martes, 5 de agosto de 2014

158. Un cuento de fantasmas


“¡Demonios, esta casa está llena de fantasmas!” grité en una mezcla de desconcierto y miedo. Apresurado salí de casa, cerré la puerta de un solo golpe y corrí a refugiarme al interior de mi pequeño automóvil. Aquí he permanecido durante las últimas horas tratando de recuperar la serenidad e intentando entender todo lo que está ocurriendo.

Los problemas parecen estar muy claros, el primero de ellos es que decenas de fantasmas, por alguna desconocida e inexplicable razón, han decidido manifestarse y ocupar una casa que por extraña coincidencia es la misma que yo habito. El segundo es que yo no tengo ningún ánimo de vivir y coexistir con entes venidos del más allá o de no sé cual escondida, alejada y oscura comarca del inframundo.

El tercer problema y tal vez el principal, es que esta embrujada e invadida casa es el único lugar donde puedo vivir, en la bolsa solo tengo mis últimos 145 pesos y no tendré más dinero hasta la próxima semana. Mientras tanto no sé qué podré hacer o dónde ir o cómo resolver esta inaudita situación. 

¿Y si todo fuera producto de mi atolondrada mente, o de los néctares aguardentosos que sin medida me bebí? O tal vez solo irrumpieron en la casa por algunos minutos y ya han decidido marcharse. Sí, eso puede ser, pero comprobarlo implica volver a la casa y tal vez encontrarme de nuevo con esos desagradables y usurpadores espíritus.

Pero, también es cierto que no podré permanecer más tiempo en el interior de este auto, es muy pequeño para dormir y aún más pequeño para convertirlo en lugar de residencia. Me tendré que armar de valor para volver a asomarme a la casa. Eso haré, acecharé por la ventana del traspatio, esa me permite una mirada general de la planta baja, desde ahí verificaré qué diantres está pasando dentro.

… Si, ahí siguen los fantasmas. No se han ido y al parecer, no muestran ninguna señal de querer desalojar mi domicilio. Ahí siguen, concentrados en sus cosas, algunos caminando de aquí para allá, otros permanecen sentados sumidos en sus pensamientos, uno más parece querer componer las bombillas de la cocina, otra se dedica a tejer y uno más está comiendo un sándwich de atún. ¡No sabía que los fantasmas fueran tan dedicados y afanosos y mucho menos que les gustara comer pescado enlatado!

En realidad son unos espectros muy raros, no se parecen en nada a aquellos clásicos seres que se trasladan bajo una sábana blanca con dos agujeros a manera de ojos. Muchos menos a aquellos personajes espantosos que aparecen en las películas intentando matar a media humanidad y horrorizando a la otra mitad.

Estos fantasmas son grises, su tonalidad me recuerda al color de los plomos que usamos para agregarle peso a los anzuelos de pesca. Su cara, su piel y su pelo, sus ropas, sombreros, bastones, bolsas y demás utensilios también son grises, todo es gris. En realidad, se parecen a los soldaditos de plástico que se venden para día de reyes, pero estos no tienen uniforme militar ni son verdes. Son grises, bastante grises.

Tampoco son trasparentes, son opacos. Si, bastante opacos, sin embargo los veo claramente a pesar de la obscuridad de la casa. Y no flotan en el aire, caminan como cualquier persona viva. Y al parecer, tampoco pueden atravesar las paredes, veo a algunos teniendo que rodear el pequeño muro que divide la sala del comedor.

¿Qué caso tiene ser un fantasma si no puedo hacer las cosas que se supone haga un fantasma? Estos a lo mejor no pueden ni asustar a nadie, aunque a decir verdad, yo si me siento un poco espantado. Y los veo tan absortos en sus cosas que… quizás pueda colarme hasta mi dormitorio sin que se den cuenta. Lo voy a intentar.

… Es cosa de abrir suavemente la puerta, pegarme a la pared y caminar despacio, tal vez esos ojos grises no les sirvan para ver en la oscuridad… Bien, ya estoy dentro de la casa. Un fantasma vestido de boxeador pasó cerca de mí y no se percató de mi presencia. ¿Y ese olor? Nunca me imaginé que los fantasmas tuvieran olor. Y a decir verdad, no huelen en forma desagradable, todo lo contrario, el aroma me recordó al agua de colonia de Sanborns que usaba mi abuela. Toda la casa está llena de ese perfume de naranja. Eso me gusta, o al menos no me molesta ni me atemoriza.

Ya estoy en la escalera, es cosa de esperar a que baje el fantasma vendedor de dulces, para intentar subir. Este vendedor al parecer pregona sus dulces a todo pulmón pero no escucho su voz, nadie parece escucharlo. ¿Qué pasa con estos fantasmas? ¡No hablan, ni oyen ni ven! Tampoco mueven objetos de un lado para el otro. De plano que si de esto se trata ser un espectro de ultratumba no quiero serlo, se ve bastante fastidioso.

…Bien, ya estoy en la planta alta… es cosa de rodear a estos fantasmitas que juegan con canicas y cochecitos y listo. Espero que en mi recámara no haya ningún aparecido...

¡Dios mío, esto es más de lo que pude imaginarme, mi cama está ocupada por una joven, espectral y bastante ardiente pareja de fantasmagóricos amantes! ¡Y en mi escritorio hay un joven fantasma escribiendo cartas a puño y letra!

Cada vez entiendo menos lo que pasa, pero a decir verdad, ya no siento tanto miedo. Estoy sorprendido y asombrado eso si, pero espantado ya no, bueno, no tanto. A decir verdad, estos singulares seres no me incomodan, no se meten conmigo ni han intentado asustarme y menos sacarme los ojos o robarme el cerebro.

…No creo poder ocupar mi cama, los fogosos y apasionados fantasmas la ocupan toda, tendré que dormirme en el sofá; tal vez al amanecer hayan desaparecido todos los aparecidos, al menos eso dicen, aunque estos fantasmas por lo visto no siguen las reglas y cánones establecidos para las entidades de su calaña.

…Dicho y hecho, ya amaneció y siguen aquí. El joven con sus cartas… y, esta ardiente pareja que no deja de prodigarse uno a la otra y viceversa; no entiendo cómo es que no se le ha roto la espalda a la chica con esas posiciones tan extrañas que adopta. ¡Y este tipo rápidamente se está convirtiendo en mi máximo ídolo! De verdad que si. Debo reconocer que al verlos si me dan ganas de ser un fantasma, pero de esta clase de espíritus pornográficos, aunque con mi suerte de seguro me toca ser el fantasma vendedor de dulces.

No creo poder vivir mucho tiempo presenciando estas perturbadoras e inauditas escenas… creo que contrataré a uno de esos profesionales que se dedican a expulsar espíritus despistados y chocarreros de las casas. Si, creo que oí de algunos que tienen su santuario detrás del cementerio de San Joaquín.

… Después de muchos intentos, todo ha sido un fracaso total. Don Pascualito, reconocido por su poder para desalojar fantasmas, ánimas, apariciones y demás existencias allegadas desde el más allá, fracasó de manera estrepitosa; su ritual a base de agua y vinagre, sal, espejos y veladoras no funcionó.

Doña Facundita, famosísima espiritista y visionaria, lo intentó con una fermentación preparada con savia roja de acacia, ajo en polvo, almizcle, alcanfor e incienso y nada, al amanecer los fantasmas deambulaban como si nada ocurriera. Julianita, la pequeña y milagrosa yerbatera, roció toda la casa con un brebaje de ruda, albahaca, laurel, canela, sándalo y cáscaras de cebollas, además de que me hizo bañarme durante 7 días con esa mezcla y con un jabón sanador que ella misma elaboró y nada.

