martes, 22 de mayo de 2012

148. Un domingo de variedades

El pasado domingo fue de auténtica miscelánea, y le llamo así porque sin querer fue de lo más variado y diverso, salpicado de toda clase de temas y actividades, lo más curioso es que nada fue a propósito, todo se dio en medio de casualidades y como resultado de no tener que hacer y no contar con un rumbo ni un objetivo determinado.

Así es, estuve de vagabundo por las calles de la urbe y de camino en camino me encontré en medio del paseo familiar en bicicleta que todos los domingos se realiza en Reforma, después me topé con la Plaza de la Solidaridad, el barrio Chino, el Centro Cultural Banamex, Tepito y finalmente participé en una marcha política realizada con objetivos poco claros para mí.

Debo reconocer que el único lugar que si tenía un propósito era conocer el Barrio Chino, lo que pasa es que desde hace días he querido comprar uno de esos llamados Espantaespíritus (yo así los llamo, son esos adornos colgantes que hacen sonidos de campanitas cuando los mece el viento). Quiero dos, uno para mi casa y otro para la oficina, los quiero utilizar como alarma en caso de sismos, y supuse que en el Barrio de los Chino podría encontrar uno adecuado. Todo lo demás se desarrolló a partir de eso.

 Pero vamos a ir con calma, para lo cual dividiremos esta entrada en subtemas:

Paseo Dominical en Bicicletas

El día empezó lo mejor posible, desperté alrededor de las 7 de la mañana y concluí la lectura de un librito que me enviaron por correo electrónico desde hace mucho tiempo y cuya lectura había pospuesto sin tener un motivo específico.

Esa lectura y el posterior baño de regadera me animó mucho, por lo que al salir de casa, decidí que iría hasta el centro en bicicleta; tome una, de las del programa Ecobici y me incorporé al paseo familiar en bicicleta que se realiza todos los domingos en Reforma. Además de ciclistas, hay patinadores, niños en triciclo, personas en sillas de ruedas, bicicletas dobles y adaptadas para llevar niños pequeños.

Descubrí un señor que a la vez que corría empujaba una carriola con una bebé muy bonita (mamilas y pañaleras incluidas) eso mismo lo volví a ver una cuadras más adelantes pero con carriola de gemelos. Un payaso adaptó su bicicleta con una especie de turbinas y bocinas. En la glorieta de Palma daban clases de aeróbicos. Todo era una fiesta.

Plaza de la Solidaridad

Dejé la bicicleta en la llamada “Esquina de la Información”, en donde coinciden los edificios sedes de los famosos periódicos Excélsior y el Universal y caminé sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas, casi sin querer llegué a la plaza de la Solidaridad, ya la conocía pero no sabía que en ese lugar era donde estaba el famoso Hotel Regis, el que se cayó durante los temblores de 1985; entré a ella esperando encontrar algo o sentir algo, no sé, una especie de energía, pero nada.

Al Hotel Regis lo recuerdo como una referencia de mi padre, él decía que en sus viajes al Distrito Federal siempre acudía al bar de dicho lugar e invariablemente se encontraba con algún campechano que visitaba la capital de la república en ese momento. En hotel no resistió los terremotos y cayó, en ese lugar murió mucha gente, pero no hay nada que los recuerde, no hay nada que indique que ahí, en algún momento estuvo el famoso Hotel Regis, lugar de reunión de los campechanos bohemios.

Barrio Chino

Sin mayores preámbulos abandoné la Plaza, crucé la calle y me dirigí al Barrio Chino. Otra decepción, el barrio es una o dos cuadras, no lo supe bien porque la mayoría de los negocios estaban cerrados y eso que eran casi las 11 de la mañana. De los 5 locales comerciales a los que entré, cuatro eran atendidos por mexicanotes y solamente en uno de ellos encontré una chica con rasgos orientales. De los adornos que buscaba no encontré nada.

Templo de San Francisco

Continué caminando sin un rumbo determinado, de esa forma llegué a la calle peatonal de Madero y, casi enfrente al famoso Sanborns de los Azulejos y exactamente detrás de la Torre Latinoamericana, me encontré con el Templo de San Francisco, una edificación que data de 1575 según mal no recuerdo, y que los domingos prohíbe la entrada de turistas.

No tuve problemas con esto último porque realmente no parezco un turista, entré al templo, debo aclarar que cuando uno ingresa a un templo franciscano no espera encontrar magnificencia, porque los religiosos de esa orden tienen a la pobreza como uno de sus principios rectores. Y de alguna forma las paredes laterales mostraban eso, sobriedad, son lisas, sin adornos, sin altares, solo 2 murales muy grandes a cada lado que ensalzan a santos franciscanos.

