martes, 10 de mayo de 2011

140. Me falta tiempo


Ir al gimnasio, mejorar la condición y el rendimiento físico y sociabilizar a través del ejercicio; todo eso está bien, de hecho está muy bien. Pero tiene algunos inconvenientes, todos ellos relacionados con la inversión del tiempo que se dedica a tan sanas y necesarias actividades. Y es que llego tan cansado y tan tarde a lo que llamo casa, que no me quedan muchas ganas de escribir o de actualizar esta cotidiana y electrónica bitácora.

Resulta que, dada la jornada laboral, voy llegando al gimnasio cerca de las ocho de la noche; lo que sigue es cambiarme de ropa, hacer ejercicios cardiovasculares y después los que involucran a las pesas, mancuernas, poleas y otros aparatos. La rutina se termina pasadas las nueve y media de la noche (una hora que todavía se puede considerar civilizada y segura dadas las condiciones de esta enorme ciudad) y de ahí debo invertir unos 15 minutos para llegar caminando a la casa.

Lo que sigue es poner a secar la ropa sudada, bañarse y preparar la maleta para el día siguiente (misma que debe contener tenis, calcetas, pantalones deportivos, camisa para hacer ejercicio, camisa para salir del gimnasio, sudadera, hombrera, portatraje y una sombrilla, así como boletos del metro) cenar al mismo tiempo que checo el correo electrónico, la televisión y el Facebook.

Ya para entonces son más de las once de la noche y el cansancio y el sueño empieza a hacer presa de mí. Pero todavía no me puedo dormir, falta preparar la ropa para el día siguiente, planchar la camisa, lavar trastes y acomodar la cocina (esto último es muy rápido porque la cocina es muy chiquita) y entonces sí, todo está listo para dormir.

Dada esta carga de actividades, comprenderán que no me queda mucho tiempo para escribir, pero hago el esfuerzo y algunas veces tecleo algunos párrafos. De hecho tengo lista una entrada desde el cuatro de mayo (con esta serán dos que tengo pendientes) pero no la he podido subir por falta de tiempo.

También es culpa de Blogger, la página que da cobijo a mis bitácoras electrónicas, porque en ocasiones dificulta el acomodo de los textos y las imágenes de tal forma que no quedan como yo quiero. Eso me molesta.  Sin embargo haré esfuerzos para mantener este espacio con información actualizada acerca de los vericuetos y giros extraños que da mi vida por estos lugares del Anáhuac.

Me preocupa sobre todo el Blog de los “Apuntes en fuga”  porque los artículos que lo alimentan están un poco más elaborados y requieren de una mayor inversión de tiempo, pero bueno, ya veremos cómo le hago.

Por otra parte, la extensión de los textos también ha aumentado, antes estas misceláneas entradas eran de una cuartilla de extensión, ahora se llevan dos o hasta un poco más; en tanto los Apuntes en fuga antes eran de 2 cuartillas de largo, el último que hice fue de cuatro. Eso ya me parece excesivo. Debo reconsiderar y ser más breve en lo que escribo. Esa puede ser una buena idea para resolver el problema del tiempo.

Dado lo anterior, debo terminar ya esta entrada para cumplir con mi propósito porque ya se va llenando la cuartilla, por tanto hasta aquí llegué. Saludos y suerte.

139. Caidas memorables


El sábado pasado resbalé y caí de nuevo, esta vez, por las escaleras del lugar al que llamo casa. Ni modos así pasa a veces, tropezamos, resbalamos y caemos. Afortunadamente fue una caída sin más consecuencias que unos simples raspones y algunas magulladuras a mi orgullo.  Salvo eso, todo está bien.
Supongo que me he caído muchas veces a lo largo de mi vida, la mayoría de ellas debió ocurrir en mis primeros años (cuando aprendía a caminar) otras durante el tiempo en que, como todo niño, andaba corriendo para todos lados. Sin embargo no recuerdo la mayoría de ellas, sólo algunas, las principales.

