lunes, 9 de junio de 2014

155. La Calavera del Meemech

A pesar de no haberlo visto jamás, lo reconocí desde el instante mismo en que lo vi, aquel cráneo no podía ser otro más que el del Meemech. Tendría que ser por fuerza reconocible una calavera que luce, en su parte frontal, una insólita y muy grande perforación en forma de lagartija; su dueño era increíblemente, un famoso personaje de las leyendas del pueblo, conocido popularmente como el Meemech y de quien nunca se supo su nombre verdadero.

Sorprendentemente, uno de los más conocidos mitos narrados por los viejos del pueblo era cierto, el Meemech si existió, fue real; el hecho en sí mismo me pareció increíble, pero mucho más lo era descubrirlo en este lugar. ¿Cómo podría haber llegado hasta la sala principal del Museo de Ripley la extraña calavera del Meemech? ¿Cuál habrá sido la trayectoria que la trajo desde una lejana región perdida en la península de Yucatán hasta el corazón de Londres? 

Mientras trataba de dar respuesta a esas y otras preguntas, mi mente viajó hasta las lejanas tierras en las que transcurrió mi infancia y en las cuales mis recuerdos se fueron matizando por relatos fantásticos, leyendas insólitas y narraciones sorprendentes que a fuerza de ser repetidas, cruzan la frontera de lo incierto y se confunden con la realidad. 

El Meemech era un apoyo recurrente para tratar de controlar a los niños inquietos, las abuelas siempre nos reprendían diciendo: “No pases bajo el árbol de flamboyán porque se te va a aparecer el Meemech. Pórtate bien o el Meemech te va a llevar de viaje. Cuídate mucho, no te vaya a pasar lo que al Meemech”. Si bien, las amonestaciones casi nunca surtían efecto, el personaje se tornó popular en los relatos y la fantasía local. 

Finalmente, la historia del Meemech llegó hasta mí como una de esas irreales leyendas, la gente vieja del pueblo la comentaba y afirmaba su certeza, decían que ese personaje había sido un hombre real, de más carne que hueso por la parte que le faltaba. Los más jóvenes no creíamos nada de eso, simplemente reíamos y lo tomábamos como uno más de aquellos antiguos cuentos que recorren los montes disfrazados de verdad para terminar como una sospechosa leyenda adormecida a la orilla del palmar. 

De acuerdo con los añosos relatos, el Meemech debió haber habitado en alguna región de la Península de Yucatán en las primeras décadas del siglo XIX, cuando la demanda del henequén hizo surgir enormes haciendas, las cuales obtenían cuantiosas ganancias a costa de las durísimas faenas de trabajo al que sometían a sus empleados, muchos de ellos casi en condiciones de esclavitud, y del que no podían sustraerse dadas las deudas que adquirían o heredaban de las tiendas de raya que administraban los propios hacendados. 

En una de esas haciendas habría vivido el Meemech, aunque nadie puede precisar en cual. Lo describían como un hombre normal, con las características comunes de la gente de la región: de estatura baja, piel morena curtida por los rayos del sol, regordete, de carácter relajado y apacible y muy dado a la plática, la tertulia y el ron, cualidades que lo hicieron sumamente popular y le granjearon el cariño y la amistad de todos los que le conocieron. 

Nadie sabía de que pueblo provenía ni cuáles eran sus orígenes familiares, muchos menos podían asegurar como había surgido la perforación en la cabeza del Meemech, algunos decían que así había nacido a causa de una maldición, otros que su madre había sido mordida por una enorme iguana momentos antes del parto y que eso le provocó la malformación al niño. Las versiones más cuerdas señalaban que la fontanela nunca le cerró y que por azares del destino y extraña coincidencia adquirió la forma de reptil. 

Algunos pocos aseguraban que aquel hoyanco se lo había hecho al dar de cabeza con el ancla de un cayuco, luego de aventarse un clavado en aguas someras. El caso es que el hoyo era tan profundo que le atravesaba el cráneo y, a través de él, se dejaba ver en todo su esplendor el cerebro del Meemech; este órgano no era muy diferente a cómo debían ser los sesos de cualquier otro cristiano, era de tamaño normal y de un color gris azulado, pero, en las raras ocasiones en que se molestaba, pasaba al rojo intenso llegando incluso al café con destellos verdes. 

Debió ser muy impresionante verlo, pero sus amigos se acostumbraron a ello e incluso hacían bromas al respecto. El tremendo agujero no le provocaba demasiadas molestias, sin embargo debía usar siempre un sombrero de paja para evitar que las moscas y otros insectos anidaran en él. Tampoco podía bañarse en el mar, en una ocasión lo intentó pero la sal le produjo mucho ardor y además le borró los recuerdos de la infancia. 

