lunes, 13 de agosto de 2012

154. La historia de don Prócolo Malacara

¡No me gusta, lo he dicho una y mil veces, no me gusta, no me gusta y nunca me gustará! Gritó don Prócolo Malacara y Malgesto al tiempo que se encerraba dentro de las grises paredes de su dormitorio. Sus hijos, nietos y yo lo miramos con desconsuelo y resignación, hicimos algunos comentarios de desaprobación y nos olvidamos del asunto.

Y es que a don Prócolo Malacara no hay algo que le guste; a lo largo de sus 97 años no le hemos escuchado expresarse con agrado de algo, sea algún miembro del reino animal, vegetal o mineral; sean paisajes de primavera, verano, otoño o invierno; sea un objeto de la clase, tipo o especie que fuera; sean alimentos propios o ajenos o personas locales, nacionales o extranjeras. Simplemente no le encuentra el gusto a cosa alguna, su historia ha sido de permanentes “no me gusta”, su frase favorita siempre ha sido “no me gusta”.

Clemencia Malgesto, su difunta madre, señalaba que Prócolo Malacara siempre fue así, desde su infancia y aún mucho antes de que naciera, ya revelaba lo que sería su triste existencia. Ella nos contó que tuvo un embarazo muy tranquilo en un principio, pero de mucha angustia después, puesto que nunca sintió movimiento alguno dentro de su vientre. Mucho tiempo después cayó en la cuenta de que fue debido a que a su bebé no le gustaba moverse.

A don Prócolo Malacara tampoco le gustó nacer y eso lo manifestó de manera tajante desde el preciso instante en que nació, dado que lloró durante cincuenta y dos días completos con sus noches. Tampoco le agradó la leche materna, eso representó un verdadero problema, doña Clemencia intentó todo: atolillos de arroz, maíz, cebada y avena; jugos de frutas tropicales, agua de la lluvia y de pozos naturales, infusiones de pelusa de maíz, de hojas de guarumbo y de naranja agria y nada. Finalmente el pequeño Prócolo Malacara se resignó a vivir tomado leche en polvo mezclada con agua de coco.

A Procolito, como era llamado por su madre aunque a él no le gustará ni el nombre ni el diminutivo, tampoco le gustó caminar, por esa razón acostumbraba a desplazarse sobre un carrito de madera al que se le adaptaron unas pequeñas ruedas de plástico, hasta que el niño se fastidió y decidió caminar como cualquier otro ser humano. Tampoco le gustó la escuela, pero no tuvo más remedio que asistir al único colegio del pueblo, donde fue obligado a aprender a leer, escribir y a hacer cuentas por la irascible y siempre estricta maestra Facunda Cienfuegos.

Doña Clemencia, quien siempre fue devota de misas, rezos, confesiones y golpes de pecho, le prometió al cura del pueblo que el pequeño Procolito sería monaguillo de la iglesia y cantante en el coro de niños en la misa dominical; pero a Procolito nunca le gustó cantar ni ir a misas los domingos ni nada que tuviera que ver con religiones, santos, curas y liturgias.

A Prócolito tampoco le gustaba hacer amigos, de hecho no se le conoció ninguno, ni en el colegio ni en el barrio, solo soportaba la compañía de Toñito Taciturno, quizás porque éste era mudo y por tanto incapaz de perturbarlo con palabra alguna. A Toñito se le solía ver caminando unos metros detrás de Procolito, acostumbraban a ir al cementerio a tirarle piedras a la cruz del sepulcro de don Sebastián Berenjena, o bien, llegar hasta la playa donde, mientras Prócolo Malacara maldecía al mar, a la brisa y al sol, Toñito enterraba los peces muertos que la marea depositaba en la arena. 

Cuando Prócolo Malacara cumplió 17 años, harto de todo y todos, abandonó el pueblo y no volvimos saber nada de él; algunas personas aseguraban que se había refugiado en el monasterio de San Filemón, otros afirmaban que lo habían visto viviendo como ermitaño en las cuevas de Burundanga y hubo quienes lo dieron por muerto y sepultado de manera secreta en el patio trasero de la iglesia.