Una de las primeras visitas al suelo debió ocurrir en el poblado de Palizada, a decir verdad, no sé si es un recuerdo propio o solamente recuerdo los comentarios de los demás; con seguridad es lo segundo, porque yo debí tener entre 2 y 3 años y a esa edad es difícil recordar los sucesos ocurridos.
El caso es que íbamos como pasajeros de una bicicleta mi hermano Juan y yo, la conductora era Juana, la muchacha que nos cuidaba; al parecer llevaba al kínder a Juan y para que yo no me quedara solo me treparon también, pero en un momento de descuido algo pasó y los tres nos fuimos al suelo. No sé si me pasó algo, seguramente si, supongo que me puse a llorar, no lo sé.
Otra caída memorable fue cuando tenía 10 años, en mis tiempos de Boy Scout, fue un sábado por la mañana, estábamos en el Parque de las Banderas para una reunión que por alguna causa no se realizó, entonces quisimos entretenernos escalando una sección de las murallas de Campeche.
Llegué hasta la cima, alrededor de cinco metros de altura, justo en ese momento me resbalé y caí, la consecuencia fue un pie luxado y mi salida del grupo de scouts, más tres meses de andar con la pata enyesada. Pero entonces no lloré.
Otra caída esta no tan memorable como cómica fue cuando andaba alrededor de los 25 años. En esa ocasión mi amigo Román “El Negro” Segovia me estaba persiguiendo para pegarme (supongo que le hice alguna maldad). En un zigzagueo de la carrera mi pie derrapó en el pavimento de la calle, quedé completamente en el aire para luego caer como un saco de papas. Todavía puedo escuchar las risas de los que vieron mi caída y El Negro no pierde ocasión para recordárselo a todos y carcajearse de nuevo.
Un tropiezo más me ocurrió hace algunos años en la parada de camiones del hospital del IMSS en Campeche. Desde siempre la explanada del nosocomio ha tenido unas cadenas que establecen el límite entre éste y el paradero de camiones. Estas cadenas están a poca altura, basta levantar un poco el pié para cruzarlas.
Pero esa tarde yo llevaba prisa, no levanté el pié suficientemente y fui a dar con mis huesos casi a media calle (lo bueno que no pasaba ningún camión en ese momento). No escuché risas ni burlas ni nada, quizás porque me levanté rápidamente y fui de la escena a toda velocidad.
Ya que estaba a cierta distancia me detuve a realizar el recuento de los daños: golpe y raspones en rodillas y costillas y una mano muy lastimada. En busca de consuelo, cuidados y curaciones fui a casa de mis hijos; pudieron haberme dado lo que buscaba si hubieran dejado de reírse.
A partir de esa fecha he tenido especial cuidado al caminar y sobre todo al bajar escaleras, porque además voy entrando en una edad en las que ya no es cosa de levantarse reírse y ya. Todo iba bien hasta el sábado pasado.
Regresé del gimnasio muy motivado, me bañé, desayuné y me dispuse a llevar mi ropa a la lavandería para posteriormente trasladarme al Zócalo de la ciudad a comprar algunas cosas y a verificar otras. Yo vivo en un cuarto piso, para bajar uso una escalera sin pasamanos, la cual desciende alternando tramos cortos y largos con descansos  entre ellos.
En uno de los tramos cortos (cinco escalones) mi pie se deslizó, la ropa salió volando (la que llevaba a la lavandería) y caí de sentón sobre uno de los escalones. Me preocupó un dolor agudo que sentí en mi rodilla derecha (mi pierna se dobló de tal forma que casi estaba sentado sobre mi pié) la enderecé poco a poco, revisé el resto de mi esqueleto, me levanté, caminé y asunto arreglado.
El resultado fue solamente de algunos raspones en mi brazo, supongo que al intentar sujetarme de la pared, salvo eso y el susto, nada. Saldo blanco. Fui muy afortunado, pude haberme roto un hueso y estando solo en el Distrito Federal hubiese sido muy problemático para mí. Deberé extremar los cuidados, no quiero que me suceda nada malo. Finalmente, en esta ocasión no me reí, pero tampoco lloré.

viernes, 1 de abril de 2011

138. Todo está bien

Las preguntas de los amigos, parientes, compañeros de trabajo, conocidos, similares y anexos de la República Mexicana giran en torno a  mi actual situación de vida en la Ciudad de México, situación que agradezco porque refleja su genuino interés por mi bienestar, seguridad e integridad física, económica, espiritual y moral.