El altar mayor es otra cosa, de suelo a techo es laminado de oro, profusamente adornado de ángeles, en el primer nivel tiene la figura de San Francisco de Asís, en el segundo es una virgen y en él último a un Cristo redentor. El altar no me pareció franciscano, tal vez jesuita o dominico. No pude orar, me entretuve en mis criticas por lo opté por salir.

Centro Cultural Banamex

A unos pasos del citado templo me encontré con la enorme mansión que alberga al Centro Cultural Banamex, esta construcción tiene más de 400 años de antigüedad y en su momento fue habitada por uno de los virreyes de la Nueva España; actualmente alberga la exposición “Maestros del Arte Popular Latinoamericano”, es en términos generales una gran muestra de artesanías en madera, barro, textiles, papel y bordados, entre otros materiales.

Me impresionó un candelabro en barro vidriado, unos cajones de varios niveles retacados de figuras que plasman costumbres cotidianas de la campiña mexicana y algunos bordados guatemaltecos; me alegró encontrarme con un sombrero de Calkiní, que para mi gusto, no era de los mejores que he visto, además que el sombrero se veía maltratado.

Me llamo mucho la atención la arquitectura de la casa, sus dimensiones, su historia, el trabajo en cantera que adorna todos los marcos de las puertas, su pequeña pero muy hermosa capilla, aunque ya no funciona como tal. Me molesta que no permitan tomar fotos, no le encuentro sentido a eso, es una mala costumbre que se va generalizando en la mayoría de los museos.

La Calle de Correo Mayor y Tepito

Una vez fuera del museo decidí ir a la calle de Correo Mayor, es la que se ubica a espaldas del Palacio Nacional y que es completamente comercial. Ese nombre lo recibe porque en épocas de la colonia en esa calle vivía la persona encargada de la correspondencia del Virrey, este personaje recibía el título de Correo Mayor del Virrey, de ahí que la calle siga siendo nombrada de esa manera.

Me molestó que muchos negocios estuvieran cerrados, me alegró encontrar abierto uno que se dedica exclusivamente a vender paraguas, dado que se aproxima la temporada de lluvias y que perdí los cuatro que tenía, compre uno, aunque debí comprar dos, ni modos.

Quisiera decir que caminé hacia el norte de la calle, pero los signos cardinales nunca han sido mi fuerte, pero caminé, digamos que hacia la izquierda, una cuadras mas adelante la calle cambia de nombre (esto es común en el Distrito Federal) y se denomina del Carmen; los comercios continúan, no cesan, y los vendedores ambulantes tampoco, es un interminable pregonar de artículos de belleza, ropa y comida.

Casi sin darme cuenta llegué a un punto en que ya un automóvil difícilmente puede circular por la cantidad de puestos ambulantes, entonces supe que había llegado al tradicional, peligroso y conocido barrio bravo de Tepito, famoso por la venta de productos piratas de todo tipo, por sus particulares y singulares vecindades y por la fama bravía de las personas que lo habitan.

No me aventuré mucho por ese lugar, solo unas cuantas calles, hice algunas preguntas en ciertos negocios de ropa, reí con el pregonar de tangas a 10 pesos, me sorprendió ver un mercado donde no se venden más que zapatos y una calle donde todos los negocios comercian muñecos de peluche; y sin más ni más y con suma ligereza abandoné el lugar y me dirigí hacia el Zócalo para retomar la calle de Madero y buscar el camino de regreso a lo que llamo casa.

Una manifestación política

El Zócalo estaba repleto de activistas políticos del Partido de la Revolución Democrática, de ciudadanos simpatizantes y de personas que aprovechan la ocasión para comercializar fotos del candidato, vender afiches, denunciar corruptelas de políticos e incluso me encontré con una mujer con escotado traje de monja que declaraba haber sido violada por un sacerdote.

Me abrí paso entre en gentío pero al ingresar a la calle Madero, me di cuenta que la multitud se movía en la misma dirección que yo, de tal manera que quedé atrapado en una manifestación política-ciudadana cuyo objetivo principal me confundía; no sabía si era en contra del candidato del Partido Revolucionario Institucional, en contra de la candidata del Partido Acción Nacional, en favor del candidato del Partido de la Revolución Democrática o todo al mismo tiempo.

Las arengas se alternaban, incluso con las tradicionales porras de los estudiantes de la Universidad y del Politécnico. La multitud era muy diversa, familias enteras con niños pequeños, parejas de ancianos, grupos de jóvenes, señores mayores, muchachas entusiastas, había de todo. No sé calcular las cantidades, probablemente 10 mil personas o más.