Don Chamo Abuxaqui, gurú de origen libanés, hizo grabar en el sala de mi casa un pentagrama el cual, a su decir, fue usado en la antigua Sumeria por sus enormes poderes sobrenaturales, a su alrededor encendió velas de colores, roció agua bendita, escribió símbolos enigmáticos y recitó extraños conjuros. Nada.   

Después de él pasaron por mi domicilio un chamán veracruzano, un anciano brujo de origen maya, un experto en fenómenos síquicos y paranormales y finalmente un cura que aseguraba haber participado en la expulsión de infinidad de entes maléficos; sin embargo, mas tardó el desventurado clérigo en asomarse a la casa que en huir despavoridamente hasta refugiarse en el sagrario de su ermita, de la cual no volvió a salir hasta el viernes de la semana santa.

Y después de tantos conjuros y ritos enigmáticos, ceremonias celtas, caribeñas y prehispánicas, así como fórmulas mágicas y misteriosas evocaciones, mis domesticados fantasmas aquí siguen, imperturbables, serenos, ajenos a tribulaciones y conflictos terrenales y celestiales, en el contemplativo limbo de las ánimas.

…Después de varios meses de compartir su presencia, ya hasta me estoy familiarizando con ellos, y ya casi no me molesta su estancia, ya hasta los reconozco y a muchos de ellos los llamo por su correspondiente apelativo. El Pugilista continua con su dedicada preparación para un combate que nunca llegará, pero se mantiene en forma y diariamente practica sus mejores golpes. La concentrada Tejedora aún no termina sus flores de punto de cruz y sus puntadas de costilla de ratón.

El Obrero sigue con sus interminables reparaciones, en realidad nada compone, pero por lo menos me da una idea de cómo arreglar las cosas. Los Trovadores son un guitarrista que sentado en el suelo toca y canta con gran sentimiento, aunque no escucho nada, a él se unió un saxofonista, se ve que disfrutan sus espectrales melodías, las cuales desafortunadamente tampoco puedo oír.

Debajo de las escaleras es el territorio del Tímido, se me hace muy incómoda su presencia, pero al parecer, él es el más asustado e introvertido de todos. También he identificado al Boy Scout y al Fiestero, al Glotón y el Guisandero, estos obviamente no salen de la cocina.

El Melancólico tiene una permanente expresión de desosiego y se la pasa todo el día cabizbajo y apesadumbrado, su actitud me entristece. Al Clásico lo he bautizado de esa manera porque es el tradicional espectro que camina arrastrado cadenas, aunque lejos de atemorizar, causa cierta compasión.

Hay uno que se la pasa todo el día rezando pero de espaldas a la imagen religiosa que adorna el pasillo de la casa, lo he llamado el Antimístico; También tengo un Pensador y un Vanidoso, cuya imagen sí se refleja en el espejo; a uno lo he nombrado como el Perezoso, observarlo me relaja mucho, ya que es muy notorio que disfruta el sagrado arte de no hacer nada, en eso me identifico con él.

Hay uno muy extraño que viste de traje y corbata de moño, lo he llamado el Toc Toc, este espíritu no descansa, se la pasa reacomodando todo: muebles, platos, adornos, ropa, libros, revistas y discos; los acomoda, los mira y los vuelve a acomodar, pero no queda conforme y de nuevo reacomoda todo una y otra vez. Me cansa verlo.

Menos mal acomodara todo de verdad, pero no, solo reacomoda la esencia de los objetos, una especie de aura que se desprende del interior de las cosas, es como si los muebles y todos los objetos tuvieran también un alma. Esa especie de alma permanece en los lugares aún cuando las cosas han sido cambiadas de lugar, aunque después de un tiempo se desvanece y se reintegra al objeto. Es esa esencia la que acomoda el Toc Toc, lo que cocina el Guisandero y lo que se come el Glotón.

Pero mi favorito, aunque pudiera pensarse que son los Lujuriosos, es el Joven Escribano, quizás porque me recuerda mucho a Alan, un amigo y ex compañero que falleció cuando estábamos en la preparatoria. El Joven Escribano debe andar más o menos por la misma edad que tenía mi amigo cuando murió, y su cara tiene un cierto parecido; sin embargo, yo nunca supe que Alan escribiera cartas, solo recuerdo una que me envió durante su primer viaje a los Estados Unidos, no tuve conocimiento de ninguna otra.

Con el Joven Escribano es con el único que he intentado hacer contacto. La primera ocasión fue una tarde de octubre en que me sentía con el ánimo oprimido, me senté junto a él y lo llamé, por un momento pensé que me había escuchado porque dejó su escritura y me miró con sus eternos y entristecidos ojos grises. Se acomodó el pelo, hizo un gesto como de querer decir algo, pero se arrepintió en el último momento y, sin más ni más, continuó su interminable y dedicada carta.

A partir de esa tarde, han sido muchas las ocasiones en que me he sentado al lado del Joven Escribano para platicarle mis temores y angustias, mis dudas y preocupaciones, mis recuerdos, fracasos y conquistas. No me escucha, pero por alguna razón, me siento escuchado y comprendido, me siento reconfortado en su silencio y en su lejana indiferencia.
Creo que el Escritor es un buen amigo, me hubiera gustado conocerlo mientras estuvo vivo. En cuanto a lo que escribe, no puedo leerlo, escribe en color gris sobre un papel gris.

Salvo por los hechiceros, brujos y cura que vinieron a casa, nadie sabe de mis fantasmas y creo que no se lo diré a nadie. Seguramente todos pensarían que la soledad y el tedio de mi vida han terminado por ahondar mis ya de por sí escasas, facultades mentales. Además de que no me creerían y se reirían de mí, aunque esto último no me importa mucho.

Pero, pensándolo bien, no quiero que me crean ni quiero que sepan de mis inusuales fantasmas. Ellos son mis personales, domésticos y ahora queridos fantasmas, viven conmigo, me acompañan, no me asustan ni me inquietan. Tal vez algún día decidan irse, tal vez algún día logren terminar sus cartas, combates, reparaciones y costuras; tal vez me acompañen hasta que yo mismo sea un fantasma. Mientras eso sucede, yo continuaré viviendo con mis extraños y amados fantasmas personales.


157. La oculta y espantosa leyenda de la Ahorcadora



“…Dicen que es una historia horrible, tanto que nadie en el pueblo de Vidaquieta se atreve a relatarla”. Esas palabras, escuchadas en días pasados en una desvencijada cantina, despertaron la curiosidad de Joaquín Cabrales a tal medida que, desde ese momento, no podía pensar en otra cosa más que en develar la oculta y espantosa leyenda de la Ahorcadora. 

Averiguar la ubicación de Vidaquieta no le invirtió mucho tiempo, conseguir la autorización para realizar el viaje, en el importante periódico para el que trabajaba le requirió un poco más; respecto al plan de investigación, era simple: no tenía ninguno, se dedicaría a preguntar a cuanta persona se encontrara hasta encontrar una hebra del relato que le llevara a la madeja de aquella que sospechaba, sería una gran historia de misterio y terror.

Antes de emprender su viaje, intentó indagar antecedentes relacionados con aquella leyenda, algo que le arrojará un poco de luz a la hora de hacer las entrevistas; para ello navegó en la internet y visitó algunas bibliotecas y librerías, de aquellas que exhiben libros de ediciones descatalogadas, de títulos extraños y temas enigmáticos y clandestinos.

En todas partes el resultado fue igual: ningún informe, ni una sola referencia a la Ahorcadora, ni una sola letra dedicada a la que se suponía era la más aterradora leyenda jamás contada. Eso intrigó e interesó aún más a Joaquín Cabrales, al grado que decidió precipitar su partida a Vidaquieta.