Por lo anterior, considero necesario e importante hacer algunos comentarios en torno a mi actual y particular esquema de vida, los cuales tendrán ineludiblemente que girar en torno a lo siguiente: estoy bien, estoy íntegro, estoy seguro, estoy sano y estoy contento.

En lo que representa al subtema: “Estoy bien” se refiere al hecho de que las cosas me han salido bien; los términos acordados para la contratación del pequeño espacio en que habito se respetaron de forma completa (excepto porque no había televisión, pero lo solucioné rápidamente). Se presentaron otros inconvenientes pero fueron menores (fallas en el sistema de cable y en alguna tubería del baño) y se atendieron con prontitud y sin costo para mí.

Con relación al aspecto laboral, tenía la ventaja de conocer con anterioridad a muchos integrantes del área (los que no, los conocí prontamente). Todos se han portado amables y atenciosos conmigo. En cuanto a las tareas, la mayoría tiene relación con las que realizaba en Campeche por lo que tampoco han sido factor de estrés.

Por lo que toca a la transportación y los tiempos empleados en la misma para dirigirme de casa al trabajo y viceversa, situación que era una de las cosas que más me preocupaba, debo señalar que me considero un tanto afortunado.  La estación del tren metropolitano (metro) “Barranca del Muerto” se ubica a escasos cinco minutos caminando de lo que llamo casa, lo cual es bastante cerca para cualquier ciudad.

Una vez en él, avanzo cuatro estaciones y en la llamada “Tacubaya” transbordo hacia otra línea; tres estaciones más y desciendo en “Sevilla”, la cual se ubica apenas dando vuelta a la calle del edificio donde trabajo. El tiempo de recorrido es de 35 minutos más o menos, lo cual es casi nada comparad con los tiempos de traslado que invierten algunos compañeros para ir de su casa al trabajo (hasta 3 horas).

Por otra parte, por extraños designios del destino me toca ir a contraflujo con el grueso de las personas que se trasladan a esas horas, por lo que los vagones del metro si bien no están vacios no van repletos ni atascados de gente como en otras líneas (según comentarios de los compañeros). Esta situación coincide, tanto para ir de casa al trabajo como por las tardes, cuando me traslado de regreso.

El subtema “Estoy íntegro” se refiere a la preocupación más común que se da entre los que vivimos en las ciudades pequeñas y seguras del país y que por diversas situaciones debemos trasladarnos a la Capital; no, no he sido asaltado, golpeado, amenazado, secuestrado, defraudado, insultado, vejado, humillado, perseguido, ultrajado, manipulado, acorralado, asustado, asesinado, mutilado, engañado, encarcelado, zarandeado, vilipendiado, aplastado ni nada que termine en ado, afortunadamente y gracias a Dios y a algunas precauciones asumidas.

Las provisiones giran en torno al hecho de que no frecuento lugares peligrosos, esto es, nada de bares, cantinas, antros, discotecas, cabarets, burdeles, prostíbulos, centros de recreación para adultos, tugurios, tabernas ni establecimientos para masajes o mancebía.  Tampoco acudo a los barrios bravos o lugares de tráfico de mercancías fraudulentas.

El subtema anterior tiene relación estrecha con el subtema “Estoy seguro” porque, por obvias razones, el hecho de que me mueva en lugares y horarios seguros evita que me sucedan los inconvenientes relacionados previamente. La zona cercana a donde vivo está bien comunicada y accesible, cuenta con numerosos comercios que tienen vigilancia privada las 24 horas del día. Si a esto le sumamos el puesto de policía instalado en la avenida Barranca del Muerto, la situación se torna segura.

Por otra parte, las estaciones del metro se han convertido de un tiempo a la fecha en lugares muy seguros (a partir de una balacera en el metro Balderas) todas cuentan con cámaras de vigilancia y policías armados para protección de los pasajeros. Cuando he debido tomar autobuses urbanos lo he hecho en horarios accesibles y de los que transitan por las avenidas principales.

 Durante los fines de semana en los que he decido salir a conocer la ciudad, me he trasladado durante las mañanas y he asistido a museos principalmente, ubicados o en el centro histórico, en universidades o sitios turísticos, en los cuales, por supuesto, hay vigilancia y bajos índices delictivos. Por otra parte, no tienen idea la cantidad de policías que se concentran dentro y alrededor de los estadios de fútbol para vigilancia de los que asistimos a esos eventos.