El caso es que caminé con ellos un enorme tramo con rumbó al Ángel de la Independencia, el famoso monumento enclavado en el corazón del Paseo de la Reforma, en un momento determinado abandoné la marcha, tomé una bicicleta y pedaleé para llegar rápido al Ángelito, ahí esperé la llegada de los manifestantes, pero llegaron y no pasó nada, no hubo nada, ni discursos, ni conclusiones ni nada.

Ya para entonces estaba muy cansado, fastidiado y medio enojado, recordé además que no había comido, entonces me olvidé de todo y me dirigí a buscar qué comer y a casa a descansar.

Las conclusiones del día

La verdad es que no tengo una conclusión del día, no tengo algo que resulte impactante para señalar, algo como una metáfora, una lección o una sentencia impresionante, no, no hay nada de eso.

Digamos que simplemente di un paseo por las calles de la ciudad de México, un paseo que resultó ser tranquilo y relajado, que me permitió conocer algunos aspectos de esta urbe a la vez que alejarme de preocupaciones y pensamientos locos. Digamos que simplemente quise contarles lo que hice en un domingo normal y variado.

lunes, 7 de mayo de 2012

147. Mi mente divaga

La mente divaga, los pensamientos se deslizan, se ideas se esfuman, todo se precipita, cae en las calles y se escurre por las alcantarillas de la ciudad. Inútilmente trato de arrancarle letras a las paredes, al techo y a las sucias ventanas del departamento. Pero ellas no tienen letras y yo no tengo ideas.

Los sonidos de la ciudad llegan hasta mí, a veces de manera nítida, a veces en forma difuminada, las sirenas de las ambulancias son una constante (para mi fortuna, nunca han sonado para venir por mi). Pero esta ciudad suena distinto a como suena mi ciudad por las noches, aquí no se escuchan ladridos ni serenatas ni música de grillos y canciones de ranas trasnochadas. Solo ambulancias y patrullas y autos y más autos.
Si, extraño los sonidos que por las noches llegaban hasta mi antiguo dormitorio, extraño la luna y extraño la brisa. Se me hace muy raro echar de menos a la luna porque en realidad, es la misma luna que se asoma a mi ventana y sigue mis actuales pasos. Pero en mi tierra la luna se ve distinta, se los juro que se ve diferente. No sé, a lo mejor es solo mi idea.

Y mientras tanto, las horas siguen caminando, el sueño me sigue evadiendo, juega conmigo (¿Por qué todos quieren jugar conmigo?) a veces el sueño se asoma y luego se esconde, como un inquieto fantasma, como aquellas sobras repentinas que en otros tiempos me asustaban. ¿A dónde se va el sueño, por qué se esconde? No lo sé, tal vez nadie lo sabe.
Creo que lo mejor sería apagar la computadora, cerrar los ojos y quedarme quieto, tal vez de esa manera el sueño se aburra de andar brincando en la cama y se acurruque junto a mi, de esa forma los dos, abrazados y tranquilos, podríamos  dormir. Se me olvida, el sueño no duerme, el sueño sólo cabalga aprisa en las mentes que duermen. A ratos no quisiera que cabalgue, solo quiero que este quieto junto a mi, quizá para no sentirme tan solo en esta noche sola.

A ratos tengo calor, por momentos llega hasta a mí el aire fresco que fluye por la abierta ventana, a ratos me dan ganas de salir y perderme en las calles y perderme en la noche y perderme en extrañas sensaciones que florecen y perecen entre la bruma. A ratos los pensamientos me turban, me inquietan y todo se llena de imágenes discordantes. A ratos lo mejor es no pensar, no sentir, no desear.
¿Esta es la segunda o la tercera cerveza? La tercera me grita ese alguien que vive en mi cabeza,  pero en realidad no me importa, lo que quiero es que me haga dormir, que me ayude a confundirme y en medio de tantos embrollos acabe yo durmiendo y soñando que estoy despierto. Esto es una irrealidad, pero que más da, será una más de las que conviven conmigo.

El tiempo se alarga, se estira, se dobla y vuelve a estirarse; el tiempo no pasa, se atora en el umbral de mi puerta y decide quedarse recostado en la alfombra, con un pie trato de ahuyentarlo; se espanta de momento, me mira de reojo y se vuelve a acurrucarse.
En un instante, mi mente viaja y se detiene en lugares conocidos, descansa en el mismo parque, camina las mismas calles y repasa los mismos escenarios. Recuerda las mismas palabras, las mismas canciones y los mismos llantos. La mente también juega, también sueña, se queja, se inquita y se cansa.

