rápido al Ángelito, ahí esperé la llegada de los manifestantes, pero llegaron y no pasó nada, no hubo nada, ni discursos, ni conclusiones ni nada.

Ya para entonces estaba muy cansado, fastidiado y medio enojado, recordé además que no había comido, entonces me olvidé de todo y me dirigí a buscar qué comer y a casa a descansar.

Las conclusiones del día

La verdad es que no tengo una conclusión del día, no tengo algo que resulte impactante para señalar, algo como una metáfora, una lección o una sentencia impresionante, no, no hay nada de eso.

Digamos que simplemente di un paseo por las calles de la ciudad de México, un paseo que resultó ser tranquilo y relajado, que me permitió conocer algunos aspectos de esta urbe a la vez que alejarme de preocupaciones y pensamientos locos. Digamos que simplemente quise contarles lo que hice en un domingo normal y variado.

lunes, 7 de mayo de 2012

147. Mi mente divaga

La mente divaga, los pensamientos se deslizan, se ideas se esfuman, todo se precipita, cae en las calles y se escurre por las alcantarillas de la ciudad. Inútilmente trato de arrancarle letras a las paredes, al techo y a las sucias ventanas del departamento. Pero ellas no tienen letras y yo no tengo ideas.

Los sonidos de la ciudad llegan hasta mí, a veces de manera nítida, a veces en forma difuminada, las sirenas de las ambulancias son una constante (para mi fortuna, nunca han sonado para venir por mi). Pero esta ciudad suena distinto a como suena mi ciudad por las noches, aquí no se escuchan ladridos ni serenatas ni música de grillos y canciones de ranas trasnochadas. Solo ambulancias y patrullas y autos y más autos.
Si, extraño los sonidos que por las noches llegaban hasta mi antiguo dormitorio, extraño la luna y extraño la brisa. Se me hace muy raro echar de menos a la luna porque en realidad, es la misma luna que se asoma a mi ventana y sigue mis actuales pasos. Pero en mi tierra la luna se ve distinta, se los juro que se ve diferente. No sé, a lo mejor es solo mi idea.

Y mientras tanto, las horas siguen caminando, el sueño me sigue evadiendo, juega conmigo (¿Por qué todos quieren jugar conmigo?) a veces el sueño se asoma y luego se esconde, como un inquieto fantasma, como aquellas sobras repentinas que en otros tiempos me asustaban. ¿A dónde se va el sueño, por qué se esconde? No lo sé, tal vez nadie lo sabe.
Creo que lo mejor sería apagar la computadora, cerrar los ojos y quedarme quieto, tal vez de esa manera el sueño se aburra de andar brincando en la cama y se acurruque junto a mi, de esa forma los dos, abrazados y tranquilos, podríamos  dormir. Se me olvida, el sueño no duerme, el sueño sólo cabalga aprisa en las mentes que duermen. A ratos no quisiera que cabalgue, solo quiero que este quieto junto a mi, quizá para no sentirme tan solo en esta noche sola.

A ratos tengo calor, por momentos llega hasta a mí el aire fresco que fluye por la abierta ventana, a ratos me dan ganas de salir y perderme en las calles y perderme en la noche y perderme en extrañas sensaciones que florecen y perecen entre la bruma. A ratos los pensamientos me turban, me inquietan y todo se llena de imágenes discordantes. A ratos lo mejor es no pensar, no sentir, no desear.
¿Esta es la segunda o la tercera cerveza? La tercera me grita ese alguien que vive en mi cabeza,  pero en realidad no me importa, lo que quiero es que me haga dormir, que me ayude a confundirme y en medio de tantos embrollos acabe yo durmiendo y soñando que estoy despierto. Esto es una irrealidad, pero que más da, será una más de las que conviven conmigo.