Finalmente lo volvimos a ver 45 años después, cuando regresó para asistir al funeral de su anciana madre, doña Clemencia; ese triste y lluvioso día solamente algunas personas y yo lo reconocimos, y eso fue debido a que permanecía con su antigua costumbre de vestir de manera estrafalaria y con su incapacidad de combinar colores y estilos. En los pocos días que permaneció en el pueblo tras las exequias de su madre, Prócolo Malacara no saludó, platicó ni reconoció a nadie, ni siquiera a la escasa parentela que le sobrevivía.

Fue Prócolo Tercero, su joven y parlanchín nieto quien lo acompaño a los funerales, el que nos relató que en alguna ocasión, hurgando en los viejos baúles de su testarudo abuelo, encontró antiguos recortes de periódicos, una bitácora con deslavadas anotaciones y algunas reseñas que le permitieron enterarse de los pormenores y milagros de la vida de su abuelo y, sin tener que insistirle mucho, procedió a narrárnosla con suma escrupulosidad.

Así fue como nos enteramos que Prócolo Malacara apenas salió del pueblo se dirigió a los Estados Unidos, donde se empleó como grumete en una embarcación mercante que lo llevó hasta China. El país no le gustó, tampoco el idioma y menos las costumbres, pero como no tenía dinero para volver a casa, se dedicó a vagar por los pueblos chinos sobreviviendo en trabajos temporales relacionados con el cultivo de arroz; finalmente llegó a Mongolia, donde anduvo de nómada con una tribu de pastores mongoles, quienes no solamente no lo molestaban sino que literalmente lo ignoraban.

Eso terminó por molestar a Prócolo Malacara por lo que abandonó esa vida errante y viajó hasta la India donde primeramente se dedicó a hipnotizar cobras y finalmente se hizo sacerdote de Ganesh, religión de la que fue expulsado por negarse a tocar el caracol para alegrar a los creyentes de este extraño dios hindú con cabeza de elefante. Humillado y molesto, Prócolo Malacara se dirigió a Líbano desde  donde se traslado a Egipto acompañando a un grupo de mercaderes sirios.

El continente africano definitivamente no le gustó a Prócolo Malacara, en una de las notas de su bitácora escribió que había muchos moscos y cocodrilos en los márgenes del Nilo, que los leones y el resto de los animales apestaban a sepulcro después de día de muertos y que detestaba la risa extraña de las hienas. Además de que no le gustó trabajar en las minas de diamantes del Congo ni traficar armas en Sierra Leona y mucho menos le agradó el tiempo que pasó como prisionero de los bantúes en Camerún.

Sin embargó Prócolo Malacara logró recabar una buena suma de dinero comercializando de manera ilegal colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte, fue con esas ganancias y las que obtuvo en la, para él muy desagradable labor de ayudante de guía de turistas en Kenia, como logró abandonar África y viajar hasta Turquía.

En esas tierras, Prócolo Malacara se dedicó a traficar hachís en los barrios bajos de Estambul, en un principio su ilícito negocio le redituó considerables ingresos, hasta que un soplón chipriota lo delató con la policía y así fue como conoció los horrores de las cárceles turcas. Prócolo Tercero no sabe a ciencia cierta cómo es que su abuelo logró salir de esas tenebrosas mazmorras, el caso es que una vez fuera de ellas, se dedicó a vagar por toda Europa.

Fue en ese tiempo cuando trabajó como velador en el cementerio de Florencia y vendedor de boletos en los teatros de ópera de Milán; un tiempo laboró como cargador en los muelles de Liverpool, comerciante de víveres en Manchester y cantante en centros nocturnos de Lisboa; también fue banderillero en las plazas de toros de Madrid, florista en Ámsterdam, gendarme en Bruselas y mesero en burdeles de poca cuantía en París.

De más está señalar que ninguno de esos oficios fue de su agrado y terminó peleándose con clientes, dueños y vecino de todos los lugares en los que trabajó y habitó, sin embargo, aprovechando el estallido de la segunda guerra mundial y estando en busca de emociones cada vez más fuertes se unió a los partisanos de la resistencia francesa durante la ocupación nazi. Pero la vida da muchas vueltas y en un giro del destino, Prócolo Malacara se hizo piloto de un bombardero al servicio del ejército alemán. Finalmente, a la caída del Tercer Reich, tuvo que escapar hacia Argentina utilizando para ello un pasaporte falso que lo acreditaba como ciudadano de colombiano.