¿Cuándo amanecerá? El tiempo me mira pero no me contesta, sigue adormecido al pie de mi cama, finalmente entre bostezos murmura impasible:”Tranquilo, ten paciencia, ya pronto despertarás”.

domingo, 12 de febrero de 2012

146.El ciclotón

La Ciudad de México ofrece muchas ocasiones de relajación y esparcimiento, esto hace que mis sábados y domingos sean muy entretenidos y con actividades variadas; la siguiente historieta me aconteció uno de esos fines de semana en que el ocio y el exceso de horas vagas me arrastraron hasta los confines de mis capacidades y destrezas físicas y morales. Déjenme contarles.

Todo dio inicio aproximadamente en el mes de agosto, cuando acertadas sugerencias de compañeros de trabajo hicieron que obtuviera mi credencial de Ecobici, lo que me da derecho a utilizar el servicio de bicicletas públicas que ofrece el Gobierno del Distrito Federal.

De las bondades de este atinado programa de transporte público individual hablaré en otra ocasión, ahora solo haré referencia a él debido a que la citada anécdota me ocurrió precisamente cuando me trasladaba en una de esas dinámicas, esbeltas y rojas bicicletas y en ocasión de otro de los acertados y muy aceptados programas de esparcimiento desarrollados en esta ciudad: Domingos de Paseos en Bicicleta.

Resulta que un domingo del mes de octubre a eso de las 9 de la mañana decidí participar en el mencionado y recreativo programa, por lo que se me hizo muy fácil dirigirme a la cicloestación de bicicletas más cercano y pedalear con campechana alegría hasta el Paseo de la Reforma. Mis planes consistían en dar un par de vueltas entre la fuente de la Diana Cazadora y la glorieta de la Palma para después entrar al cine, salir a comer y regresar a lo que desde hace algunos meses llamo casa.

Una vez trazado el itinerario inicié mi constante pedaleo, una distracción me llevó a una calle muy amplia, arbolada y bonita llamada Mazatlán, por un instante me desubiqué pero de inmediato me percaté de que un importante y numeroso grupo de ciclistas se aproximaba hacia la dirección en que yo iba. Los dejé alcanzarme y decidí seguirlos.

La calle Mazatlán se convirtió en Durango y de ahí nos desviamos hacia una lateral que nos llevó directamente al Paseo de la Reforma; llegamos a la glorieta de la Palma pero los más de 200 ciclistas (según mis primeros cálculos, después me di cuenta de que eran muchísimos más, cerca de 20 mil, según informes de prensa) no giraron en redondo sino que continuaron pedaleando hasta llegar a la Avenida Juárez, pasamos frente a la Alameda Central y yo pensé “a lo mejor el paseo en bicicleta se extiende un poco, no daré dos vueltas, sólo una y continuaré con mis dominicales planes”.

El pelotón de ciclistas se interno al centro de la ciudad, no recuerdo el nombre de las calles (me parece que era la de Pino Suárez) pero atravesamos la del Correo Mayor, Isabel la Católica entre otras hasta desembocar a una llamada Fray Servando Teresa de Mier, esta me sacó del Centro Histórico y me hizo pasar frente al mercado de Sonora y de ahí seguí pedaleando ya no tan alegremente.

Ya en ese punto del recorrido tenía muchas dudas si continuar, seguir avanzando o tratar de memorizar el trayecto para hacerlo de regreso. No sabía en que iba a parar eso ni de qué se trataba, pero en lo que le pensaba y analizaba y calculaba y sopesaba, seguía dándole fuerte a la bicicleta.

Posteriormente tomamos una avenida enorme, me parece que era el Circuito Bicentenario, aunque ahora casi todas las avenidas tienen ese nombre además de algún otro (Eje 1, 2 o 3 o no sé cuantos más). Afortunadamente todas las calles y avenidas por donde circulábamos estaban cerradas a los automóviles, pero ya para entonces la preocupación era muy grande.

En un crucero aproveché a preguntarle a un policía si en algún punto retornaríamos al paseo de la Reforma, para mi sorpresa, susto y nerviosismo me dijo que no sabía, que suponía que sí pero no estaba seguro. En ese preciso momento dejé de disfrutar del paseo en bicicleta y la preocupación se tornó en severa inquietud y desasosiego.

Para cuando avanzábamos por una avenida que se llama Rio Churubusco ya pasaban las doce del día, y había atravesado con menudo esfuerzo 3 o 4 puentes, me había detenido en 3 puestos a tomar agua, había consultado 5 veces el Google Maps que traigo en el celular y me había enterado de que estaba en medio del Ciclotón de la Ciudad de México.

El dichoso Ciclotón es otro programa del gobierno de esta ciudad, se realiza regularmente y participan personas de todas las edades en bicicletas propias o ajenas, se instalan módulos de seguridad y vigilancia, se cierran las calles por donde pasa y tiene una gran aceptación, principalmente entre los jóvenes y atletas. Pero yo no lo conocía y menos sabía que iba estar involucrado en él.