El subtema “Estoy sano” como seguramente podrán comprender, tiene como principal argumento el hecho de que mi estado de salud se ha conservado inmaculado e incólume, esto es: no gripas, no diarreas, no enfermedades venéreas, no soponcios, no toses, no retortijones de panza, no flatulenciasincontenibles y no insuficiencias ni debilitamientos. En general,  nada relacionado con el frio, la altura, la contaminación, el hacinamiento, la alimentación o la carnalidad. Estoy sano.

Una vez establecidas las características de los cuatro primeros subtemas, las cuales tienen un balance positivo para mi, se podrá entender que el subtema “Estoy contento” no tiene ningún asunto que tratar. Aunque claro, este punto es multifactorial y seguramente tendrá sus inconvenientes, mismos que no he identificado plenamente.

Me parece que los párrafos anteriores responden cabalmente a las preguntas de los amigos, parientes, compañeros de trabajo, conocidos, similares y anexos de la República Mexicana.  Pero esto no limita el que me puedan formular otras o que se les ocurra volvérmelas a plantear, por lo que les pido no se preocupen, no me voy a molestar, lo que haré será remitirlos a estas líneas o volverlas a responder con toda la amabilidad, gentileza, paciencia y cordialidad que me caracteriza.

Saludos y un abrazo para todos desde estas aztecas tierras.



miércoles, 30 de marzo de 2011

138. El agobiante calor


Desde hace algunos días las quejas relacionadas con el calor se han generalizado de manera alarmante, por una parte, mis compañeros de trabajo de la Ciudad de México, quienes aseguran no soportarlo; por otra parte, mis amigos campechanos, miembros de la comunidad de facebook, quienes se lamentan de tan altas temperaturas registradas en la costa.

Por mi parte, me siento feliz y muy cómodo con el clima y con la situación que estoy viviendo, porque ni siento el calor agobiante de los campechanos ni el calor angustioso de los capitalinos. Estoy en un clima muy adecuado a mis expectativas y a mis requerimientos, aunque a decir verdad, en las madrugadas siento algo de frio.

Es importante precisar algo, la sensación de calor es distinta para campechanos que para capitalinos, porque el clima que prevalece durante el año es distinto. Hoy amanecimos a 13 grados en el Distrito Federal para las 2 de la tarde registraremos la máxima de temperatura que será de 25 grados, eso es mucho calor para los habitantes de esta urbe.

Los campechanos despertaron a 23 grados centígrados, para el mediodía el termómetro registrará 39 grados y, a medida que se vaya aproximando el verano, fácilmente se podrán registrar entre 42 y 45 grados. Eso es mucho calor para ellos (para mí también).

La diferencia es que los campechanos estamos acostumbrados a esas temperaturas tan altas y tan relativamente normales (aunque se quejen); los capitalinos no están acostumbrados a temperaturas que rebasen los 25 grados, por eso tantos reclamos a un calor que no se aguanta y los hace sufrir.

Pero si lo vemos desde mi particular punto de vista, cuando en el Distrito Federal lleguemos a la máxima temperatura el día de hoy, mi cuerpo lo registrará como si estuviese en Campeche a las 5 de la mañana. Es decir, con una temperatura de lo más agradable, confortable y placentera.  Puedo andar sin abrigo sin tener frio o puedo estar con el traje y la corbata todo el día sin sentir calor.

Eso es comodidad para mí, tengo una sensación ideal de temperatura (excepto en las mañanas en las que si siento un frio que requiere pijamas, calcetas y crema de cacao para que no se me resequen y agrieten los labios) puedo caminar a prisa sin siquiera sudar y mantenerme fresco todo el día. Sin embargo me solidarizo con mis compañeros de trabajo en sus calurosas y climáticas quejas.

