lunes, 15 de febrero de 2010

83. Ya me molesté

Ahora si me molesté y, estoy seguro, fue con justa razón. Debo reconocer que en muchas ocasiones me enojo nada más porque sí, a veces también me enfado motivos son demasiados triviales y superfluos. Pero ahora si me molesté por una causa auténtica.



Está bien, de acuerdo, tal vez no era una verdadera causa auténtica, pero tampoco era tan trivial. No sé, tal vez muchos lo podrían considerar como una nimiedad, otras opinarán que pude haberme ahorrado el coraje o que ya debería acostumbrarme a las cosas que pasan en Campeche. Si, quizá muchos piensen eso.



Resulta que por razones diversas (todas ellas con un carácter altamente abusivo y oportunista) me tocó llevar a la Andrea a la escuela. Una escuela que se encuentra en una región escondida de la geografía citadina, pero no muy lejana a la casa de la niña. Antes de que Andrea se subiera al coche ya había hecho el primer coraje. No se apura y me retrasa para llegar a tiempo a mi trabajo.



En el trayecto surgió el segundo coraje; un conductor, que seguramente no tenía ninguna prisa ni responsabilidad alguna, conducía su volchito azul con extrema lentitud, creo que iba a 20 kilómetros por hora. Esa velocidad me exaspera, sobre todo cuando se trata de una calle estrecha y que además es de doble sentido.



Entonces tuve que apelar a mi personalidad de piloto suicida y con una peligrosa y rápida evolución automovilística rebasé al parsimonioso volchito azul. No me importaron las mentadas que volaron a mí alrededor y cayeron vacías sobre el asfalto aún humeante. Así soy cuando me molesto y voy al volante.



Antes de explicar la verdadera causa auténtica del enojo, les diré que la escuela de la Andrea es un edificio nuevo ubicado por el rumbo de San Arturo, tiene un estacionamiento de regulares proporciones, digamos que no es ni muy grande ni muy chico. Cuenta con dos accesos, cada uno de ellos luce un letrero grande en color blanco y letras en tono rojo; una de ellas dice entrada, lo otra reza salida. Debo reconocer que son sentencias lacónicas, quizá hasta escuetas, pero al mismo tiempo, tremendamente explícitas y entendibles para cualquier persona que luzca al menos dos centímetros de cerebro.



Sin embargo, la gente no parece darse cuenta de la presencia de esos letreros y de su carácter; los letreros están ahí para dar orden al tráfico vehicular, para evitar trastornos a la hora de entrar y salir del estacionamiento.



Pero a todos parecen no importarles, simplemente decidieron ignorar los letreros, hacer de cuenta que no existen y entrar y salir por dónde se les da la gana, en este caso por el letrero que dice entrada ignorando por completo el acceso que dice salida.



El resultado es que al intentar ingresar, otro coche que salía (por la entrada) estuvo a punto de golpear mi coche, por si fuera poco, la conductora se me quedó viendo como si estuviese cometiendo una imprudencia, cuando que era ella la que no estaba respetando el orden preestablecido por las autoridades escolares.



Digan si no ese es un verdadero y auténtico motivo para molestarme. Por supuesto que sí es un verdadero y auténtico motivo. Todo es muy sencillo, si los padres no respetamos el orden los chicos menos lo harán y toda la sociedad se sumergirá en el caos y la anarquía.



La excusa es la misma, así lo hemos hecho siempre. No puede ser, entonces no pongamos letreros en ninguna parte, o mejor aún, pongamos letreros que digan “Haga lo que se le dé la gana” o “entrada por la que usted puede salir si así se le antoja” o cualquier otra cosa que seguramente, también será desobedecida.



El caso es que los campechanos estamos acostumbrados a hacer todo al revés, a no hacer caso de nada, al desorden, y bueno, mejor voy a dejar de escribir porque ya me estoy molestando otra vez.

1 comentario:

  1. jajajajajaja k risaaa.. ya t imagino papiringow!! le ubieras dixo: señora, cree k su coxe es de hulee?? xD jajajajaja...

    ResponderEliminar

Después de tu comentario escribe tu nombre para saber que eres tu.