Con un pedaleo cada vez más lento pasé por el velódromo y la alberca olímpica y no sé por cuantos lugares más, cuando me di cuenta que estaba por Coyoacán empecé a madurar la idea de salirme de todo eso, encontrar la estación del metro más cercana y meterme en ella con todo y bicicleta; porque además de asustado, ya estaba muy cansado y por otra parte, el sillín de la bicicleta ya lo traía incrustado en “santa sea la parte” de mi anatomía.

Ya para entonces me había dado cuenta que muchos ciclistas solo cubrían un tramo del camino, que solo los más audaces y locos se aventaban a desafiar todos esos kilómetros de avenidas que atravesaban o rodeaban la Ciudad de México. Pensé que el paseo hubiese sido divertido si no estuviese tan asustado y en desconocimiento de mi ubicación geográfica. Cuando subíamos un puente miraba a lo lejos tratando de encontrar un edificio que se me hiciera conocido pero nada.

Entonces le pregunté a otro policía por dónde andaba y me dijo que la calle se llamaba Patriotismo, de alguna forma eso me tranquilizó porque entendí que había dado la vuelta en redondo y que ya estaba más o menos cerca del Paseo de la Reforma, pero faltaban 20 minutos para las dos de la tarde y el policía me informó que a las 2 se habrían las vialidades a los automóviles y que me faltaba como una hora para llegar al final del ciclotón.

Decidí entonces llegar al límite de mis capacidades físicas y pedalear con mucha fuerza, de esa manera avance muchos tiempo hasta que fui descubriendo ya sitios conocidos, lugares por donde había pasado; en un semáforo escuché a unos jóvenes comentar que el tramo total eran 32 kilómetros, no lo creí.

Cuando faltaban unos minutos para las dos de la tarde entré de nueva cuenta en la calle Mazatlán, que era donde había comenzado mi aventura ciclista y donde terminaba el tormento del Ciclotón. Fue en ese momento en que el alma me regreso al cuerpo, sin mayores tardanzas devolví la bicicleta en la estación correspondiente y me senté en una banca a reflexionar, a descansar y a permitir que mis pies se acostumbren de nueva cuenta a la tierra firme.

Ya en casa averigüé, la ruta es de 32 kilómetros, se realiza el último domingo de cada mes y todo mundo sabía de ese maratón menos yo. No sé, pienso que lo volvería a hacer ya con conocimiento de lo que me espera y que entonces si, disfrutaría del camino. Pero en esos momentos solo quería descansar y olvidarme por completo de las bicicletas, de las calles y de la Ciudad de México. Hasta aquí con el relato amigos.

La moraleja es: no, no hay moraleja, pero si van a manejar bicicletas, no se alejen mucho de casa, se los digo por su bien.

martes, 18 de octubre de 2011

145. Pretextos

No es la primera vez que este blog entra en recesión, ya son varias veces y lamento reconocer que todas han sido por culpa mía (no podía ser de otra forma, soy el único que escribe entradas para él). Nuevamente me hago el propósito de no volver a dejarlo olvidado, aunque sé, que seguramente volverá a ser así.

No tengo una razón específica para este olvido (más que olvido, digamos, temporal abandono). Sin embargo puedo inventar muchos subterfugios que puedan representar un formidable motivo para justificarme. Veamos las posibles excusas y escojamos la que resulte más apropiada:

Falta de tiempo para escribir: Me cambiaron de sede para el trabajo (a toda la Coordinación de Cultura de Calidad) ahora estamos en unas oficinas ubicadas al norte de la ciudad, sobre la Calzada Vallejo y, para llegar a ellas, debo tomar el metro  en primera instancia y después el metrobús. El recorrido que tengo que realizar diariamente es de aproximadamente noventa minutos. Llego a lo que llamo casa alrededor de las 21:30 horas y sin ganas de hacer algo productivo.

Falta de recursos tecnológicos: Se descompuso mi computadora, se desconfiguró, le entró un terrible virus y me borró todos los archivos, programas y sistemas. En realidad me robaron la computadora, la secuestraron, me despojaron de ella y junto con ella se fueron mis fotos, archivos y música, estoy desconsolado. Bueno en realidad no es cierto, la di prestada y no me han devuelto.

Falta de conexión a Internet: Debo reconocer que este no es un pretexto creíble, de hecho es la justificación más tonta que se me ocurrió, en realidad las interconexiones no se retrasan tanto, a menos que yo no haya pagado mi recibo correspondiente y haya sido suspendido de manera definitiva por el proveedor del servicio, de esta forma la excusa se vuelve un tanto válida.