Y así, sin más ni más, se lanzó al camino, equipado solamente por una computadora portátil, una videocámara, su instinto periodístico y una motoneta.

Vidaquieta resultó ser un pueblillo pintoresco de no más de dos mil habitantes, fundado en la primera mitad del siglo pasado por los trabajadores de una floreciente planta productora de textiles. Con el paso del tiempo la fábrica quebró, la mayoría de los empleados y pobladores decidieron emigrar a otras tierras, los menos permanecieron en el lugar. Hasta ahí, nada que hiciera referencia a la Ahorcadora.

Sin mayor pérdida de tiempo, Joaquín Cabrales ubicó a la gente que consideró podía tener información y sin más ni más, se lanzó a la investigación:

-“¿Podría relatarme la leyenda de la Ahorcadora? ¿Cuál es el origen de la leyenda? ¿Porqué nadie habla de ella? ¿Existe alguna extraña maldición? ¿Díganme qué pasa por favor?”

Esas mismas preguntas repitió al sacerdote, al cantinero, a la autoridad municipal, al maestro, a las señoras con las que se encontró en el mercado, a los niños que jugaban en las calles. En todos los casos la respuesta siempre fue la misma: silencios, miradas recelosas y esquivas, murmullos incomprensibles y en el mejor de los casos, respuestas evasivas.

Nadie dijo una sola palabra que esclareciera el secreto de la misteriosa leyenda de la Ahorcadora. Finalmente, cansado, se sentó decepcionado en una pequeña banca del cuidadosamente enrejado y muy limpio parquecillo. De pronto, a sus espaldas, la voz de un anciano le susurró con rapidez “Si tanto quieres encontrarla, el pueblo te guiará hasta ella, pero cuando la encuentres, no la mires, solo corre lo más rápido que puedas”.

Joaquín Cabrales se volvió tan rápido como pudo, pero solo alcanzó a ver la figura encorvada de un hombre que se alejaba al tiempo que con ademanes le indicaba que no lo siguiera.

El hecho abonó un párrafo más a la intriga de aquella inquietante e inexplicable leyenda, miles de ideas giraban y chocaban en la mente del periodista quien, sin darse cuenta, comenzó a caminar en las tranquilas calles de Vidaquieta y a poner atención a los posibles indicios que lo conduzcan a la verdad de esa historia. 

La primera característica que llamó su atención, fue el hecho de que todas las casas tuvieran fachadas idénticas y austeras, todas tenían techos de tejas francesas, una pequeña puerta y una ventana con barrotes de madera; solo se distinguían una de otra por el color, en todos los casos, variantes de tonos verdes y amarillos.

Posteriormente caminó hacia el extremo norte del poblado, por sus dimensiones y lo alto de sus hornos, le fue fácil distinguir el antiguo edificio que albergó durante 57 años a la Textilera San Crispín de los Dulces Nombres; Le llamó la atención la cuidadosamente conservada parte externa del edificio en contraste con sus arruinados y desordenados interiores.

No le costó trabajo ingresar a la fábrica, por un rato caminó por pasillos y recorrió enormes galerías que algunas vez, pensó, albergaron enormes telares de los que hoy solo quedaban algunas piezas esparcidas por todos lados. De la producción de tela solo halló girones ennegrecidos en los rincones.

En las paredes grises, sucias y manchadas de guano de murciélago se alcanzaban a leer algunas palabras garrapateadas con prisa y sin coherencia. Hasta ese momento, nada fuera de lo común, nada de importancia.

La situación cambió cuando entró a lo que en su tiempo fuera la cocina y el comedor de la fábrica; el área estaba igual de mugrosa y desarreglada, pero una de sus paredes estaba, por decirlo de alguna manera, “adornada” por una pintura que reproducía un lúgubre paisaje, en él, se alcanzaba a ver la figura de una mujer parada sobre lo que parecía ser una sepultura y, a su espalda, un retorcido árbol desprovisto de hojas. Por alguna causa, la tenebrosa imagen se grabó en su mente.

¿Qué podía significar aquello? ¿Sería una alusión a la Ahorcadora? ¿Tal vez una pista? ¿Pero si lo fuera, qué podría significar? Probablemente indicaba un camino. Fue entonces que Joaquín Cabrales recordó el cementerio, ubicado en la parte opuesta del pueblo y el cual pudo observar ligeramente a su llegada a Vidaquieta.

El cementerio se situaba unas cuantas docenas de metros fuera del pueblo, se llegaba a él a través de una pulcra calzada bordeada de florecillas blancas y amarillas; esa mañana, cuando lo miró de reojo por primera vez no le pareció distinto a otros, pero ahora que lo veía con calma, le pareció inusualmente grande.

El  enorme camposanto está rodeado por un muro de ladrillos que culminaba al frente en una imponente entrada de piedra labrada en forman un arco, el cual remata con dos grabados: por una parte el año de fundación del pueblo, y por la otra, una inusual sentencia que rezaba:

“Aquí se traza tu suerte,
si vas al Este es porque mi devoción consentiste,
pero si vas al Oeste, es porque en odio la convertiste”

La lapidaria frase sorprendió a Joaquín Cabrales quien, sin embargo, se atrevió a entrar al cementerio; lo primero que observó fue una amplísima avenida central pavimentada con adoquines que partía de la entrada y recorría todo el terreno hasta encontrarse, unos centenares de metros más allá, con el muro posterior.

La distribución de los sepulcros en el cementerio lo dejó perplejo, hacia la zona Este, las tumbas se alineaban de manera escrupulosa y se mantenían limpias, todas lucían flores, cruces y otros ornamentos religiosos; pero había en ellas algo aún más sorprendente: todas eran iguales, solo se distinguían por el nombre de su ocupante y por sus colores, en todos los casos, variaciones de verde y amarillo.

El área Oeste del panteón era otra cosa, en primera instancia, estaba saturado de desordenadas tumbas; mas que sepulcros, Joaquín Cabrales pensó que parecían simples planchas de cemento dispuestas sin dirección ni sentido; ninguna hacia mención al nombre de su ocupante, sobre su superficie solo se distinguía un número romano, y algo más, todas estaban pintadas en color negro.

Ese extraño cementerio era en sí mismo, un enigma, una incógnita  más de las muchas con que Joaquín Cabrales se había encontrado desde su llegada al pueblo, cualquiera de ellas podría haber desanimado al más valiente y osado de los hombres. Pero Joaquín Cabrales era distinto, era obstinado, era incansable y  decidió no salir de Vidaquieta hasta descubrir la verdad que se ocultaba detrás de tantas cosas extrañas y revelarle al mundo  el misterio de la Ahorcadora.

Mientras trataba de encontrar relaciones y rumbos en medio de tantas situaciones extrañas, Joaquín Cabrales caminaba y se internaba aún más en aquel cementerio, pero solo cayó en la cuenta de ello cuando se encontraba muy cerca del muro posterior.

Entonces se encontró con él, primero fue sorpresa y después un extraño aturdimiento de los sentidos, fijó bien la vista, no podía ser otro, ahí estaba el retorcido árbol que había visto en la pintura de la cocina de la fábrica, pero había algo más, un cartel en el que se leía el siguiente mensaje:

“Ya no busques más, quisiste destruirla, ahora ella te ha encontrado”.

Aún no alcanzaba a comprender el significado de aquella frase cuando el árbol pareció adquirir una aterradora figura femenina, sus ramas parecían brazos que lo alcanzaron rápidamente y lo apretaron cada vez mayor fuerza.