El tiempo se alarga, se estira, se dobla y vuelve a estirarse; el tiempo no pasa, se atora en el umbral de mi puerta y decide quedarse recostado en la alfombra, con un pie trato de ahuyentarlo; se espanta de momento, me mira de reojo y se vuelve a acurrucarse.
En un instante, mi mente viaja y se detiene en lugares conocidos, descansa en el mismo parque, camina las mismas calles y repasa los mismos escenarios. Recuerda las mismas palabras, las mismas canciones y los mismos llantos. La mente también juega, también sueña, se queja, se inquita y se cansa.

¿Cuándo amanecerá? El tiempo me mira pero no me contesta, sigue adormecido al pie de mi cama, finalmente entre bostezos murmura impasible:”Tranquilo, ten paciencia, ya pronto despertarás”.

domingo, 12 de febrero de 2012

146.El ciclotón

La Ciudad de México ofrece muchas ocasiones de relajación y esparcimiento, esto hace que mis sábados y domingos sean muy entretenidos y con actividades variadas; la siguiente historieta me aconteció uno de esos fines de semana en que el ocio y el exceso de horas vagas me arrastraron hasta los confines de mis capacidades y destrezas físicas y morales. Déjenme contarles.

Todo dio inicio aproximadamente en el mes de agosto, cuando acertadas sugerencias de compañeros de trabajo hicieron que obtuviera mi credencial de Ecobici, lo que me da derecho a utilizar el servicio de bicicletas públicas que ofrece el Gobierno del Distrito Federal.

De las bondades de este atinado programa de transporte público individual hablaré en otra ocasión, ahora solo haré referencia a él debido a que la citada anécdota me ocurrió precisamente cuando me trasladaba en una de esas dinámicas, esbeltas y rojas bicicletas y en ocasión de otro de los acertados y muy aceptados programas de esparcimiento desarrollados en esta ciudad: Domingos de Paseos en Bicicleta.

Resulta que un domingo del mes de octubre a eso de las 9 de la mañana decidí participar en el mencionado y recreativo programa, por lo que se me hizo muy fácil dirigirme a la cicloestación de bicicletas más cercano y pedalear con campechana alegría hasta el Paseo de la Reforma. Mis planes consistían en dar un par de vueltas entre la fuente de la Diana Cazadora y la glorieta de la Palma para después entrar al cine, salir a comer y regresar a lo que desde hace algunos meses llamo casa.

Una vez trazado el itinerario inicié mi constante pedaleo, una distracción me llevó a una calle muy amplia, arbolada y bonita llamada Mazatlán, por un instante me desubiqué pero de inmediato me percaté de que un importante y numeroso grupo de ciclistas se aproximaba hacia la dirección en que yo iba. Los dejé alcanzarme y decidí seguirlos.

La calle Mazatlán se convirtió en Durango y de ahí nos desviamos hacia una lateral que nos llevó directamente al Paseo de la Reforma; llegamos a la glorieta de la Palma pero los más de 200 ciclistas (según mis primeros cálculos, después me di cuenta de que eran muchísimos más, cerca de 20 mil, según informes de prensa) no giraron en redondo sino que continuaron pedaleando hasta llegar a la Avenida Juárez, pasamos frente a la Alameda Central y yo pensé “a lo mejor el paseo en bicicleta se extiende un poco, no daré dos vueltas, sólo una y continuaré con mis dominicales planes”.

El pelotón de ciclistas se interno al centro de la ciudad, no recuerdo el nombre de las calles (me parece que era la de Pino Suárez) pero atravesamos la del Correo Mayor, Isabel la Católica entre otras hasta desembocar a una llamada Fray Servando Teresa de Mier, esta me sacó del Centro Histórico y me hizo pasar frente al mercado de Sonora y de ahí seguí pedaleando ya no tan alegremente.

Ya en ese punto del recorrido tenía muchas dudas si continuar, seguir avanzando o tratar de memorizar el trayecto para hacerlo de regreso. No sabía en que iba a parar eso ni de qué se trataba, pero en lo que le pensaba y analizaba y calculaba y sopesaba, seguía dándole fuerte a la bicicleta.