Debo comentar que trabajamos en el sexto piso de un edificio que no tiene aire acondicionado, en contra parte, cuenta con un buen número de ventanas que permanecen abiertas y casi todos se apoyan de pequeños ventiladores eléctricos para contrarrestar los efectos del clima cálido. Los hombres acostumbramos venir de traje y corbata y la mayoría se deshace del saco durante toda la jornada laboral, las mujeres vienen vestidas más cómodas pero con estilo igualmente formal.
En los noticieros de televisión y los periódicos capitalinos se hace énfasis en las medidas preventivas para protegerse del agobiante calor (de 26 grados) y evitar los efectos y daños a la salud. En el metro se instalaron ventiladores y se ubicarán expendios de agua gratuitos para evitar la deshidratación y el golpe de calor.  Recomiendan no exponerse al sol y si hay necesidad de hacerlo usar bloqueador.

Son las mismas recomendaciones que se dan para los habitantes de Campeche pero la diferencia la hacen 12 grados de temperatura (a veces más) entre ambas ciudades. Pero insisto, allá estamos acostumbrados al calor y aquí no, por lo que es conveniente seguir las indicaciones oficiales.

A mis compañeros de aquí les recomendaría paciencia, pronto pasará el calor y regresará el frio. A mis amigos de Campeche les pido que se vayan a la playa, que se metan a las albercas, que se tomen cervezas y se mantengan en el aire acondicionado; en la noche que se vayan a sentar al malecón, se tomen un Te Reca o una horchata de los portales.

Por mi parte, seguiré viviendo tranquilo en este calorcillo defeño. No sé, tal vez con el paso del tiempo llegue a acostumbrarme, tal vez cuando vaya a Campeche no soporte el calor, o tal vez si, ya veremos. Mientras tanto, seguiré las indicaciones para no insolarme ni deshidratarme.

sábado, 26 de marzo de 2011

137. Viviendo en el DF

Ya tengo dos meses viviendo en el Distrito Federal, han pasado relativamente rápido y sin ninguna eventualidad ni riesgos para mi integridad física y la de mis finanzas. Situación que agradezco mucho y que deseo continúe de la misma manera.

Por otra parte, considero necesario y justo enfatizar un hecho importante, el concepto que tenía del Distrito Federal ha ido cambiando durante las últimas 8 semanas. Y no es que ahora considere que esta es la mejor ciudad para vivir, pero tampoco creo que sea la peor.

En la provincia de México y especialmente en las ciudades pequeñas como en la que yo vivía, circulan muchas historias truculentas y nefastas acerca de la vida que se lleva en el D. F. y de la naturaleza violenta, rapaz, sinvergüenza y descarada de sus habitantes.

Ciertamente mucho de la culpa la tienen los medios de comunicación que le dan un peso específico e importante a las noticias de asaltos, asesinatos, secuestros, violencia y otras circunstancias negativas que se originan en esta ciudad y que atemorizan a los que venimos a visitarla o a radicar en ella.

Por otra parte, dada la cantidad de gente que vive en esta área urbana (20 millones de habitantes) es lógico que haya más hechos delictivos y violentos que en una ciudad de 200 mil personas. Pero también es cierto que no todo es violencia, robo, muerte y bandidaje.

Sin embargo nos vamos dejando llevar por rumores, estadísticas y cifras (algunas verdaderas) y llega un momento en el que creemos que si caminamos por las calles de la Ciudad de México invariable y casi obligatoriamente seremos asaltados. La verdad es que no es así.

Ciertamente, como en todas las ciudades del mundo incluyendo Campeche, hay áreas muy peligrosas en las cuales es mejor no aventurarse pero también existen lugares por donde se puede transitar tranquilo y seguro hasta determinado horario; hay sitios que es mejor no frecuentar y mucho menos si anda uno solo como es mi caso.

También hay actitudes y formas de comportarse que es mejor evitar, mejor dicho, que yo he evitado por precaución y que muchos de los que son nativos o que residen aquí desde hace muchos años ignoran. Por ejemplo: no contesto el teléfono ni uso reproductores móviles de música en la calle, trato de no sacar la cartera en público, nunca ando mucho dinero (esto último aunque quisiera) no utilizo cajeros automáticos en lugares que no sean seguros o que estén en áreas aisladas, trato de no usar taxis ni camiones.

No hablo con desconocidos ni hago contacto visual con gente de apariencia peligrosa (hombres o mujeres) no me detengo a ayudar o dar dinero a personas de la calle; no circulo después de la 10 de la noche (incluso antes) y no voy a cantinas, bares, cabarets, tugurios o algo que se le parezca en los cuales mi integridad pueda verse comprometida (salvo los estadios de fútbol).