Falta de recursos mentales: Este rubro puede ser completamente válido y muy creíble, a nadie le extrañaría que mi cerebro dejara de funcionar por largos periodos de tiempo (ya ha pasado en otras ocasiones y tengo muchos testigos de ello). Simplemente se desconectaron mis neuronas, dejé de pensar racional y civilizadamente y me convertí en una especie de zombi haitiano, de esa manera he subsistido durante todo este tiempo. 

Falta de recursos físicos: Lo cierto es que me cayó una extrañísima enfermedad de tipo bacteriana. Este padecimiento lo adquirí en el zoológico de Chapultepec (me contagió el orangután) se caracteriza por la incapacidad para escribir a máquina o en computadora (si se fijan, los orangutanes no pueden escribir a máquina o en computadora). Su tratamiento requiere de muchos cuidados cálidos y cariñosos (los orangutanes no tienen quien les dé cuidados cálidos y cariñosos. Yo tampoco, por eso tardé en sanar).

Falta de recursos sicológicos: Sucede que durante mi traumática estancia en el Distrito Federal me he visto asaltado por un terrible delirio de persecución, siento que los casi 10 millones de chilangos me acosan, asustan, presionan y preocupan. Por todos lados veo rostros hostiles, figuras que chocan conmigo, me empujan y arrastran (sobre todo cuando voy en el metro). Esto me ha impedido tener la calma y la paz necesaria para poder sentarme frente a la computadora a escribir tranquila y felizmente.
Falta de motivación: Pues lo que realmente ha pasado es que he caído en un profundo pozo de tristeza y melancolía, estoy desganado y alicaído, entumecido y confuso, me siento indiferente y aletargado. Nada me motiva, nada me inspira: ni las calles, ni los árboles ni las personas. Esta tremenda depresión me impide escribir y comunicarme adecuadamente y me obliga a caminar arrastrando los pies con torpeza y pereza.

Ya no tengo más pretextos que inventar, son todos. No se me ocurre cuál de ellos podría representar la mejor justificación para mi desapego a las letras y para mi lejanía de este nunca bien apreciado blog.

Por lo pronto, suspendo la actividad literaria y me voy a meditar. Saludos a todos.


 

sábado, 6 de agosto de 2011

144. R432

Caminábamos despreocupadamente por la Avenida Reforma, era sólo caminar, sin ningún rumbo específico; de pronto nos encontramos frente a un extraño y misterioso negocio: pisos, paredes y techos en color negro, iluminación tenue, dos guardias en la puerta. El nombre del negocio: R432.

¿Es un bar, un table dance, un antro o qué es? Ante la extrañeza y los comentarios los guardias se acercaron a nosotros y nos aclararon: Son las oficinas de comercialización de uno de los nuevos rascacielos que están en construcción en la ciudad de México ¿Gustan pasar a conocer el proyecto?

Por supuesto que entramos, nos acomodaron en una exclusiva y moderna sala tipo lounge decorada en tonos carmesí y provista de la mejor tecnología de proyección y digitalización; el despliegue de imágenes iba de una pantalla a otra, las cibernéticas explicaciones  alababan las bondades y ventajas del proyecto, todas ellas relacionadas con la ubicación, altura, vista panorámica y plusvalía del lugar.

Su nombre, R432, hace alusión a la dirección en que estará ubicado: Avenida Reforma No. 432 exactamente frente al monumento a la Diana Cazadora, es decir, en el corazón de la Ciudad de México.  El rascacielos de 214 metros de altura (apenas 11 metros más bajo que la Torre Mayor, el edificio más alto de Latinoamérica) incluye centro comercial, oficinas, club social, pisos habitacionales y un hotel que ocupará los últimos 12 pisos.

Añadan además: gimnasios, salones para eventos, centro de negocios, salones de juego para adultos y para niños, albercas techadas y al aire libre, terrazas, restaurantes, estacionamientos y más y más y más cosas.

Respecto al área habitacional ¿Quieren conocer el departamento muestra? Claro que si señorita, también queremos hablar de precios. No se preocupe señor, es su momento les proporcionaré esos datos. De acuerdo, muy amable.

El dichoso departamento muestra tiene una extensión de 67 metros cuadrados, en otras palabras, es muy pequeñito; pero está cuidadosa y delicadamente decorado, me gustaría decirles que el estilo es minimalista pero no estoy seguro de que lo fuera. Trataré de describirlo.

Contrario a lo que se pueda pensar y a todos los cánones establecidos por la tradición mexicana para el acondicionamiento de domicilios, casas habitación, residencias, mansiones y establecimientos similares dedicados a la estancia de seres humanos, la entrada principal da directamente a la única recámara del departamento.