 La humedad y el sereno de la noche también eran muy dañinos para el Meemech, le ocasionaba cierta inflamación cerebral y extrañas convulsiones, por lo que toda vez que caía la tarde se refugiaba en su choza y se dedicaba a mecerse en su hamaca de hilo de henequén y a cantar muy tristes melodías en lengua maya. 

Entre semana se dedicaba a cumplir sus obligaciones de jornalero, trabajaba de sol a sol, solo se detenía al mediodía a tomar atole de maíz y a comer unas cuantas tortillas con frijoles y chile. Los sábados acompañaba las tertulias con sus amigos bebiendo a pequeños sorbos un ron Habanero que un mulato les proporcionaba a cambio de unas pacas de henequén que sustraían del almacén general. 

Los domingos invariablemente asistía a la misa de 7 en la capilla de Los Remedios, con profunda fe y respeto participaba de la celebración y de los sacramentos, posteriormente le prendía una veladora a San Judas Tadeo y le dedicaba algunas plegarias. Al concluir sus ritos pasaba firma en la tienda de raya y finalmente se cobijaba en su choza, en su hamaca y en sus canciones mayas. 

Nunca se escuchó una sola queja de los labios del Meemech, nunca una inconformidad o un reclamo dirigido a compañeros, patrones o capataces; simplemente asumía su trabajo como el que más, con absoluta seriedad y compromiso. Sin embargo el Meemech tenía una ilusión, conocer lo que había más allá de los límites de la hacienda, recorrer los caminos del Mayab, navegar en ríos de aguas claras, viajar a través de playas y selvas y llegar a las grandes ciudades del centro del país, atravesar el océano, ver las montañas y tocar la nieve, conocer mucha gente, nuevas costumbres y viajar hasta que se le acaben las fuerzas. 

Esas esperanzas las compartía con gran entusiasmo entre sus amigos. Aunque sabía que no podría partir debido a su deuda en la tienda de raya, misma que lo mantendría atado a la hacienda el resto de su vida. Lo único que podría hacer era escapar. No tenía más opciones, aunque ello revestía un formidable peligro. 

Por eso cuando el Meemech desapareció de la hacienda nadie se sorprendió mucho, todos desearon que hubiese conseguido su propósito de fugarse y de cumplir sus ilusiones. Sin embargo las cosas no salieron bien, los guardias de la hacienda lo sorprendieron en una de las veredas que bordeaban los cenotes y lo apresaron. Lo mantuvieron recluido varios días en los calabozos subterráneos (cuya entrada se disimulaba como si fuera la de un aljibe) hasta que llegó el patrón y decidió enviar al Meemech al temido y extrañamente hermoso Huerto de los Recuerdos Florecientes. 

El Huerto de los Recuerdos Florecientes era un enorme paraje ubicado dentro de la hacienda, más o menos a medio kilómetro de la Casa Grande, estaba plantado por numerosos árboles dispuestos de manera ordenada y simétrica, había ciruelos, naranjos, aguacates, limoneros y zapoteros; también había flamboyanes, laureles, cedros e incluso algunas ceibas, entre otros árboles. 

El lugar estaba protegido por una cerca de madera y en la entrada lucía un arco de piedra labrada, debía ser un espacio sumamente agradable para pasar los domingos familiares, los árboles darían mucha sombra y el ambiente se mantendría fresco y plagado de un dulce y frutal aroma, sin embargo nadie nunca acudía a él por voluntad propia, el lugar tenía una lúgubre fama que lo hacía temido por todos. 

Por eso, cuando el patrón convocó a los jornaleros más reaccionarios y a sus familias a una reunión frente al nuevo árbol del huerto, todos supieron cuál había sido la suerte que habría corrido el desdichado Meemech. El discurso del patrón fue, letras más, letras menos, de la siguiente manera: 

“Muy queridos compañeros de trabajo, nuestro muy estimado amigo llamado cariñosamente por todos Meemech, me manifestó en días pasados su ferviente deseo de abandonar esta magnífica hacienda y partir hacia lejanas tierras en busca de nuevos sueños. He tratado de convencerlo de que permanezca con nosotros compartiéndonos su alegría y entusiasmo, pero no he podido lograrlo”. 

“Debido a lo anterior, le concedí la gracia de partir, pero le he pedido como último favor, que siembre un árbol en este hermoso huerto. Un árbol que nos mantenga vivo su recuerdo y su apariencia, un árbol que al mirarlo sea como observarlo a él y que al florecer y dar muchos frutos, sea como si continuáramos compartiendo la belleza de su espíritu y la generosidad de su presencia”. 

“Este árbol es el que sembró el Meemech antes de partir hacia una tierra mejor –dijo señalando un arbolillo de flamboyán-, este es el árbol del Meemech, démosle un cálido aplauso y deseémosle una vida larga y fructífera” concluyó el patrón. 