A pesar de todas estas acciones que realizo comúnmente, ya me siento más relajado en esta urbe, ya no estoy tan tenso y asustado como en los primeros días, incluso me he subido a camiones cuando lo he necesitado (por ejemplo para ir al estadio Azteca). En términos generales estoy disfrutando un poco más de las ventajas que ofrece esta ciudad.
Sin embargo, considero que no debo bajar la guardia ni dejar de tomar precauciones, el hecho que me sienta más tranquilo no significa que la ciudad deje de ser peligrosa o que dejen de existir los patanes y rufianes que pueden estar acechando en cualquier esquina.

Pero finalmente, creo que se puede vivir en esta ciudad, que es posible llevar una vida normal y que se puede evitar caer en las estadísticas de la delincuencia organizada y desorganizada. Obviamente, nada como el Campeche que llevo en el alma y en el cuerpo. Pero por ahora, aquí estoy, aquí vivo, sobrevivo y voy a disfrutarlo.


lunes, 14 de marzo de 2011

136. En el Estadio Azteca

Ayer visité por primera vez el Estadio Azteca, el principal escenario de fútbol del país. Una cancha por donde han desfilado los mejores y más grandes jugadores del mundo y que, al ser sede de dos finales de Campeonato Mundial de Fútbol, vio levantar la copa a Pelé en 1970 y a Maradona en 1986.

Al Azteca lo conocía casi completamente gracias a las transmisiones televisivas semanales, de hecho, puedo identifica al majestuoso estadio nada más de ver en la pantalla sus tribunas. Pero entrar en él es otra cosa, es una experiencia distinta, una emoción nueva, una sensación diferente motivada por el tamaño del inmueble, por la cantidad de personas asistentes y por el ruido que éstos generan al apoyar a sus equipos.

Y para hacer aún más grande y significativa esta primera visita, el partido a realizarse era entre el Cruz Azul y el América, el llamado ´”Clásico Joven” del fútbol mexicano, partido que levanta grandes expectativas y que despierta las pasiones de los aficionados y seguidores de ambos equipos. Un juego que además, hace muchos años, marcó el inicio de mi afición por la escuadra Azul.

Mi llegada al estadio fue, sin proponérmelo, por una puerta exclusiva para aficionados Azules, además de que coincidió con el arribo de una treintena de camiones que transportaban a las porras del Cruz Azul, ahí estaban: La Realeza, la de Sangre Azul, la Cementera, los Pitufos, los Chemos y tal vez algunas otras que no reconocí. En un principio me quedé con ellos pero después pensé que podía ser peligroso por aquello de los enfrentamientos entre porras rivales y opté por alejarme.

Ya dentro del estadio me contrarió un poco que mi butaca estuviera ubicada detrás de una portería, mucho más cuando me di cuenta que, la parte alta de la misma tribuna estuviera destinada a las grandísimas porras Azules (Ni idea de cuantos, pero eran muchísimos) pero me tranquilizó ver que estaban rodeados por mallas y por fuerzas especiales de la policía. Entonces pensé que podía ser divertido estar ahí y así fue.

Mientras los porristas iniciaban sus cánticos, arengas, brincos y gritos de apoyo, me acomodé en mi localidad y me puse a observar el estadio y la cancha. Es un recinto enorme en donde caben 114 mil aficionados sentados, tiene palcos de lujo, restaurante, pantallas gigantes y todos los elementos que facilitan las transmisiones televisivas y la comodidad del espectador.

La cancha en un principio me pareció bastante normal, pero después recordé la historia y me imaginé a Pelé jugando en ella el mundial de 1970 y levantando la copa junto con Jersón, Tostao, Rivelino y compañía. Cuanta grandeza junta. Pero además estuvieron también Franz Beckenbauer, Gerd Muller, Gianni Rivera y Luigi Riva entre otros.

Después miré el punto de la cancha desde el cual Maradona inició la carrera para, luego de burlar a 7 u 8 adversarios ingleses, anotar el mejor gol de la Copa del Mundo de 1986 y tal vez una de las mejores anotaciones de toda la historia de los mundiales de fútbol. Después de ese gol, unas semanas más adelante en esta misma cancha, el gran Diego levantó la primera copa mundial para los argentinos.