En caso de que yo fuera el propietario de este departamento me tendría que ver obligado a tener todo en orden, ya saben: la cama hecha siempre, nada de calzones en el suelo ni zapatos y calcetines regados por todos lados, nada de usar sillas como eternos percheros, nada de latas de cervezas bajo la cama, nada de nada. Todo en absoluto y escrupuloso orden para cuando lleguen visitas. Porque siempre llegan visitas y hay que dar buena imagen.

Continúo, no más entrar al departamento y te encuentras de frente con la recámara (como ya había mencionado) su respectivo closet y una puerta que conduce al baño, mismo que pasa por detrás de la cocina y conecta por una segunda puerta con la sala. La pequeña pero perfectamente acondicionada cocina incluye refrigerador, estufa, lavadora, todo ello oculto tras discretos y elegantes gabinetes; la cocina se completa con una mesa y cuatro sillas. Al fondo la sala, la cual luce cierta amplitud. Eso es todo.

La pared del fondo de la sala es, o mejor dicho será, un enorme ventanal que, dependiendo del piso que se ocupe, dará una vista panorámica distinta. Otra vez la tecnología al servicio de las ventas, en esta ocasión el ventanal de muestra se convierte en una enorme pantalla para que podamos apreciar las diferentes vistas que tendremos de acuerdo al piso que ocupemos:

En el piso 14 la panorámica es nula, el edificio de enfrente no deja ver nada, obviamente esos departamentos son “muy baratos”  y por lo general se compran para darlos en alquiler. La panorámica del piso 42 es esplendida: la Torre Mayor, el bosque, castillo y lago de Chapultepec, la ciudad de México en pleno hasta sus confines (podría quedarme horas viendo ese tan urbano pero bellísimo paisaje). Estos últimos departamentos son “más caros”, pero con una tremenda plusvalía.

Entiendo perfectamente lo que significa “más barato” y “más caro”, pero en estos momentos esos términos no me dimensionan en nada la escala de cotizaciones en que se tasan estos inmuebles. Por ello insistí, pero creo que no debí hacerlo.

Resulta que “más barato” significa alrededor de 450 mil dólares (más de 5 millones 300 mil pesos) y “más caro” representa la impresionante suma de 1 200 000 dólares (¡Un poco más de 14 millones de pesos!).

De lo más profundo e íntimo de mi alma y de mi corazón surgió la peninsular expresión “¡Pasu mecha!”. Pero no la dije, solo alcancé a mencionar usando mi tono de voz más elegante, refinado, selecto y distinguido: “Déjenos pensarlo y discutirlo señorita y yo le llamo mañana para confirmarle cuántos departamentos necesitaremos”.

Acto seguido, mis acompañantes y yo decidimos retirarnos del lugar por lo cual nos despedimos cortésmente, aceptamos uno de sus folletos, ensalzamos las bondades del proyecto, nos mostramos sorprendidos y complacidos con el diseño vanguardista que lucirá el edificio y abandonamos sus confortables, lujosas y obscuras oficinas.

Una vez fuera del lugar, los comentarios no se hicieron esperar: excelentemente decorado el departamento, el esbelto edificio lucirá esplendido, cuánta elegancia y confort. Señores les propongo algo, olvidémonos del asunto y vayamos por un café. De acuerdo.

143. Un destello de color


Hoy es una mañana gris en la ciudad gris; gris el cielo, gris el aire, gris la ropa, todo está gris. Los edificios son grises, las calles tienen ese tono, los autos son grises y los árboles y las aves también. 

 La gente camina con ánimo gris: no se hablan, no se saludan, no se miran, no se reconocen, no se aproximan.  Esta gente ni siquiera camina, solo se desplazan dejando un rastro gris sobre el pavimento frio de la ciudad gris.
 
Busco en sus rostros un poco de color y un poco de calor, solo un poco de aire fresco que me permita apreciar vestigios de humanidad. Nada, solo miradas y muecas opacas que se diluyen apesadumbradas entre las grises ventanas del tren metropolitano.

 
En una de las estaciones subió una pareja de jóvenes, se acomodan junto a la puerta del vagón, se abrazan y sin mayores preámbulos se pierden en un beso largo, de aquellos que se dan con los ojos cerrados y las bocas abiertas.

 
Quise creer que ese amoroso gesto le daría color al gris ambiente, no fue así; al terminar el beso, los dos se miraron con una mezcla de pesar y cotidianidad y se difuminaron en el tono que prevale en esta desteñida mañana.

A los lejos una pálida canción trata inútilmente de crear un ambiente distinto; nada, solo logra acentuar los tonos grises que se escurren holgazanes desde las nubes grises que cubren el cielo gris de la gris ciudad.