En tierras argentinas trabajó como cocinero, pero detestaba el olor de los asados por lo que se dirigió a Brasil donde se unió a una expedición en busca de los orígenes del Amazonas, pero entonces se quejaba del calor y de la humedad y le molestaba el extenso y excesivo color verde de la selva y el persistente canto de los pájaros; su excusa para abandonar la tripulación llegó junto con el paludismo, enfermedad que obligó a trasladarlo a un hospital peruano.

Molesto por el trato que recibió durante su convalecencia optó por dirigirse a Venezuela y de ahí a Cuba donde decidió unirse al ejército de Fidel Castro; en esa isla fue funcionario del gobierno comunista y en una de sus giras de trabajo por la región de Camagüey, una joven mulata de anchas caderas y cabello ensortijado llamada Tombolá Cambalache, fijó sus negrísimos ojos en él.

Se dice que Prócolo Malacara era reacio a cualquier tipo de persona, sea mujer u hombre, por lo que no le hizo el menor caso a aquella mujer, pero lo que nunca se imaginó Prócolo Malacara era que aquella mulata fuera una santera al servicio de los poderes supremos de Changó, Yemayá y Obatalá y que, haciendo uso de sus influencias espiritistas y valiéndose de un insólito brebaje preparado con aceite esencial de rosa, verbena y madreselva; más canela, cinco clavos de olor, dos pellizcos de vainilla, miel y una pizca de nuez moscada, lograra capturar su voluntad y hacerlo suyo en una noche sin luna.

De esa extraña unión nacieron ocho hijos varones y cinco mujeres, todos ellos heredaron los rasgos físicos de la hermosa y caprichosa santera cubana. Prócolo Malacara, si bien seguía sin estar conforme con nada, no tenía voluntad en los destinos familiares y cuando Tombolá Cambalache decidió que la familia debía trasladarse a la Ciudad de México, Prócolo Malacara no tuvo ninguna objeción en hacerlo, aunque esa ciudad nunca le gustó.

Ya estando adaptados en su nuevo lugar de residencia, la familia se dispersó por distintos rumbos y Prócolo Malacara se dedico a ejercer las más diversas ocupaciones, desde comerciante en mercados y tianguis populares, pasando por masajista de señoras, acomodador de autos, dirigente de sindicatos, chofer de taxis y limpiador de semáforos; hasta organillero, inspector de puestos ambulantes y reparador de sombrillas en los mercados de la Lagunilla y la Merced.

Sin embargo, gracias a las artes y conexiones espirituales de Tombolá Cambalache nunca padecieron penurias ni estrecheces económicas y pudieron todos ser felices habitando una enorme casa ubicada en el rumbo de Coyoacán. Todos fueron felices, menos Prócolo Malacara, a quien con la edad se le fueron acentuando los disgustos, llegando al punto que no le gustaba vestirse ni bañarse, desayunar ni cenar, detestaba tener que moverse, le disgustaba tener que hablar, ver y oír a la gente; si estaba durmiendo odiaba tener que despertar y si estaba despierto le contrariaba tener que dormir. Todo era una calamidad para él y por supuesto, para todos. Hasta ahí el relato del joven y parlanchín Prócolo Tercero.

Después de los velorios y plegarias en favor de doña Clemencia le volvimos a perder la pista a Prócolo Malacara y fue hasta 12 años después, cuando yo ya estaba radicando en la capital de la república que me crucé con él en el mercado de Sonora. Por supuesto que me reconoció pero no quiso saludarme, cosa que no me importó y dado que yo era de su pueblo natal y conocido de Prócolo Malacara desde la niñez, la familia Malacara me acogió como amigo personal.

Desde entonces Prócolo Malacara y yo pasábamos muchas tardes sentados en la banca de algún parque o la mesa de algún café, de aquellos a los que no va mucha gente; nunca platicamos de nada porque a Prócolo Malacara no le gustaba conversar y sospecho que mi compañía tampoco le gustaba, pero eso tampoco me importó.

Por eso aquella tarde en que Prócolo Malacara gritó “¡No me gusta, lo he dicho una y mil veces, no me gusta, no me gusta y nunca me gustará!” Nadie le dio importancia al asunto, esos arranques se habían vuelto habituales y ya no molestaban ni preocupaban a nadie de la familia y menos a mí.