Pero hay un hecho más local y más particular por lo que la cancha del Estadio Azteca es importante para mí, sucedió, coincidentemente, en un partido entre Cruz Azul y América disputado en el verano de 1971. Ese año ambos equipos disputaban la final de campeonato mexicano de fútbol. América era el campeón defensor y la Máquina del Cruz Azul llegaba como el mejor equipo del torneo.

Yo tenía casi 7 años de edad y por influencia de mi hermano apoyaba al América (nunca me imaginé escribir eso). La final sería trasmitida por la televisión, sin embargo a mi papá se le ocurrió llevarnos a una fiesta en un rancho donde lo único que llegaba era la señal de radio.

Mi papá, junto con otros cuatro o cinco señores, escuchaba la transmisión del partido y, al mismo tiempo que empezaron a caer los goles azules, iniciaron todos juntos una lluvia de burlas sobre mí de tal intensidad que me hicieron llorar (que mala onda, yo era un chavito y ellos eran señores, pero así es la vida). El partido termino 4 goles a uno a favor de los Azules y yo terminé con la firme convicción de apoyar en adelante a los cementeros del Cruz Azul.

En aquellos días el Cruz Azul jugaba de local en el Estadio Azteca, fue en ese escenario donde consiguieron un tricampeonato y un bicampeonato en la década de los setentas, fue en el Azteca donde la máquina vivió sus años de gloria y triunfo, la mejor época Azul hasta ahora.

Y ahora, casi 40 años después, estaba precisamente en la Cancha del Estadio Azteca a punto de ver jugar al Cruz Azul contra el América. Por ello tanta emoción, tantas ganas de disfrutar el partido. Tantas ganas de que mi papá, mi hermano y mi hijo estuvieran conmigo para ver el partido.

El resultado no podía ser otro, ganó el Cruz Azul dos goles a cero. Dos goles gritados a todo pulmón, festejados por todo lo alto, dos goles que reivindicaron 8 años de no ganarle al América en esa cancha y 14 años de no ser campeones. Dos goles que valieron todos estos años de afición cementera.

Mientras todo eso pasaba por mi mente, las porras, en un marco de centenares de banderas azules seguían cantando sin descanso: “Olé, olé olá, cada día te quiero más” “Yo soy celeste, un sentimiento mejor no hay”. Y yo, yo cantaba y festejaba con ellos. Lástima Juan y Edoardo que no estuvieron conmigo. Ya será para la próxima.

jueves, 10 de marzo de 2011

135. Historias en el Metro

Caída libre

Una vez trasladada mi residencia a la Ciudad de México, la primera impresión que me causó, distinta a la clásica que tenemos todos los de provincia, es que se trataba de una ciudad de maratonistas.

Lo común es ver gente corriendo en las calles, corren para tomar el metro y el autobús, para llegar al trabajo o a su casa o sencillamente, por motivos desconocidos para mí; y eso es a toda hora, sean las 8 de la mañana o las 8 de la noche, siempre habrá gente corriendo. Corren incluso en las escaleras normales y eléctricas del metro.

Una de estas tardes, después de concluir mi jornada laboral, descendía en una de las escaleras normales del metro y al mismo tiempo observaba a la gente pasar veloz a mi lado. De pronto, sin previo aviso ni traspié de por medio, un joven corredor se fue de boca escaleras abajo. Sencillamente se precipitó sin siquiera meter las manos.

Eso fue un poco cómico, lo dramático vino después, ya que el joven en cuestión se quedó inmóvil sobre las escaleras. La gente, indiferente, pasaba de prisa a su lado sin detenerse por lo menos a mirar; nadie hacia nada mientras el joven continuaba inerte. Yo no sabía qué hacer ni cómo reaccionar, de hecho, me estaba angustiando. Finalmente alguien avisó a un policía y éste se apresuró a auxiliar.

La ayuda consistió en mover al caído y hacerlo reaccionar con palmadas en las mejillas; no hubo más que eso. Una vez que el joven recobró la conciencia, el policía lo dejó sentado en el suelo (como me imagino que dejan a cualquier títere después de una triste función) y la vida continuó su curso. Yo y dos mirones más, también reanudamos nuestro camino a paso veloz.