Era la Ahorcadora, Joaquín Cabrales la reconoció al tiempo que sentía como si innumerables aguijones atravesaran su piel; intentó correr, pero sus piernas ya no le respondieron, solo alcanzó a dar unos vacilantes pasos para finalmente caer en el hueco de una sepultura.

Hasta ahí lo siguió la Ahorcadora, apretando con fuerza y odio sobrehumano, sin importar los quejidos lastimeros y los estertores postreros de Joaquín Cabrales; no se detuvo, no dejo de exprimirlo hasta que sintió que la muerte invadía cada uno de los espacios del cuerpo inflamado e inmóvil de Joaquín Cabrales.

Durante los días siguientes, en el cementerio, el sepulturero se encontraría con un cuerpo semidescompuesto e irreconocible, y sin más ni más, lo cubriría con una losa de color negro y sobre su superficie escribiría una cifra con números romanos.

Por su parte, la gente de Vidaquieta comentaría tranquila acerca de un visitante que llegó al pueblo y se fue sin avisar. Hablarían sobre la cercanía de las lluvias, las cosechas y las tardes soleadas de primavera. Sonreirían apacibles y continuarían sus vidas serenas.


En tanto que, sobre la oculta y espantosa leyenda de la Ahorcadora, nadie jamás se atrevería a hablar.

miércoles, 11 de junio de 2014

156. La Gota (Un cuento sin Erres)

No, no mentían, nadie mentía… ahí estaba la gota: nítida, impávida, inmaculada…tan blancacomo la nieve misma, tan límpida como la luna majestuosa. No, no sé como fue que llegó hasta ahí, no obstante, se mantenía palpitante e inquieta en ese punto específico del monumental y níveo salón.

Desde ese espacio, la gota meditó, calculó sus metas, sopesó sus posibilidades y finalmente se decidió; Y ahí va la blanca gota: escalando cuidadosamente y luchando con tenacidad, batallando cuidadosamente desde el suelo mismo hasta la zona más alta del caballete; desde ahí, cayó desvanecida a mitad del lienzo, justo al lado del sol que iluminaba el paisaje otoñal. En ese espacio, la gota dibujó en su faz una mueca de satisfacción y gusto, se deleitó con su hazaña y, finalmente, se quedó inmóvil.

Unos momentos después, el hábil paisajista le dio una ojeada a aquella plasmada escena, examinó y caviló una, dos y hasta cinco veces. No, se dijo a sí mismo, eso no estaba bien, definitivamente esa gota estaba mal ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Acaso salpicó desde el pincel? ¿Saltó desde la nada, lo diáfano o lo mágico? ¿Es tal vez alguna señal bendita de algún olvidado Dios, o la venganza desalmada de un manifiesto demonio?

No supo, nadie sabía. Intentó un disimulo en el tono, la matizó de azul, ensayó todo, nada tuvo un efecto positivo. No, no quedó bien. Todo afán había caducado, se sintió cansado, abatido, desconsolado, su faena de tanto tiempo y dedicación estaba asolada, devastada completamente. No quedaban más caminos ¡De un solo ademán el lienzo, el paisaje y la gota al suelo!

No, no mentían, nadie mentía… ahí estaba la gota: nítida, impávida, inmaculada…tan azul como el cielo mismo, tan nítida como el océano inmenso. Con suma voluntad batalló hasta el blanco mosaico que vestía el piso y se plantó en él. En ese espacio, la gota dibujó en su faz una mueca de satisfacción, se deleitó con su hazaña y finalmente se quedó inmóvil. 

Unos momentos después, la joven doncella encomendada a la limpieza le dio una ojeada a aquella desigual escena y se dijo a sí misma: no, definitivamente, esa gota estaba mal…   


lunes, 9 de junio de 2014

155. La Calavera del Meemech

A pesar de no haberlo visto jamás, lo reconocí desde el instante mismo en que lo vi, aquel cráneo no podía ser otro más que el del Meemech. Tendría que ser por fuerza reconocible una calavera que luce, en su parte frontal, una insólita y muy grande perforación en forma de lagartija; su dueño era increíblemente, un famoso personaje de las leyendas del pueblo, conocido popularmente como el Meemech y de quien nunca se supo su nombre verdadero.

Sorprendentemente, uno de los más conocidos mitos narrados por los viejos del pueblo era cierto, el Meemech si existió, fue real; el hecho en sí mismo me pareció increíble, pero mucho más lo era descubrirlo en este lugar. ¿Cómo podría haber llegado hasta la sala principal del Museo de Ripley la extraña calavera del Meemech? ¿Cuál habrá sido la trayectoria que la trajo desde una lejana región perdida en la península de Yucatán hasta el corazón de Londres? 

Mientras trataba de dar respuesta a esas y otras preguntas, mi mente viajó hasta las lejanas tierras en las que transcurrió mi infancia y en las cuales mis recuerdos se fueron matizando por relatos fantásticos, leyendas insólitas y narraciones sorprendentes que a fuerza de ser repetidas, cruzan la frontera de lo incierto y se confunden con la realidad. 

El Meemech era un apoyo recurrente para tratar de controlar a los niños inquietos, las abuelas siempre nos reprendían diciendo: “No pases bajo el árbol de flamboyán porque se te va a aparecer el Meemech. Pórtate bien o el Meemech te va a llevar de viaje. Cuídate mucho, no te vaya a pasar lo que al Meemech”. Si bien, las amonestaciones casi nunca surtían efecto, el personaje se tornó popular en los relatos y la fantasía local. 

Finalmente, la historia del Meemech llegó hasta mí como una de esas irreales leyendas, la gente vieja del pueblo la comentaba y afirmaba su certeza, decían que ese personaje había sido un hombre real, de más carne que hueso por la parte que le faltaba. Los más jóvenes no creíamos nada de eso, simplemente reíamos y lo tomábamos como uno más de aquellos antiguos cuentos que recorren los montes disfrazados de verdad para terminar como una sospechosa leyenda adormecida a la orilla del palmar. 

De acuerdo con los añosos relatos, el Meemech debió haber habitado en alguna región de la Península de Yucatán en las primeras décadas del siglo XIX, cuando la demanda del henequén hizo surgir enormes haciendas, las cuales obtenían cuantiosas ganancias a costa de las durísimas faenas de trabajo al que sometían a sus empleados, muchos de ellos casi en condiciones de esclavitud, y del que no podían sustraerse dadas las deudas que adquirían o heredaban de las tiendas de raya que administraban los propios hacendados. 

En una de esas haciendas habría vivido el Meemech, aunque nadie puede precisar en cual. Lo describían como un hombre normal, con las características comunes de la gente de la región: de estatura baja, piel morena curtida por los rayos del sol, regordete, de carácter relajado y apacible y muy dado a la plática, la tertulia y el ron, cualidades que lo hicieron sumamente popular y le granjearon el cariño y la amistad de todos los que le conocieron. 

Nadie sabía de que pueblo provenía ni cuáles eran sus orígenes familiares, muchos menos podían asegurar como había surgido la perforación en la cabeza del Meemech, algunos decían que así había nacido a causa de una maldición, otros que su madre había sido mordida por una enorme iguana momentos antes del parto y que eso le provocó la malformación al niño. Las versiones más cuerdas señalaban que la fontanela nunca le cerró y que por azares del destino y extraña coincidencia adquirió la forma de reptil. 

Algunos pocos aseguraban que aquel hoyanco se lo había hecho al dar de cabeza con el ancla de un cayuco, luego de aventarse un clavado en aguas someras. El caso es que el hoyo era tan profundo que le atravesaba el cráneo y, a través de él, se dejaba ver en todo su esplendor el cerebro del Meemech; este órgano no era muy diferente a cómo debían ser los sesos de cualquier otro cristiano, era de tamaño normal y de un color gris azulado, pero, en las raras ocasiones en que se molestaba, pasaba al rojo intenso llegando incluso al café con destellos verdes. 