Casi sin darme cuenta, el tiempo se ha diluido entre tantas vaguedades en color gris; ahora que lo pienso, no estoy seguro de que el gris sea un color, tal vez sea solo la sombra de un color o el reflejo deslucido de mis pensamientos disipados y decolorados.

 
A la mitad de tantas palideces y vagabundeos, el camino termina y me sumerjo indiferente en las calles grises; camino aprisa,  esquivo sin mirar a personas grises, alguien choca conmigo y pronuncia una mecánica disculpa que no alcanzo a entender ni a responder; sigo a paso apresurado sin mirar nada ni a nadie, perdido en la esa bruma gris que empantana la ciudad.

Es la vida gris que continua indiferente y taciturna. Son los indolentes y aciagos tonos grises que despreocupadamente van inundando la vida, ahogando los pensamientos, agotando los esfuerzos, consumiendo las energías, disipando las voluntades, transformando y trastornando las ganas de existir.

Es la casi permanente marea gris de insensibilidad y desgano, de miedo mal disimulado  y angustia creciente, de sufrimiento reprimido y desconfianza manifiesta. Casi sin darme cuenta, un destello de color: es tu mirada, es tu sonrisa, eres tú.

 

lunes, 20 de junio de 2011

142. Platicando en el malecón

Campeche es una ciudad de placeres simples (o dicho de mejor manera, sencillos) de disfrutar contemplando los sucesos de la vida cotidiana o los espacios de asombro que nos regala la naturaleza;  Y entre todos esos momentos que se dan a lo largo de los días, hay uno en particular que disfruto mucho: dejar pasar el tiempo haciendo nada en el malecón.

Todo consiste en estacionar el coche en el malecón (en cualquier parte, no importa, aunque yo prefiero en el estacionamiento del Velerito o en el que está casi llegando a los cocteleros)  de preferencia a eso de las diez u once de la noche (o después, eso tampoco importa) acomodar el asiento del auto hasta quedar prácticamente acostado, poner una música suave y dejar transcurrir las horas vagabundas e inexorables.

Por supuesto, el complemento ideal es una buena compañía (masculina o femenina) alguien que tenga una plática agradable, entretenida y divertida; alguien que sepa escuchar y sepa reírse solamente por el gusto de reír. Alguien que guste tanto como yo de dejar pasar el tiempo haciendo nada en el malecón.

Lo demás es disfrutar de la brisa, del apagado sonido del mar, contemplar la luna (hay una época del año en que hace caminos brillantes sobre el mar) y las estrellas, mirar a las aves alejarse hacia destinos desconocidos y ver a las palmeras mecerse muy quedito al ritmo del viento suave que viene del mar.

A partir de ahí, inicia la plática, los temas no importan, pueden ser las desilusiones del pasado, los conflictos emocionales, los sueños y proyectos del futuro, descifrar el misterio de las relaciones humanas (y también de las sexuales) descubrir los porqués de la vida o tratar de entender los motivos y razones de las mujeres. Todo eso matizado con una cerveza que será tomada a escondidas de los policías en turno.

Las horas van transcurriendo y entonces, de manera sorprendente, se van descubriendo los hilos negros, se desvanecen los misterios que por tantos siglos han atormentado a la humanidad, se realizan descubrimientos excepcionales, caen los veintes, todo se entiende, se comprende. Es tan fácil encontrar las soluciones.

Basta una larga y nocturna plática en el malecón para encontrar las estrategias para gobernar de manera correcta al país o para ser campeones del mundo en fútbol o para conquistar a la mujer más hermosa del planeta. Bastan unas horas de amena charla para diseñar una filosofía que de sentido a la existencia humana.

Pero no piensen que son análisis concienzudos o discusiones vehementes, nada de eso. Se trata de verdaderos y auténticos vagabundeos mentales, de pensar sin esforzarse, de decir las cosas como se nos vienen a la mente, de interrumpir la plática a cada rato para contar un chiste o una anécdota, mirar a la chica que acaba de pasar o criticar a la pareja que se hace arrumacos en el coche de junto.

Casi sin darse cuenta, las horas van avanzando, tal vez ya son las tres de la mañana o las cuatro, no importa, la plática puede seguir hasta el amanecer. Nada apura, nada preocupa, nada inquieta. Todo es quietud y placidez, desgano y desenfado.

A cualquier hora y en cualquier momento la plática termina y cada quien se va a su casa. ¿Cuáles son las conclusiones de la sesión? Tal vez ninguna, o quizás se logre aterrizar alguna idea pero eso no era lo importante. Todo se trataba de disfrutar la compañía, de dejar pasar las horas, de compartir la calma y la tranquilidad de las noches campechanas, estacionados en el malecón.