Todos los presentes aplaudieron con desgano y tristeza y posteriormente un silencio sepulcral se apoderó del área, los hombres retrocedieron cabizbajos y se palmearon las espaldas en actitud consoladora, algunas mujeres derramaron lágrimas de pena y dolor. Todos sabían que la verdad era otra, que el destino del pobre Meemech había sido mucho más trágico y que jamás lo volverían a ver. 

Lo realmente cierto es que nadie nunca recibía el perdón del hacendado, que no había forma alguna de alcanzar clemencia e indulgencia ante un intento de fuga, todo el que fuera atrapado en actividades de evasión era castigado de la peor y más atroz de las formas. 

Efectivamente, después de ser capturado, al Meemech se le pidió que sembrara un árbol en el llamado Huerto de los Recuerdos Florecientes, y una vez escarbado un hueco profundo, se le mató a machetazos; su cadáver se arrojó a lo profundo de aquella excavación y tras algunas paladas de tierra se colocó sobre él aquel flamboyán, de tal manera de que al crecer el árbol, no haya forma de desenterrar el cuerpo y el crimen no sea descubierto jamás. Ese era el destino de todos los que intentaban escapar y esa fue la suerte miserable que corrió el desventurado Meemech. 

La tierra y el tiempo hicieron su trabajo y dejaron a aquel esqueleto desprovisto de su corporal cobertura, mientras que el flamboyán, merced a su tétrico abono, se fortalecía, crecía y regalaba al mundo con sus florecillas olorosas, alegres y rojas y su follaje denso, verde y brillante, en sus ramas anidaban aves y a su amplia sombra se cobijaban los animalillos del monte. La vida fluía entre sus ramas. 

El atribulado espíritu del Meemech y sus inquietas células se fundieron con las del flamboyán, se mezclaron en las raíces, la madera, las hojas y las flores, y desde ellas se proyectaron vigorosas al viento que las llevó hasta el mar y aún más lejos. La historia del mundo no registró jamás a aquel singular personaje, pero su nombre y sus características pasaron a formar parte del universo de leyendas y de las encantadoras y desconcertantes narraciones que fluyen de mi pueblo. 

¿Cómo llegó hasta el museo? Ciertamente es algo que no importa mucho, sin embargo un empleado del museo me lo explicó en forma rápida: uno de los huracanes que azotan el sureste de México derribó numerosos árboles, enredado entre las raíces de uno de ellos apareció un esqueleto y junto a él, una calavera con una perforación en forma de lagartija. Los restos se sometieron a numerosos estudios científicos que no arrojaron mayores resultados. 

La calavera viajó hasta la capital de la república mexicana donde no se concluyó nada importante respecto a ella y a sus orígenes, mucho tiempo permaneció en la bodega de una instancia gubernamental hasta que alguien la sustrajo y la vendió a coleccionistas de cosas raras, durante años pasó de mano en mano hasta que finalmente llegó a la sala del Museo de Ripley en la capital de Inglaterra. 

Desde hace ya varios meses la extraña calavera del Meemech está ahí, exhibiéndose y ocupando un espacio preponderante en la sala principal del famoso y singular museo. Al ser considerada una de sus principales atracciones, permanece estrictamente resguardada dentro de una urna de cristal, sobre una fina capa de terciopelo negro y bajo la luz de reflectores que la iluminan estratégicamente para resaltar la inusual perforación en forma de lagartija. 

Diariamente es contemplada y fotografiada por cientos, quizá miles de visitantes de todas partes del mundo, quienes la admiran y generan diversos comentarios y teorías en torno a ella. Su imagen ocupa espacios centrales en folletos y carteles promocionales y se dice que muy pronto aparecerá en una película. 

Quién lo diría, el Meemech, tradicional personaje de las leyendas de mi pueblo realmente existió, fue un hombre real, con desvelos y penas pero también con esperanzas e ilusiones, pero sobre todo, con un sueño intenso y ferviente, el sueño de viajar, de ir a grandes ciudades y cruzar el océano, de conocer gente y costumbres nuevas. Sólo su extraña calavera lo consiguió.

1 comentario:

  1. Muy buena historia.

    Creo que se debió llamar Memech y no Meemech, al leerlo mi cerebro le da pronunciación de "mimech".

    Me gusta como presentas con tanta naturalidad el imposible problema que tiene en el cráneo, la forma en que nace la leyenda y como describes las haciendas de la Península. Te quedó muy bien.

    Quizás le hubiera cortado un poco las descripciones de los árboles, pero el cuento es bueno. Te dan ganas de leer los demás.

    Y me encanta los nombres peculiares que llenan tus textos: El Huerto de los Recuerdos Florecientes, con solo ese título te armarías una interesante historia.

    Saludos, tu sobrina favorita u.u

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