Debió ser muy impresionante verlo, pero sus amigos se acostumbraron a ello e incluso hacían bromas al respecto. El tremendo agujero no le provocaba demasiadas molestias, sin embargo debía usar siempre un sombrero de paja para evitar que las moscas y otros insectos anidaran en él. Tampoco podía bañarse en el mar, en una ocasión lo intentó pero la sal le produjo mucho ardor y además le borró los recuerdos de la infancia. 

 La humedad y el sereno de la noche también eran muy dañinos para el Meemech, le ocasionaba cierta inflamación cerebral y extrañas convulsiones, por lo que toda vez que caía la tarde se refugiaba en su choza y se dedicaba a mecerse en su hamaca de hilo de henequén y a cantar muy tristes melodías en lengua maya. 

Entre semana se dedicaba a cumplir sus obligaciones de jornalero, trabajaba de sol a sol, solo se detenía al mediodía a tomar atole de maíz y a comer unas cuantas tortillas con frijoles y chile. Los sábados acompañaba las tertulias con sus amigos bebiendo a pequeños sorbos un ron Habanero que un mulato les proporcionaba a cambio de unas pacas de henequén que sustraían del almacén general. 

Los domingos invariablemente asistía a la misa de 7 en la capilla de Los Remedios, con profunda fe y respeto participaba de la celebración y de los sacramentos, posteriormente le prendía una veladora a San Judas Tadeo y le dedicaba algunas plegarias. Al concluir sus ritos pasaba firma en la tienda de raya y finalmente se cobijaba en su choza, en su hamaca y en sus canciones mayas. 

Nunca se escuchó una sola queja de los labios del Meemech, nunca una inconformidad o un reclamo dirigido a compañeros, patrones o capataces; simplemente asumía su trabajo como el que más, con absoluta seriedad y compromiso. Sin embargo el Meemech tenía una ilusión, conocer lo que había más allá de los límites de la hacienda, recorrer los caminos del Mayab, navegar en ríos de aguas claras, viajar a través de playas y selvas y llegar a las grandes ciudades del centro del país, atravesar el océano, ver las montañas y tocar la nieve, conocer mucha gente, nuevas costumbres y viajar hasta que se le acaben las fuerzas. 

Esas esperanzas las compartía con gran entusiasmo entre sus amigos. Aunque sabía que no podría partir debido a su deuda en la tienda de raya, misma que lo mantendría atado a la hacienda el resto de su vida. Lo único que podría hacer era escapar. No tenía más opciones, aunque ello revestía un formidable peligro. 

Por eso cuando el Meemech desapareció de la hacienda nadie se sorprendió mucho, todos desearon que hubiese conseguido su propósito de fugarse y de cumplir sus ilusiones. Sin embargo las cosas no salieron bien, los guardias de la hacienda lo sorprendieron en una de las veredas que bordeaban los cenotes y lo apresaron. Lo mantuvieron recluido varios días en los calabozos subterráneos (cuya entrada se disimulaba como si fuera la de un aljibe) hasta que llegó el patrón y decidió enviar al Meemech al temido y extrañamente hermoso Huerto de los Recuerdos Florecientes. 

El Huerto de los Recuerdos Florecientes era un enorme paraje ubicado dentro de la hacienda, más o menos a medio kilómetro de la Casa Grande, estaba plantado por numerosos árboles dispuestos de manera ordenada y simétrica, había ciruelos, naranjos, aguacates, limoneros y zapoteros; también había flamboyanes, laureles, cedros e incluso algunas ceibas, entre otros árboles. 

El lugar estaba protegido por una cerca de madera y en la entrada lucía un arco de piedra labrada, debía ser un espacio sumamente agradable para pasar los domingos familiares, los árboles darían mucha sombra y el ambiente se mantendría fresco y plagado de un dulce y frutal aroma, sin embargo nadie nunca acudía a él por voluntad propia, el lugar tenía una lúgubre fama que lo hacía temido por todos. 

Por eso, cuando el patrón convocó a los jornaleros más reaccionarios y a sus familias a una reunión frente al nuevo árbol del huerto, todos supieron cuál había sido la suerte que habría corrido el desdichado Meemech. El discurso del patrón fue, letras más, letras menos, de la siguiente manera: 

“Muy queridos compañeros de trabajo, nuestro muy estimado amigo llamado cariñosamente por todos Meemech, me manifestó en días pasados su ferviente deseo de abandonar esta magnífica hacienda y partir hacia lejanas tierras en busca de nuevos sueños. He tratado de convencerlo de que permanezca con nosotros compartiéndonos su alegría y entusiasmo, pero no he podido lograrlo”. 

“Debido a lo anterior, le concedí la gracia de partir, pero le he pedido como último favor, que siembre un árbol en este hermoso huerto. Un árbol que nos mantenga vivo su recuerdo y su apariencia, un árbol que al mirarlo sea como observarlo a él y que al florecer y dar muchos frutos, sea como si continuáramos compartiendo la belleza de su espíritu y la generosidad de su presencia”. 

“Este árbol es el que sembró el Meemech antes de partir hacia una tierra mejor –dijo señalando un arbolillo de flamboyán-, este es el árbol del Meemech, démosle un cálido aplauso y deseémosle una vida larga y fructífera” concluyó el patrón. 

Todos los presentes aplaudieron con desgano y tristeza y posteriormente un silencio sepulcral se apoderó del área, los hombres retrocedieron cabizbajos y se palmearon las espaldas en actitud consoladora, algunas mujeres derramaron lágrimas de pena y dolor. Todos sabían que la verdad era otra, que el destino del pobre Meemech había sido mucho más trágico y que jamás lo volverían a ver. 

Lo realmente cierto es que nadie nunca recibía el perdón del hacendado, que no había forma alguna de alcanzar clemencia e indulgencia ante un intento de fuga, todo el que fuera atrapado en actividades de evasión era castigado de la peor y más atroz de las formas. 

Efectivamente, después de ser capturado, al Meemech se le pidió que sembrara un árbol en el llamado Huerto de los Recuerdos Florecientes, y una vez escarbado un hueco profundo, se le mató a machetazos; su cadáver se arrojó a lo profundo de aquella excavación y tras algunas paladas de tierra se colocó sobre él aquel flamboyán, de tal manera de que al crecer el árbol, no haya forma de desenterrar el cuerpo y el crimen no sea descubierto jamás. Ese era el destino de todos los que intentaban escapar y esa fue la suerte miserable que corrió el desventurado Meemech. 

La tierra y el tiempo hicieron su trabajo y dejaron a aquel esqueleto desprovisto de su corporal cobertura, mientras que el flamboyán, merced a su tétrico abono, se fortalecía, crecía y regalaba al mundo con sus florecillas olorosas, alegres y rojas y su follaje denso, verde y brillante, en sus ramas anidaban aves y a su amplia sombra se cobijaban los animalillos del monte. La vida fluía entre sus ramas. 

El atribulado espíritu del Meemech y sus inquietas células se fundieron con las del flamboyán, se mezclaron en las raíces, la madera, las hojas y las flores, y desde ellas se proyectaron vigorosas al viento que las llevó hasta el mar y aún más lejos. La historia del mundo no registró jamás a aquel singular personaje, pero su nombre y sus características pasaron a formar parte del universo de leyendas y de las encantadoras y desconcertantes narraciones que fluyen de mi pueblo. 

¿Cómo llegó hasta el museo? Ciertamente es algo que no importa mucho, sin embargo un empleado del museo me lo explicó en forma rápida: uno de los huracanes que azotan el sureste de México derribó numerosos árboles, enredado entre las raíces de uno de ellos apareció un esqueleto y junto a él, una calavera con una perforación en forma de lagartija. Los restos se sometieron a numerosos estudios científicos que no arrojaron mayores resultados. 