Los niños perdidos

Se trataba de dos pequeños, 2 y 4 años aproximadamente, quienes jugaban despreocupadamente en el interior de un vagón del metro. Para hacer honor a la realidad, no estaban perdidos, estaban al cuidado de su hermana; una niña de entre 5 y 6 años, quien los vigilaba de reojo desde otro vagón al mismo tiempo que vendía paletas enchiladas.

No, nunca pude identificar a alguien que pareciera ser el papá o la mamá de esos niños. Nadie los cuidaba ni los vigilaba. Es cierto, la niña estaba atenta a los más pequeños, pero a mi modo de ver, esa niña también necesitaba cuidados, vigilancia y protección. Sin embargo, no parecía haber ninguna persona adulta a cargo de esos menores.

Solamente yo los observaba, tratando de imaginarme dónde podrían estar sus padres. Sin querer pensé en mis hijos y en todos los cuidados y cariños que les hemos prodigado (su mamá y yo) imposible imaginármelos a su suerte en las calles, ni de esta ciudad tan peligrosa ni de ninguna otra. Y ahí estaban estos tres pequeños sobreviviendo en los túneles del metro.

Sentí compasión y sentí coraje, pero no podía hacer nada. Solamente intervine cuando el más pequeñito comenzó a escarbar en una bolsa abandonada de Sabritas. El otro hermano me miró retadoramente, como queriendo pelear, pero finalmente entendió que su hermanito podría enfermarse si comía eso y lo regañó y alejó de mí.

Finalmente, el metro se detuvo y los niños corrieron a encontrarse con su hermana; ya estando juntos los tres, se apresuraron en busca de una de las salidas de la estación perdiéndose inmediatamente en las oscuras calles de la ciudad. Que Dios los cuide y los bendiga.

La Dama de Negro

Realmente era una mujer que llamaba la atención, no había nadie en ese momento que no le dedicara por lo menos una mirada a la que llamaremos La Dama de Negro. No era muy joven, tal vez un poco menos de 40 años, pero su sinuosa figura la hacían ser el centro de la atención en aquella estación del metro.

Para acentuar aún más las mórbidas formas de su espectacular anatomía, La Dama eligió unos pantalones de lycra en color negro que se ceñían con ímpetu a sus piernas y resaltaban sus turgentes glúteos. Como complemento, eligió una blusa en el mismo tono y con un escote que atravesaba desafiante su pecho. Nada se le movía al caminar.

Ya en el interior de uno de los vagones del metro pude ver que en las manos llevaba un libro: “El Evangelio según Jesucristo” de José Saramago. Pensé que lo que provocaba con sus formas y atuendo no iba en sincronía con sus hábitos de lectura. No le di mayor importancia al caso, no podía imaginarme lo que sucedería minutos después.

Una vez detenido el tren y abiertas las puertas, todos nos precipitamos a los pasillos de la estación para poder enlazar al siguiente tren; la Dama caminaba unos cuatro o cinco metros delante de mí al momento de llegar a las escalares eléctricas, donde es preciso detenerse y caminar muy cercanamente para poder ingresar al pequeño espacio de dicha escalera.

Justo en ese momento la Dama de Negro grita que alguien la ha tocado y, sin pensarlo, se voltea y comienza a golpear con “El Evangelio según Jesucristo” a un hombrecillo, el cual alegaba inocencia y apenas podía defenderse. Dado que estábamos ya en la escalera y con mucha gente delante y detrás, era imposible que el señor pudiera escapar, mientras que la Dama arreciaba la golpiza.

Y no eran solo los evangélicos golpes lo que sufría el señor, también eran los gritos, insultos y ofensas que la Dama profería para evidenciar al malcriado (en el caso de que haya sido culpable). Los golpes llegaban de todos lados y a todas partes del señor, la Dama incluso le daba nalgadas con el evangelio, según ella “para que sepas que se siente”.

El final de la escalera eléctrica marcó también el final del tormento del pobre hombrecillo, quien ahora sí, sin gente por delante pudo emprender la huida, dejando a la Dama con sus gritos, golpes y amenazas. Toda vez terminado el violento episodio me detuve a reflexionar; la justicia divina si existe, sino viene del cielo, por lo menos si proviene del evangelio, cualquiera que este sea. Amén.