Sin embargo debo confesar que me alarmé un poco cuando, días después, Domitila Malacara, la simpática, coqueta y alegre nieta menor de Prócolo Malacara me llamó para comunicarme que el viejo no daba señales de vida. Cuando llegué al domicilio de la familia, un galeno daba el dictamen médico en estos términos “técnicamente no está muerto, pero tampoco está vivo, me atrevo a pensar que don Prócolo Malacara no tiene ganas de moverse, ni de comer, ni de dormir, ni de hacer nada de nada, incluyendo vivir y morir”.

Ni los familiares ni yo supimos que hacer después de que el médico abandonó la residencia Malacara. Las primeras semanas dejaron a don Prócolo Malacara acostado en su cama, después lo acomodaron en la sala y posteriormente permaneció ocho meses ocupando un espacio en el jardín de la mansión.

Finalmente, una madrugada del mes de abril, los hijos, nietos y yo llevamos a don Prócolo Malacara a un parque, allá por el rumbo del desierto de los leones, los sentamos en una banca junto a un gran árbol, de esos que a él nunca le gustaron, y nos olvidamos de él.

domingo, 12 de agosto de 2012

153. La fiesta verde

Si, fue una enorme y multitudinaria fiesta verde, un carnaval esmeralda que invadió el Paseo de a la Reforma; había disfraces, banderas, serpentinas, antifaces, máscara, capas y mucha alegría por parte de miles de aficionados que acudieron a celebrar la conquista de la primera medalla de oro mexicana en la historia del fútbol olímpico.

Desde el pasado 7 de agosto quedó concertado el partido final del torneo de fútbol de las XXX Olimpiadas de Londres 2012; sería el 11 de agosto a las 9:00 horas cuando México se enfrentaría a Brasil en un partido de pronóstico reservado, donde cualquiera podría ganar, donde los dos lo darían todo por conquistar su primera medalla de oro en este tan popular deporte.
El día inició nublado, gris y con una muy ligera llovizna, se podría predecir algo malo para las próximas horas. Cerca de las 8 de la mañana atravesé en bicicleta el Paseo de la Reforma a la altura del famoso monumento a la Independencia. El llamado Angelito estaba cercado con una valla metálica y en los alrededores se apostaban varias centenas de policías. Eso era un buen presagio, se anticipaba un festejo.
Apenas terminaba de instalarme frente a un enorme televisor cuando ya estaba gritando y festejando el  primer gol. Parecía un guión de televisión, México anotaba su primer gol a los 29 segundos de iniciado el juego. Desde ese momento todo fue nervios y angustia. Para el segundo tiempo otro gol mexicano. Después vino el descuento brasileño y un susto cuando estaba por terminar el partido.
Finalmente vino el silbatazo final, la selección mexicana de fútbol se proclamaba campeón olímpico y con ello se hacía acreedora de la medalla de oro, la primera conseguida en el deporte más popular del país. Y al instante se vino el festejo en las calles de la capital de la república. Pero quise esperarme hasta escuchar el himno nacional y ver la bandera en todo lo alto para sentir la emoción y el orgullo nacional.
Antes de describir el festejo en el Angelito, lugar tradicional de celebraciones futboleras, debo aclarar que ya antes, en 2008, había presenciado uno de estos acontecimientos, fue cuando coincidió mi asistencia a un curso con el partido que México le ganó a Francia durante el mundial de Sudáfrica. Pero no hubo comparación entre este y aquel, aquel fue solo un partido, este era un campeonato olímpico, la fiesta fue mucho mayor.

Con más curiosidad que otra cosa me dispuse a caminar en los alrededores del Angelito, fue cuando empecé a dimensionar la magnitud del festejo, de la celebración, del carnaval que se estaba gestando de la nada, sin orden, sin rumbo, solamente con el deseo de manifestar la alegría efímera de un triunfo futbolero.

Las calles centrales de del Paseo de la Reforma se cerraron de inmediato al paso de vehículos, las calles laterales se congestionaron de autos cuyos ocupantes hacían sonar sus bocinas, ondeaban banderas y vitoreaban a los “nuevos héroes”  nacionales. Por su parte los transeúntes tocaban cornetas, tamboras y todo lo que sirviera para hacer ruido, incluyendo tapas de ollas de cocina.