La calavera viajó hasta la capital de la república mexicana donde no se concluyó nada importante respecto a ella y a sus orígenes, mucho tiempo permaneció en la bodega de una instancia gubernamental hasta que alguien la sustrajo y la vendió a coleccionistas de cosas raras, durante años pasó de mano en mano hasta que finalmente llegó a la sala del Museo de Ripley en la capital de Inglaterra. 

Desde hace ya varios meses la extraña calavera del Meemech está ahí, exhibiéndose y ocupando un espacio preponderante en la sala principal del famoso y singular museo. Al ser considerada una de sus principales atracciones, permanece estrictamente resguardada dentro de una urna de cristal, sobre una fina capa de terciopelo negro y bajo la luz de reflectores que la iluminan estratégicamente para resaltar la inusual perforación en forma de lagartija. 

Diariamente es contemplada y fotografiada por cientos, quizá miles de visitantes de todas partes del mundo, quienes la admiran y generan diversos comentarios y teorías en torno a ella. Su imagen ocupa espacios centrales en folletos y carteles promocionales y se dice que muy pronto aparecerá en una película. 

Quién lo diría, el Meemech, tradicional personaje de las leyendas de mi pueblo realmente existió, fue un hombre real, con desvelos y penas pero también con esperanzas e ilusiones, pero sobre todo, con un sueño intenso y ferviente, el sueño de viajar, de ir a grandes ciudades y cruzar el océano, de conocer gente y costumbres nuevas. Sólo su extraña calavera lo consiguió.

lunes, 13 de agosto de 2012

154. La historia de don Prócolo Malacara

¡No me gusta, lo he dicho una y mil veces, no me gusta, no me gusta y nunca me gustará! Gritó don Prócolo Malacara y Malgesto al tiempo que se encerraba dentro de las grises paredes de su dormitorio. Sus hijos, nietos y yo lo miramos con desconsuelo y resignación, hicimos algunos comentarios de desaprobación y nos olvidamos del asunto.

Y es que a don Prócolo Malacara no hay algo que le guste; a lo largo de sus 97 años no le hemos escuchado expresarse con agrado de algo, sea algún miembro del reino animal, vegetal o mineral; sean paisajes de primavera, verano, otoño o invierno; sea un objeto de la clase, tipo o especie que fuera; sean alimentos propios o ajenos o personas locales, nacionales o extranjeras. Simplemente no le encuentra el gusto a cosa alguna, su historia ha sido de permanentes “no me gusta”, su frase favorita siempre ha sido “no me gusta”.

Clemencia Malgesto, su difunta madre, señalaba que Prócolo Malacara siempre fue así, desde su infancia y aún mucho antes de que naciera, ya revelaba lo que sería su triste existencia. Ella nos contó que tuvo un embarazo muy tranquilo en un principio, pero de mucha angustia después, puesto que nunca sintió movimiento alguno dentro de su vientre. Mucho tiempo después cayó en la cuenta de que fue debido a que a su bebé no le gustaba moverse.

A don Prócolo Malacara tampoco le gustó nacer y eso lo manifestó de manera tajante desde el preciso instante en que nació, dado que lloró durante cincuenta y dos días completos con sus noches. Tampoco le agradó la leche materna, eso representó un verdadero problema, doña Clemencia intentó todo: atolillos de arroz, maíz, cebada y avena; jugos de frutas tropicales, agua de la lluvia y de pozos naturales, infusiones de pelusa de maíz, de hojas de guarumbo y de naranja agria y nada. Finalmente el pequeño Prócolo Malacara se resignó a vivir tomado leche en polvo mezclada con agua de coco.

A Procolito, como era llamado por su madre aunque a él no le gustará ni el nombre ni el diminutivo, tampoco le gustó caminar, por esa razón acostumbraba a desplazarse sobre un carrito de madera al que se le adaptaron unas pequeñas ruedas de plástico, hasta que el niño se fastidió y decidió caminar como cualquier otro ser humano. Tampoco le gustó la escuela, pero no tuvo más remedio que asistir al único colegio del pueblo, donde fue obligado a aprender a leer, escribir y a hacer cuentas por la irascible y siempre estricta maestra Facunda Cienfuegos.

Doña Clemencia, quien siempre fue devota de misas, rezos, confesiones y golpes de pecho, le prometió al cura del pueblo que el pequeño Procolito sería monaguillo de la iglesia y cantante en el coro de niños en la misa dominical; pero a Procolito nunca le gustó cantar ni ir a misas los domingos ni nada que tuviera que ver con religiones, santos, curas y liturgias.

A Prócolito tampoco le gustaba hacer amigos, de hecho no se le conoció ninguno, ni en el colegio ni en el barrio, solo soportaba la compañía de Toñito Taciturno, quizás porque éste era mudo y por tanto incapaz de perturbarlo con palabra alguna. A Toñito se le solía ver caminando unos metros detrás de Procolito, acostumbraban a ir al cementerio a tirarle piedras a la cruz del sepulcro de don Sebastián Berenjena, o bien, llegar hasta la playa donde, mientras Prócolo Malacara maldecía al mar, a la brisa y al sol, Toñito enterraba los peces muertos que la marea depositaba en la arena. 

Cuando Prócolo Malacara cumplió 17 años, harto de todo y todos, abandonó el pueblo y no volvimos saber nada de él; algunas personas aseguraban que se había refugiado en el monasterio de San Filemón, otros afirmaban que lo habían visto viviendo como ermitaño en las cuevas de Burundanga y hubo quienes lo dieron por muerto y sepultado de manera secreta en el patio trasero de la iglesia.

Finalmente lo volvimos a ver 45 años después, cuando regresó para asistir al funeral de su anciana madre, doña Clemencia; ese triste y lluvioso día solamente algunas personas y yo lo reconocimos, y eso fue debido a que permanecía con su antigua costumbre de vestir de manera estrafalaria y con su incapacidad de combinar colores y estilos. En los pocos días que permaneció en el pueblo tras las exequias de su madre, Prócolo Malacara no saludó, platicó ni reconoció a nadie, ni siquiera a la escasa parentela que le sobrevivía.

Fue Prócolo Tercero, su joven y parlanchín nieto quien lo acompaño a los funerales, el que nos relató que en alguna ocasión, hurgando en los viejos baúles de su testarudo abuelo, encontró antiguos recortes de periódicos, una bitácora con deslavadas anotaciones y algunas reseñas que le permitieron enterarse de los pormenores y milagros de la vida de su abuelo y, sin tener que insistirle mucho, procedió a narrárnosla con suma escrupulosidad.

Así fue como nos enteramos que Prócolo Malacara apenas salió del pueblo se dirigió a los Estados Unidos, donde se empleó como grumete en una embarcación mercante que lo llevó hasta China. El país no le gustó, tampoco el idioma y menos las costumbres, pero como no tenía dinero para volver a casa, se dedicó a vagar por los pueblos chinos sobreviviendo en trabajos temporales relacionados con el cultivo de arroz; finalmente llegó a Mongolia, donde anduvo de nómada con una tribu de pastores mongoles, quienes no solamente no lo molestaban sino que literalmente lo ignoraban.

Eso terminó por molestar a Prócolo Malacara por lo que abandonó esa vida errante y viajó hasta la India donde primeramente se dedicó a hipnotizar cobras y finalmente se hizo sacerdote de Ganesh, religión de la que fue expulsado por negarse a tocar el caracol para alegrar a los creyentes de este extraño dios hindú con cabeza de elefante. Humillado y molesto, Prócolo Malacara se dirigió a Líbano desde  donde se traslado a Egipto acompañando a un grupo de mercaderes sirios.

