martes, 5 de agosto de 2014

157. La oculta y espantosa leyenda de la Ahorcadora



“…Dicen que es una historia horrible, tanto que nadie en el pueblo de Vidaquieta se atreve a relatarla”. Esas palabras, escuchadas en días pasados en una desvencijada cantina, despertaron la curiosidad de Joaquín Cabrales a tal medida que, desde ese momento, no podía pensar en otra cosa más que en develar la oculta y espantosa leyenda de la Ahorcadora. 

Averiguar la ubicación de Vidaquieta no le invirtió mucho tiempo, conseguir la autorización para realizar el viaje, en el importante periódico para el que trabajaba le requirió un poco más; respecto al plan de investigación, era simple: no tenía ninguno, se dedicaría a preguntar a cuanta persona se encontrara hasta encontrar una hebra del relato que le llevara a la madeja de aquella que sospechaba, sería una gran historia de misterio y terror.

Antes de emprender su viaje, intentó indagar antecedentes relacionados con aquella leyenda, algo que le arrojará un poco de luz a la hora de hacer las entrevistas; para ello navegó en la internet y visitó algunas bibliotecas y librerías, de aquellas que exhiben libros de ediciones descatalogadas, de títulos extraños y temas enigmáticos y clandestinos.

En todas partes el resultado fue igual: ningún informe, ni una sola referencia a la Ahorcadora, ni una sola letra dedicada a la que se suponía era la más aterradora leyenda jamás contada. Eso intrigó e interesó aún más a Joaquín Cabrales, al grado que decidió precipitar su partida a Vidaquieta.

Y así, sin más ni más, se lanzó al camino, equipado solamente por una computadora portátil, una videocámara, su instinto periodístico y una motoneta.

Vidaquieta resultó ser un pueblillo pintoresco de no más de dos mil habitantes, fundado en la primera mitad del siglo pasado por los trabajadores de una floreciente planta productora de textiles. Con el paso del tiempo la fábrica quebró, la mayoría de los empleados y pobladores decidieron emigrar a otras tierras, los menos permanecieron en el lugar. Hasta ahí, nada que hiciera referencia a la Ahorcadora.

Sin mayor pérdida de tiempo, Joaquín Cabrales ubicó a la gente que consideró podía tener información y sin más ni más, se lanzó a la investigación:

-“¿Podría relatarme la leyenda de la Ahorcadora? ¿Cuál es el origen de la leyenda? ¿Porqué nadie habla de ella? ¿Existe alguna extraña maldición? ¿Díganme qué pasa por favor?”

Esas mismas preguntas repitió al sacerdote, al cantinero, a la autoridad municipal, al maestro, a las señoras con las que se encontró en el mercado, a los niños que jugaban en las calles. En todos los casos la respuesta siempre fue la misma: silencios, miradas recelosas y esquivas, murmullos incomprensibles y en el mejor de los casos, respuestas evasivas.

Nadie dijo una sola palabra que esclareciera el secreto de la misteriosa leyenda de la Ahorcadora. Finalmente, cansado, se sentó decepcionado en una pequeña banca del cuidadosamente enrejado y muy limpio parquecillo. De pronto, a sus espaldas, la voz de un anciano le susurró con rapidez “Si tanto quieres encontrarla, el pueblo te guiará hasta ella, pero cuando la encuentres, no la mires, solo corre lo más rápido que puedas”.

Joaquín Cabrales se volvió tan rápido como pudo, pero solo alcanzó a ver la figura encorvada de un hombre que se alejaba al tiempo que con ademanes le indicaba que no lo siguiera.

El hecho abonó un párrafo más a la intriga de aquella inquietante e inexplicable leyenda, miles de ideas giraban y chocaban en la mente del periodista quien, sin darse cuenta, comenzó a caminar en las tranquilas calles de Vidaquieta y a poner atención a los posibles indicios que lo conduzcan a la verdad de esa historia. 

La primera característica que llamó su atención, fue el hecho de que todas las casas tuvieran fachadas idénticas y austeras, todas tenían techos de tejas francesas, una pequeña puerta y una ventana con barrotes de madera; solo se distinguían una de otra por el color, en todos los casos, variantes de tonos verdes y amarillos.

Posteriormente caminó hacia el extremo norte del poblado, por sus dimensiones y lo alto de sus hornos, le fue fácil distinguir el antiguo edificio que albergó durante 57 años a la Textilera San Crispín de los Dulces Nombres; Le llamó la atención la cuidadosamente conservada parte externa del edificio en contraste con sus arruinados y desordenados interiores.

No le costó trabajo ingresar a la fábrica, por un rato caminó por pasillos y recorrió enormes galerías que algunas vez, pensó, albergaron enormes telares de los que hoy solo quedaban algunas piezas esparcidas por todos lados. De la producción de tela solo halló girones ennegrecidos en los rincones.

En las paredes grises, sucias y manchadas de guano de murciélago se alcanzaban a leer algunas palabras garrapateadas con prisa y sin coherencia. Hasta ese momento, nada fuera de lo común, nada de importancia.