Para entonces ya las calles estaban inundadas de gente, todos con camisas verdes, o de malas algo verde, cualquier cosa, un sombrero, una gorra, una bandera o lo que fuere, pero todos lucían algo verde, eso era como una obligación. Por supuesto yo portaba con orgullo mi camisa de la selección nacional.

Un numeroso grupo de muchachos se apostó en las orillas de la calle lateral y  pedían a las chicas que mostraran “chichis a la banda”, ninguna se animó. Uno de ellos se puso más grosero y fue arrestado por la policía ante el abucheo de unos y los aplausos de otros.

No podían faltar los oportunistas, el principal era Juanito, ese personaje de la vida mexicana, más grotesco y bufón que político y luchador social, quien no dejaba de tomarse fotos con quien se lo solicitara. A sus espaldas, con mantas y carteles, un grupo de no más de 30 inconformes exigían que se limpiaran las elecciones presidenciales. Nadie les hizo el menor caso.
De manera sorprendente aparecieron en escena un grupo de vendedores comercializando camisas de la selección con la leyenda impresa “México, Campeón Olímpico” al precio de 50 pesos. Pero al parecer fue más popular vender bigotes falsos, hasta las mujeres los compraban y los lucían graciosamente y sin reparos.
Una señora vestida de China Poblana regalaba saludos y besos volados, también era bastante requerida para la foto del recuerdo. El Zorro también se dejó ver, vestido absolutamente de negro pero ondeando una bandera mexicana. También había perritos con sus camisas de futbol y no podía faltar el guerrero azteca con su desplumado penacho y los charros con enormes sombreros.

También había muchos con antifaces o con máscaras de los más populares luchadores, las banderas servían de capas. La espuma salía de los botes de aerosol y bañaban a todos sin que nadie se molestara. Algunos grupos corrían con sus banderas atropellando a la gente, yo fui una de sus víctimas al recibir un banderazo en la cara sin mayor consecuencia; una disculpa, un no hay problema y que sigan las porras.

Una abuelita en silla de ruedas no quiso dejar de presenciar la fiesta futbolera, aunque para ello requiriera la ayuda de uno de sus nietos quien alegremente la conducía por entre el gentío. En el lado opuesto de la vida, muchos llevaban bebés con sus uniformes verdes y sus caritas marcadas de manera tricolor.

Las muchachas eran de las más alegres, bailaban, gritaban, se abrazaban, lanzaban porras y arengaban a la multitud a seguir celebrando. Algunos niños intentaban echarse una cascarita con un balón de plástico pero era realmente imposible ante tal cantidad de gente.

De pronto otra sorpresa, vendedores de carteles que agradecían a Oribe Peralta, Marcos Fabián y demás seleccionados por su esfuerzo y dedicación y por la alegría que regalaban al pueblo mexicano. También había calcomanías de futbolistas de caricatura que hacían recordar a los mencionados jugadores.

En medio de todo, los vendedores de dulces, frutas, tacos (7 por 10 pesos), refrescos, cornetas, pelucas rizadas y largas pestañas tricolores, banderas y banderines, sombreros de y gorras. También había otros fuera de tono que vendían ratoncitos y arañas de juguete o avioncitos de cuerda.

Un grupo de jóvenes religiosos cantaba alabanzas y proclamaban a todo pulmón que Dios ama a México. Frente a ellos estaban los que gritaban que ya se había ganado en fútbol pero que era hora de ganar también en la democracia. Los sentí tan desubicados a unos como a otros.

Tampoco podían faltar los que cantaban sin cesar el eterno cielito lindo dedicado, por supuesto a los brasileños. Por cierto, entre la multitud pude vislumbrar a un señor que caminaba de prisa con su camisa de la selección de Brasil, nadie le hizo el menor caso, nadie lo burló o le dejo caer algún comentario burlesco, simplemente lo dejaron transitar tranquilo.

En medio del bullicio futbolero se empezó a colar la noticia de que la mexicana  Rosario Espinoza había conseguido medalla de bronce en Tae Kwon Do, entonces los festejos arreciaron un poco, no mucho.

Finalmente, a eso de las 4 de la tarde, después de comer en un lugarcillo de por el rumbo, y ya cansado del cada vez mas disminuido festejo, opté por dirigirme a lo que llamo casa para leer las crónicas del triunfo mexicano en las páginas electrónicas de los principales periódicos y los comentarios en las redes sociales. Hasta aquí, ya veremos qué pasa mañana.