El continente africano definitivamente no le gustó a Prócolo Malacara, en una de las notas de su bitácora escribió que había muchos moscos y cocodrilos en los márgenes del Nilo, que los leones y el resto de los animales apestaban a sepulcro después de día de muertos y que detestaba la risa extraña de las hienas. Además de que no le gustó trabajar en las minas de diamantes del Congo ni traficar armas en Sierra Leona y mucho menos le agradó el tiempo que pasó como prisionero de los bantúes en Camerún.

Sin embargó Prócolo Malacara logró recabar una buena suma de dinero comercializando de manera ilegal colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte, fue con esas ganancias y las que obtuvo en la, para él muy desagradable labor de ayudante de guía de turistas en Kenia, como logró abandonar África y viajar hasta Turquía.

En esas tierras, Prócolo Malacara se dedicó a traficar hachís en los barrios bajos de Estambul, en un principio su ilícito negocio le redituó considerables ingresos, hasta que un soplón chipriota lo delató con la policía y así fue como conoció los horrores de las cárceles turcas. Prócolo Tercero no sabe a ciencia cierta cómo es que su abuelo logró salir de esas tenebrosas mazmorras, el caso es que una vez fuera de ellas, se dedicó a vagar por toda Europa.

Fue en ese tiempo cuando trabajó como velador en el cementerio de Florencia y vendedor de boletos en los teatros de ópera de Milán; un tiempo laboró como cargador en los muelles de Liverpool, comerciante de víveres en Manchester y cantante en centros nocturnos de Lisboa; también fue banderillero en las plazas de toros de Madrid, florista en Ámsterdam, gendarme en Bruselas y mesero en burdeles de poca cuantía en París.

De más está señalar que ninguno de esos oficios fue de su agrado y terminó peleándose con clientes, dueños y vecino de todos los lugares en los que trabajó y habitó, sin embargo, aprovechando el estallido de la segunda guerra mundial y estando en busca de emociones cada vez más fuertes se unió a los partisanos de la resistencia francesa durante la ocupación nazi. Pero la vida da muchas vueltas y en un giro del destino, Prócolo Malacara se hizo piloto de un bombardero al servicio del ejército alemán. Finalmente, a la caída del Tercer Reich, tuvo que escapar hacia Argentina utilizando para ello un pasaporte falso que lo acreditaba como ciudadano de colombiano.

En tierras argentinas trabajó como cocinero, pero detestaba el olor de los asados por lo que se dirigió a Brasil donde se unió a una expedición en busca de los orígenes del Amazonas, pero entonces se quejaba del calor y de la humedad y le molestaba el extenso y excesivo color verde de la selva y el persistente canto de los pájaros; su excusa para abandonar la tripulación llegó junto con el paludismo, enfermedad que obligó a trasladarlo a un hospital peruano.

Molesto por el trato que recibió durante su convalecencia optó por dirigirse a Venezuela y de ahí a Cuba donde decidió unirse al ejército de Fidel Castro; en esa isla fue funcionario del gobierno comunista y en una de sus giras de trabajo por la región de Camagüey, una joven mulata de anchas caderas y cabello ensortijado llamada Tombolá Cambalache, fijó sus negrísimos ojos en él.

Se dice que Prócolo Malacara era reacio a cualquier tipo de persona, sea mujer u hombre, por lo que no le hizo el menor caso a aquella mujer, pero lo que nunca se imaginó Prócolo Malacara era que aquella mulata fuera una santera al servicio de los poderes supremos de Changó, Yemayá y Obatalá y que, haciendo uso de sus influencias espiritistas y valiéndose de un insólito brebaje preparado con aceite esencial de rosa, verbena y madreselva; más canela, cinco clavos de olor, dos pellizcos de vainilla, miel y una pizca de nuez moscada, lograra capturar su voluntad y hacerlo suyo en una noche sin luna.

De esa extraña unión nacieron ocho hijos varones y cinco mujeres, todos ellos heredaron los rasgos físicos de la hermosa y caprichosa santera cubana. Prócolo Malacara, si bien seguía sin estar conforme con nada, no tenía voluntad en los destinos familiares y cuando Tombolá Cambalache decidió que la familia debía trasladarse a la Ciudad de México, Prócolo Malacara no tuvo ninguna objeción en hacerlo, aunque esa ciudad nunca le gustó.

Ya estando adaptados en su nuevo lugar de residencia, la familia se dispersó por distintos rumbos y Prócolo Malacara se dedico a ejercer las más diversas ocupaciones, desde comerciante en mercados y tianguis populares, pasando por masajista de señoras, acomodador de autos, dirigente de sindicatos, chofer de taxis y limpiador de semáforos; hasta organillero, inspector de puestos ambulantes y reparador de sombrillas en los mercados de la Lagunilla y la Merced.

Sin embargo, gracias a las artes y conexiones espirituales de Tombolá Cambalache nunca padecieron penurias ni estrecheces económicas y pudieron todos ser felices habitando una enorme casa ubicada en el rumbo de Coyoacán. Todos fueron felices, menos Prócolo Malacara, a quien con la edad se le fueron acentuando los disgustos, llegando al punto que no le gustaba vestirse ni bañarse, desayunar ni cenar, detestaba tener que moverse, le disgustaba tener que hablar, ver y oír a la gente; si estaba durmiendo odiaba tener que despertar y si estaba despierto le contrariaba tener que dormir. Todo era una calamidad para él y por supuesto, para todos. Hasta ahí el relato del joven y parlanchín Prócolo Tercero.

Después de los velorios y plegarias en favor de doña Clemencia le volvimos a perder la pista a Prócolo Malacara y fue hasta 12 años después, cuando yo ya estaba radicando en la capital de la república que me crucé con él en el mercado de Sonora. Por supuesto que me reconoció pero no quiso saludarme, cosa que no me importó y dado que yo era de su pueblo natal y conocido de Prócolo Malacara desde la niñez, la familia Malacara me acogió como amigo personal.

Desde entonces Prócolo Malacara y yo pasábamos muchas tardes sentados en la banca de algún parque o la mesa de algún café, de aquellos a los que no va mucha gente; nunca platicamos de nada porque a Prócolo Malacara no le gustaba conversar y sospecho que mi compañía tampoco le gustaba, pero eso tampoco me importó.

Por eso aquella tarde en que Prócolo Malacara gritó “¡No me gusta, lo he dicho una y mil veces, no me gusta, no me gusta y nunca me gustará!” Nadie le dio importancia al asunto, esos arranques se habían vuelto habituales y ya no molestaban ni preocupaban a nadie de la familia y menos a mí.

Sin embargo debo confesar que me alarmé un poco cuando, días después, Domitila Malacara, la simpática, coqueta y alegre nieta menor de Prócolo Malacara me llamó para comunicarme que el viejo no daba señales de vida. Cuando llegué al domicilio de la familia, un galeno daba el dictamen médico en estos términos “técnicamente no está muerto, pero tampoco está vivo, me atrevo a pensar que don Prócolo Malacara no tiene ganas de moverse, ni de comer, ni de dormir, ni de hacer nada de nada, incluyendo vivir y morir”.

Ni los familiares ni yo supimos que hacer después de que el médico abandonó la residencia Malacara. Las primeras semanas dejaron a don Prócolo Malacara acostado en su cama, después lo acomodaron en la sala y posteriormente permaneció ocho meses ocupando un espacio en el jardín de la mansión.