La situación cambió cuando entró a lo que en su tiempo fuera la cocina y el comedor de la fábrica; el área estaba igual de mugrosa y desarreglada, pero una de sus paredes estaba, por decirlo de alguna manera, “adornada” por una pintura que reproducía un lúgubre paisaje, en él, se alcanzaba a ver la figura de una mujer parada sobre lo que parecía ser una sepultura y, a su espalda, un retorcido árbol desprovisto de hojas. Por alguna causa, la tenebrosa imagen se grabó en su mente.

¿Qué podía significar aquello? ¿Sería una alusión a la Ahorcadora? ¿Tal vez una pista? ¿Pero si lo fuera, qué podría significar? Probablemente indicaba un camino. Fue entonces que Joaquín Cabrales recordó el cementerio, ubicado en la parte opuesta del pueblo y el cual pudo observar ligeramente a su llegada a Vidaquieta.

El cementerio se situaba unas cuantas docenas de metros fuera del pueblo, se llegaba a él a través de una pulcra calzada bordeada de florecillas blancas y amarillas; esa mañana, cuando lo miró de reojo por primera vez no le pareció distinto a otros, pero ahora que lo veía con calma, le pareció inusualmente grande.

El  enorme camposanto está rodeado por un muro de ladrillos que culminaba al frente en una imponente entrada de piedra labrada en forman un arco, el cual remata con dos grabados: por una parte el año de fundación del pueblo, y por la otra, una inusual sentencia que rezaba:

“Aquí se traza tu suerte,
si vas al Este es porque mi devoción consentiste,
pero si vas al Oeste, es porque en odio la convertiste”

La lapidaria frase sorprendió a Joaquín Cabrales quien, sin embargo, se atrevió a entrar al cementerio; lo primero que observó fue una amplísima avenida central pavimentada con adoquines que partía de la entrada y recorría todo el terreno hasta encontrarse, unos centenares de metros más allá, con el muro posterior.

La distribución de los sepulcros en el cementerio lo dejó perplejo, hacia la zona Este, las tumbas se alineaban de manera escrupulosa y se mantenían limpias, todas lucían flores, cruces y otros ornamentos religiosos; pero había en ellas algo aún más sorprendente: todas eran iguales, solo se distinguían por el nombre de su ocupante y por sus colores, en todos los casos, variaciones de verde y amarillo.

El área Oeste del panteón era otra cosa, en primera instancia, estaba saturado de desordenadas tumbas; mas que sepulcros, Joaquín Cabrales pensó que parecían simples planchas de cemento dispuestas sin dirección ni sentido; ninguna hacia mención al nombre de su ocupante, sobre su superficie solo se distinguía un número romano, y algo más, todas estaban pintadas en color negro.

Ese extraño cementerio era en sí mismo, un enigma, una incógnita  más de las muchas con que Joaquín Cabrales se había encontrado desde su llegada al pueblo, cualquiera de ellas podría haber desanimado al más valiente y osado de los hombres. Pero Joaquín Cabrales era distinto, era obstinado, era incansable y  decidió no salir de Vidaquieta hasta descubrir la verdad que se ocultaba detrás de tantas cosas extrañas y revelarle al mundo  el misterio de la Ahorcadora.

Mientras trataba de encontrar relaciones y rumbos en medio de tantas situaciones extrañas, Joaquín Cabrales caminaba y se internaba aún más en aquel cementerio, pero solo cayó en la cuenta de ello cuando se encontraba muy cerca del muro posterior.

Entonces se encontró con él, primero fue sorpresa y después un extraño aturdimiento de los sentidos, fijó bien la vista, no podía ser otro, ahí estaba el retorcido árbol que había visto en la pintura de la cocina de la fábrica, pero había algo más, un cartel en el que se leía el siguiente mensaje:

“Ya no busques más, quisiste destruirla, ahora ella te ha encontrado”.

Aún no alcanzaba a comprender el significado de aquella frase cuando el árbol pareció adquirir una aterradora figura femenina, sus ramas parecían brazos que lo alcanzaron rápidamente y lo apretaron cada vez mayor fuerza.

Era la Ahorcadora, Joaquín Cabrales la reconoció al tiempo que sentía como si innumerables aguijones atravesaran su piel; intentó correr, pero sus piernas ya no le respondieron, solo alcanzó a dar unos vacilantes pasos para finalmente caer en el hueco de una sepultura.

Hasta ahí lo siguió la Ahorcadora, apretando con fuerza y odio sobrehumano, sin importar los quejidos lastimeros y los estertores postreros de Joaquín Cabrales; no se detuvo, no dejo de exprimirlo hasta que sintió que la muerte invadía cada uno de los espacios del cuerpo inflamado e inmóvil de Joaquín Cabrales.

Durante los días siguientes, en el cementerio, el sepulturero se encontraría con un cuerpo semidescompuesto e irreconocible, y sin más ni más, lo cubriría con una losa de color negro y sobre su superficie escribiría una cifra con números romanos.

Por su parte, la gente de Vidaquieta comentaría tranquila acerca de un visitante que llegó al pueblo y se fue sin avisar. Hablarían sobre la cercanía de las lluvias, las cosechas y las tardes soleadas de primavera. Sonreirían apacibles y continuarían sus vidas serenas.


En tanto que, sobre la oculta y espantosa leyenda de la Ahorcadora, nadie jamás se atrevería a hablar.

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