Posteriormente tomamos una avenida enorme, me parece que era el Circuito Bicentenario, aunque ahora casi todas las avenidas tienen ese nombre además de algún otro (Eje 1, 2 o 3 o no sé cuantos más). Afortunadamente todas las calles y avenidas por donde circulábamos estaban cerradas a los automóviles, pero ya para entonces la preocupación era muy grande.

En un crucero aproveché a preguntarle a un policía si en algún punto retornaríamos al paseo de la Reforma, para mi sorpresa, susto y nerviosismo me dijo que no sabía, que suponía que sí pero no estaba seguro. En ese preciso momento dejé de disfrutar del paseo en bicicleta y la preocupación se tornó en severa inquietud y desasosiego.

Para cuando avanzábamos por una avenida que se llama Rio Churubusco ya pasaban las doce del día, y había atravesado con menudo esfuerzo 3 o 4 puentes, me había detenido en 3 puestos a tomar agua, había consultado 5 veces el Google Maps que traigo en el celular y me había enterado de que estaba en medio del Ciclotón de la Ciudad de México.

El dichoso Ciclotón es otro programa del gobierno de esta ciudad, se realiza regularmente y participan personas de todas las edades en bicicletas propias o ajenas, se instalan módulos de seguridad y vigilancia, se cierran las calles por donde pasa y tiene una gran aceptación, principalmente entre los jóvenes y atletas. Pero yo no lo conocía y menos sabía que iba estar involucrado en él.

Con un pedaleo cada vez más lento pasé por el velódromo y la alberca olímpica y no sé por cuantos lugares más, cuando me di cuenta que estaba por Coyoacán empecé a madurar la idea de salirme de todo eso, encontrar la estación del metro más cercana y meterme en ella con todo y bicicleta; porque además de asustado, ya estaba muy cansado y por otra parte, el sillín de la bicicleta ya lo traía incrustado en “santa sea la parte” de mi anatomía.

Ya para entonces me había dado cuenta que muchos ciclistas solo cubrían un tramo del camino, que solo los más audaces y locos se aventaban a desafiar todos esos kilómetros de avenidas que atravesaban o rodeaban la Ciudad de México. Pensé que el paseo hubiese sido divertido si no estuviese tan asustado y en desconocimiento de mi ubicación geográfica. Cuando subíamos un puente miraba a lo lejos tratando de encontrar un edificio que se me hiciera conocido pero nada.

Entonces le pregunté a otro policía por dónde andaba y me dijo que la calle se llamaba Patriotismo, de alguna forma eso me tranquilizó porque entendí que había dado la vuelta en redondo y que ya estaba más o menos cerca del Paseo de la Reforma, pero faltaban 20 minutos para las dos de la tarde y el policía me informó que a las 2 se habrían las vialidades a los automóviles y que me faltaba como una hora para llegar al final del ciclotón.

Decidí entonces llegar al límite de mis capacidades físicas y pedalear con mucha fuerza, de esa manera avance muchos tiempo hasta que fui descubriendo ya sitios conocidos, lugares por donde había pasado; en un semáforo escuché a unos jóvenes comentar que el tramo total eran 32 kilómetros, no lo creí.

Cuando faltaban unos minutos para las dos de la tarde entré de nueva cuenta en la calle Mazatlán, que era donde había comenzado mi aventura ciclista y donde terminaba el tormento del Ciclotón. Fue en ese momento en que el alma me regreso al cuerpo, sin mayores tardanzas devolví la bicicleta en la estación correspondiente y me senté en una banca a reflexionar, a descansar y a permitir que mis pies se acostumbren de nueva cuenta a la tierra firme.

Ya en casa averigüé, la ruta es de 32 kilómetros, se realiza el último domingo de cada mes y todo mundo sabía de ese maratón menos yo. No sé, pienso que lo volvería a hacer ya con conocimiento de lo que me espera y que entonces si, disfrutaría del camino. Pero en esos momentos solo quería descansar y olvidarme por completo de las bicicletas, de las calles y de la Ciudad de México. Hasta aquí con el relato amigos.

La moraleja es: no, no hay moraleja, pero si van a manejar bicicletas, no se alejen mucho de casa, se los digo por su bien.