Finalmente, una madrugada del mes de abril, los hijos, nietos y yo llevamos a don Prócolo Malacara a un parque, allá por el rumbo del desierto de los leones, los sentamos en una banca junto a un gran árbol, de esos que a él nunca le gustaron, y nos olvidamos de él.

domingo, 12 de agosto de 2012

153. La fiesta verde

Si, fue una enorme y multitudinaria fiesta verde, un carnaval esmeralda que invadió el Paseo de a la Reforma; había disfraces, banderas, serpentinas, antifaces, máscara, capas y mucha alegría por parte de miles de aficionados que acudieron a celebrar la conquista de la primera medalla de oro mexicana en la historia del fútbol olímpico.

Desde el pasado 7 de agosto quedó concertado el partido final del torneo de fútbol de las XXX Olimpiadas de Londres 2012; sería el 11 de agosto a las 9:00 horas cuando México se enfrentaría a Brasil en un partido de pronóstico reservado, donde cualquiera podría ganar, donde los dos lo darían todo por conquistar su primera medalla de oro en este tan popular deporte.
El día inició nublado, gris y con una muy ligera llovizna, se podría predecir algo malo para las próximas horas. Cerca de las 8 de la mañana atravesé en bicicleta el Paseo de la Reforma a la altura del famoso monumento a la Independencia. El llamado Angelito estaba cercado con una valla metálica y en los alrededores se apostaban varias centenas de policías. Eso era un buen presagio, se anticipaba un festejo.
Apenas terminaba de instalarme frente a un enorme televisor cuando ya estaba gritando y festejando el  primer gol. Parecía un guión de televisión, México anotaba su primer gol a los 29 segundos de iniciado el juego. Desde ese momento todo fue nervios y angustia. Para el segundo tiempo otro gol mexicano. Después vino el descuento brasileño y un susto cuando estaba por terminar el partido.
Finalmente vino el silbatazo final, la selección mexicana de fútbol se proclamaba campeón olímpico y con ello se hacía acreedora de la medalla de oro, la primera conseguida en el deporte más popular del país. Y al instante se vino el festejo en las calles de la capital de la república. Pero quise esperarme hasta escuchar el himno nacional y ver la bandera en todo lo alto para sentir la emoción y el orgullo nacional.
Antes de describir el festejo en el Angelito, lugar tradicional de celebraciones futboleras, debo aclarar que ya antes, en 2008, había presenciado uno de estos acontecimientos, fue cuando coincidió mi asistencia a un curso con el partido que México le ganó a Francia durante el mundial de Sudáfrica. Pero no hubo comparación entre este y aquel, aquel fue solo un partido, este era un campeonato olímpico, la fiesta fue mucho mayor.

Con más curiosidad que otra cosa me dispuse a caminar en los alrededores del Angelito, fue cuando empecé a dimensionar la magnitud del festejo, de la celebración, del carnaval que se estaba gestando de la nada, sin orden, sin rumbo, solamente con el deseo de manifestar la alegría efímera de un triunfo futbolero.

Las calles centrales de del Paseo de la Reforma se cerraron de inmediato al paso de vehículos, las calles laterales se congestionaron de autos cuyos ocupantes hacían sonar sus bocinas, ondeaban banderas y vitoreaban a los “nuevos héroes”  nacionales. Por su parte los transeúntes tocaban cornetas, tamboras y todo lo que sirviera para hacer ruido, incluyendo tapas de ollas de cocina.

Para entonces ya las calles estaban inundadas de gente, todos con camisas verdes, o de malas algo verde, cualquier cosa, un sombrero, una gorra, una bandera o lo que fuere, pero todos lucían algo verde, eso era como una obligación. Por supuesto yo portaba con orgullo mi camisa de la selección nacional.

Un numeroso grupo de muchachos se apostó en las orillas de la calle lateral y  pedían a las chicas que mostraran “chichis a la banda”, ninguna se animó. Uno de ellos se puso más grosero y fue arrestado por la policía ante el abucheo de unos y los aplausos de otros.

No podían faltar los oportunistas, el principal era Juanito, ese personaje de la vida mexicana, más grotesco y bufón que político y luchador social, quien no dejaba de tomarse fotos con quien se lo solicitara. A sus espaldas, con mantas y carteles, un grupo de no más de 30 inconformes exigían que se limpiaran las elecciones presidenciales. Nadie les hizo el menor caso.
De manera sorprendente aparecieron en escena un grupo de vendedores comercializando camisas de la selección con la leyenda impresa “México, Campeón Olímpico” al precio de 50 pesos. Pero al parecer fue más popular vender bigotes falsos, hasta las mujeres los compraban y los lucían graciosamente y sin reparos.
Una señora vestida de China Poblana regalaba saludos y besos volados, también era bastante requerida para la foto del recuerdo. El Zorro también se dejó ver, vestido absolutamente de negro pero ondeando una bandera mexicana. También había perritos con sus camisas de futbol y no podía faltar el guerrero azteca con su desplumado penacho y los charros con enormes sombreros.

También había muchos con antifaces o con máscaras de los más populares luchadores, las banderas servían de capas. La espuma salía de los botes de aerosol y bañaban a todos sin que nadie se molestara. Algunos grupos corrían con sus banderas atropellando a la gente, yo fui una de sus víctimas al recibir un banderazo en la cara sin mayor consecuencia; una disculpa, un no hay problema y que sigan las porras.

Una abuelita en silla de ruedas no quiso dejar de presenciar la fiesta futbolera, aunque para ello requiriera la ayuda de uno de sus nietos quien alegremente la conducía por entre el gentío. En el lado opuesto de la vida, muchos llevaban bebés con sus uniformes verdes y sus caritas marcadas de manera tricolor.

Las muchachas eran de las más alegres, bailaban, gritaban, se abrazaban, lanzaban porras y arengaban a la multitud a seguir celebrando. Algunos niños intentaban echarse una cascarita con un balón de plástico pero era realmente imposible ante tal cantidad de gente.

De pronto otra sorpresa, vendedores de carteles que agradecían a Oribe Peralta, Marcos Fabián y demás seleccionados por su esfuerzo y dedicación y por la alegría que regalaban al pueblo mexicano. También había calcomanías de futbolistas de caricatura que hacían recordar a los mencionados jugadores.

En medio de todo, los vendedores de dulces, frutas, tacos (7 por 10 pesos), refrescos, cornetas, pelucas rizadas y largas pestañas tricolores, banderas y banderines, sombreros de y gorras. También había otros fuera de tono que vendían ratoncitos y arañas de juguete o avioncitos de cuerda.

Un grupo de jóvenes religiosos cantaba alabanzas y proclamaban a todo pulmón que Dios ama a México. Frente a ellos estaban los que gritaban que ya se había ganado en fútbol pero que era hora de ganar también en la democracia. Los sentí tan desubicados a unos como a otros.

Tampoco podían faltar los que cantaban sin cesar el eterno cielito lindo dedicado, por supuesto a los brasileños. Por cierto, entre la multitud pude vislumbrar a un señor que caminaba de prisa con su camisa de la selección de Brasil, nadie le hizo el menor caso, nadie lo burló o le dejo caer algún comentario burlesco, simplemente lo dejaron transitar tranquilo.

En medio del bullicio futbolero se empezó a colar la noticia de que la mexicana  Rosario Espinoza había conseguido medalla de bronce en Tae Kwon Do, entonces los festejos arreciaron un poco, no mucho.

Finalmente, a eso de las 4 de la tarde, después de comer en un lugarcillo de por el rumbo, y ya cansado del cada vez mas disminuido festejo, opté por dirigirme a lo que llamo casa para leer las crónicas del triunfo mexicano en las páginas electrónicas de los principales periódicos y los comentarios en las redes sociales. Hasta aquí, ya veremos qué pasa mañana.